Destinos en contramano

Capitulo 17: Pique a ciegas

​La noche cayó sobre la ciudad como una cortina de plomo. El calor del motor de la moto le quemaba las piernas a Enzo mientras avanzaba a toda velocidad por la avenida Juan B. Justo. Llevaba el bollo de papel arrugado en el bolsillo de la campera, una marca helada en el pecho que no lo dejaba respirar. La imagen del carnet de Carla en manos del Tuerto le repetía una sola orden en la cabeza: conseguir la plata hoy, como sea.

​Dobló hacia la zona de los galpones de descarga cerca de la Costanera Norte. El lugar era un secreto a voces en el ambiente nocturno porteño: una recta asfaltada de trescientos metros, flanqueada por viejas paredes de ladrillo visto y contenedor abandonados. Ahí no había reglas, no había policía y la vida se cotizaba al precio de una patada de arranque.

​Decenas de personas se agolpaban a los lados de la calle, alumbrados por los faros de autos tuneados y las luces de los celulares. El olor a nafta, goma quemada y alcohol barato llenaba el aire.

​Enzo frenó la moto justo en el centro del pasillo de gente. El murmullo bajó de golpe. Los pibes de la zona lo conocían; sabían quién era, sabían del accidente de hace un año y sabían que desde la muerte de Luz no pisaba una picada clandestina.

​—Miren quién volvió de entre los muertos —gritó un tipo alto, con chaleco de cuero y un vaso de plástico en la mano, acercándose a la moto con una sonrisa socarrona—. Pensé que te habías vuelto santo, Enzito. ¿O venís a pedir limosna?

​Enzo se sacó el casco despacio. Sus ojos oscuros brillaban con una furia fría, desprovista de cualquier rastro de duda.

​—Vine a correr, Chino —dijo con la voz rasposa, cortando las risas a su alrededor—. Un millón y medio de pesos a una sola tirada. El primero que llega al paredón del fondo se lleva todo.

​El Chino soltó una carcajada, mirando la moto de Enzo, visiblemente golpeada y con el escape emparchado.

​—¿Un palo y medio? Estás loco. Esa chatarra no aguantaría ni cincuenta metros contra la preparación que le metí a la mía. ¿Tenés la guita encima o venís a vender humo?

​Enzo metió la mano en la campera y sacó el fajo de billetes con lo de Mario, el dinero de Carla y lo poco que le quedaba en el bolsillo, más el dinero de la tele, la Playstation, juegos y demás cosas de valor que tenía y había vendido durante el dia. Lo arrojó al capó del auto más cercano.

​—Ahí hay un palo. Si me ganás, te llevás la moto también es mucho más, a todo o nada, me la juego ya—sentenció Enzo, mirando al Chino a los ojos con una frialdad suicida que hizo que el tipo dejara de sonreír—. Si gano yo, me das los la plata en la mano. Ahora.

​El Chino lo miró fijamente durante un par de segundos, evaluando la mirada de Enzo. Sabía que un pibe que no tiene nada que perder es el rival más peligroso del mundo, pero la oferta era demasiado tentadora.

​—Acepto —dijo el Chino, haciendo una seña a su gente para que sacaran su moto de entre la multitud: una máquina importada de gran cilindrada, impecable y con el escape liberado.

​En Almagro, Carla caminaba en círculos por la entrada de su casa. El reloj marcaba las once de la noche y la moto de Enzo seguía sin aparecer. La angustia se le agarraba del cuello como una garra helada. Sacó el celular, pero el número de Enzo daba directamente al buzón de voz.

​Elena abrió la puerta, apareciendo en la penumbra del pasillo. Llevaba una bata vieja y se la veía cansada, pero sus ojos estaban limpios de alcohol por primer día en meses.

​—Entrá a comer algo, Carla —dijo Elena con la voz apagada, sin el tono agresivo de siempre—. Te vas a enfermar estando ahí parada en el frío.

​—No tengo hambre, mamá —respondió Carla, con la vista fija en la puerta de entrada—. Tengo que esperar a Enzo.

​Elena suspiró, recostándose contra el marco de la puerta. Vio el terror genuino en la cara de su hija y, por primera vez en mucho tiempo, la culpa la golpeó sin anestesia.

​—Ese pibe está metido en cosas feas, Carla. Si seguís al lado de él, te va a arrastrar.

​—Él no me está arrastrando a nada, mamá —la enfrentó Carla, mirándola a los ojos con firmeza—. Él es el único que estuvo ahí cuando vos te estabas muriendo en el piso. Así que no me pidas que le dé la espalda.

​En la Costanera, las dos motos estaban alineadas sobre la línea blanca pintada en el asfalto. El rugido de los dos motores acelerando a fondo hacía vibrar los contenedores de chapa. El Chino buscaba la mirada de Enzo, pero Enzo solo miraba el paredón oscuro a trescientos metros de distancia.

​Una piba en el centro levantó una bandera negra.

​«Hacé ruido para vivir, no para desaparecer», la frase de Carla resonó en la mente de Enzo como una orden.

​La bandera cayó.

​El choque de los dos escapes rompió la noche. Las motos salieron disparadas en una ráfaga de fuego y goma quemada. El Chino tomó la delantera en los primeros cincuenta metros por la potencia de su máquina, pero Enzo no aflojó el acelerador ni un milímetro.

​La moto de Enzo temblaba entera, el motor sobrepasaba sus límites térmicos exigiendo una velocidad para la que ya no estaba preparada. La sombra del paredón del fondo se acercaba a una velocidad espeluznante. En una picada normal, la zona de frenado empezaba a los doscientos metros, pero el Chino empezó a soltar el acelerador al ver que Enzo no mostraba intención de frenar.

​—¡Frená, demente! —gritó el Chino, clavando los frenos al ver que se le venía el paredón encima.

​Enzo no frenó. Aguantó el acelerador a fondo un segundo más, rozando el límite exacto entre la vida y el choque, antes de cruzar la línea de llegada y volcar la moto en un derrape salvaje sobre el asfalto.

​La moto zumbó en el aire, soltando chispas contra el piso, y Enzo salió despedido unos metros, rodando por el piso hasta detenerse a escasos metros del muro de ladrillos.

​El silencio volvió a la calle de golpe.

​La multitud corrió hacia el lugar. Enzo estaba tirado en el piso, respirando con dificultad, con la campera de cuero raspada y el brazo derecho entumecido por el golpe. El Chino llegó frenando a duras penas, blanco como un papel, bajándose de su moto temblando.




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