Destinos en contramano

Capitulo 19: El peso del sobre

​El martes amaneció helado, con un cielo plomizo que amenazaba con volver a llover sobre Buenos Aires. En la pequeña casa de Carla, el silencio de la mañana era distinto. Elena no gritó, ni revolvió el cajón de los cubiertos buscando monedas. Estaba sentada en la mesa de la cocina, con un saquito de té usado a un costado y los ojos fijos en la nada.

​Cuando Carla salió de la habitación vestida con jeans, zapatillas y un buzo abrigado, su madre levantó la vista. La vio guardar el sobre de papel madera dentro de la mochila.

​—Carla —dijo Elena con la voz apagada, rasposa por el daño de los años—. No vayas. Ese pibe va a hacer que te pase algo.

​Carla se detuvo junto a la puerta, acomodándose las tiras de la mochila sobre los hombros. Miró a su madre con una mezcla de cansancio y una tristeza madura.

​—Ese pibe arriesgó la vida anoche para que ese tipo no viniera a tocar esta puerta, mamá —respondió Carla, con la mano en la picaporte—. No voy a dejar que dé la cara solo. Me cuidó a mí y te cuidó a vos. Hoy cerramos esto.

​Elena bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada. No hubo insultos ni amenazas. Carla cruzó el umbral y cerró la puerta.

​Enzo la esperaba en el patio interno. Llevaba la campera de cuero raspada por la caída de la Costanera y caminaba con una cojera sutil que intentaba disimular. Tenía la ceja pegada con una cinta nueva y una expresión de piedra, dura y concentrada. A su lado no estaba la moto; la máquina yacía arrinconada en el fondo , muerta, como un monumento al sacrificio de la noche anterior.

​—Vamos en colectivo —dijo Enzo, tomándola de la mano apenas se le acercó—. Es más seguro que ir caminando.

​El viaje en la línea 168 hacia el límite entre Almagro y Chacarita fue una agonía en suspenso. Viajaron parados al fondo del colectivo, abrazados por la cintura, sintiendo el bamboleo del vehículo sobre el empedrado. Ninguno hablaba; las manos entrelazadas decían todo lo que las palabras no podían expresar.

​El punto de encuentro acordado por mensaje de texto con el Tuerto no era el playón de la estación esta vez. Habían quedado en una esquina desierta cerca del viaducto del ferrocarril San Martín, un pasaje bajo nivel rodeado de depósitos abandonados y paredes cubiertas de grafiti viejo.

​Se bajaron a dos cuadras. El aire olía a humedad y a aceite quemado.

​—Escuchame bien, Carla —le dijo Enzo, frenándola antes de doblar en la cortada, tomándole las dos manos con firmeza—. Apenas entregue la plata, nos damos la vuelta y nos vamos. Si el tipo intenta hacer alguna jugada, vos te metés en la avenida. No te quedás a pelear. ¿Entendido?

​—Vamos a salir bien de esta, Enzo. Los dos —respondió ella, dándole un beso rápido en los labios para transmitirle un coraje que a ella misma le temblaba en el pecho.

​Doblaron la esquina.

​Bajo el viaducto, la sombra de la estructura de hierro dominaba el ambiente. El Tuerto estaba apoyado contra una columna de hormigón, vistiendo la misma campera deportiva, con las manos metidas en los bolsillos. Esta vez no trajo a sus dos matones; estaba solo, pero la postura de su cuerpo delataba una tensión peligrosa. Tenía la nariz torcida y morada por el cabezazo que Enzo le había dado la semana anterior.

​—Puntuales los novios —dijo el Tuerto, escupiendo al piso cuando los vio acercarse. Sus ojos de zorro se posaron en la cojera de Enzo y en las raspaduras de su campera—. Veo que tuviste una noche agitada, Enzito. Escuché que anduviste haciendo estragos en la Costanera.

​—Dejate de hablar boludeces, Tuerto —dijo Enzo con voz helada, cortando el aire. Se puso medio paso por delante de Carla—. Acá está lo que falta. Los dos millones. La deuda está saldada.

​Carla se sacó la mochila, extrajo el sobre de papel madera y se lo dio a Enzo. Enzo dio dos pasos al frente y se lo extendió al Tuerto.

​El Tuerto no agarró el sobre de inmediato. Miró a Enzo a los ojos, luego miró a Carla, que sostenía la mirada sin pestañear desde atrás. Lentamente, el tipo estiró la mano y tomó el papel, abriéndolo para hojear los fajos de billetes arrugados.

​—Está toda —aseguró Enzo, con la mandíbula apretada—. La plata de la mercadería que se perdió y el interés que le pusiste. Ahora nos abrimos. no te metés más con ella, ni pisás el taller de Chacarita, ni te acercás a la facultad de la flaca.

​El Tuerto guardó el sobre en su campera. Hizo un silencio denso, el ruido de un tren de carga pasando por el viaducto sobre sus cabezas hizo vibrar el suelo de cemento bajo sus pies. Cuando el estruendo del tren cesó, el Tuerto sonrió, una mueca amarga y carente de calidez.

​—La plata paga la mercadería, Enzo. En eso estamos a mano —dijo el Tuerto, dando un paso hacia él, bajando la voz—. Pero el vacío que me dejó la muerte de Luz no se paga con papelitos de colores. Vos la subiste a esa moto esa noche. Vos ibas manejando.

​—¡El camión se nos vino encima! —gritó Enzo, perdiendo el control por primera vez, la furia y la culpa estallándole en los ojos—. ¡Sabés bien que fue un accidente! ¡Yo casi me muero con ella!

​—Pero vos sobreviviste —siseó el Tuerto, señalándolo con un dedo acusador—. Vos estás acá paseando con una chica nueva, mientras mi hermana está dos metros bajo tierra.

​—¡Basta! —intervino Carla, poniéndose al lado de Enzo, agarrándolo del brazo con fuerza para evitar que se le fuera encima—. Ya cobraste tu plata. Si tenés un problema con la vida, no es culpa de Enzo. Nos vamos.

​El Tuerto miró a Carla con una mezcla de odio y desprecio. Metió la mano en el bolsillo, sacó la fotocopia del carnet de estudiante de ella que le había enviado a Enzo y la rompió en pedazos frente a sus caras, dejando caer los trozos de papel al charco de agua del piso.

​—Nos vemos en la calle, Enzito —dijo el Tuerto, dándose la vuelta y caminando hacia la oscuridad del viaducto—. Almagro es chico. Tarde o temprano te vas a volver a cruzar en contramano.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.