Destinos en contramano

Capitulo 22: El coraje de romper el aire

​La sobriedad forced por la falta de dinero y el miedo era una fachada que no podía sostenerse por mucho más tiempo. Elena estaba dando sus primeros pasos tambaleantes en Alcohólicos Anónimos, pero en el departamento del fondo del PH, Enzo estaba librando su propia guerra a oscuras. Y la estaba perdiendo.

​El temblor en sus manos ya no era sutil. El dolor de las costillas había pasado, pero el sudor frío, la taquicardia y una ansiedad voraz lo despertaban a las tres de la mañana con el corazón latiéndole en la garganta. La abstinencia de las sustancias que usaba para adormecer el dolor de la culpa y la velocidad de la calle le estaban pasando una factura brutal.

​Carla lo encontró en el suelo de su monoambiente, apoyado contra la rueda de la moto destrozada. Tenía la remera empapada en sudor, los dientes apretados y las uñas clavadas en las palmas de las manos para contener los espasmos.

​—Enzo... —Carla se arrodilló a su lado, aterrada, pasándole una mano por el cuello ardiente.

​—No puedo más, flaca... —confesó él con un hilo de voz que le destrozó el alma a Carla. El pibe duro, el corredor de la Costanera, estaba llorando de puro agotamiento físico y mental—. Tengo el cuerpo envenenado. Si no me meto nada, siento que me muero. Y si me vuelvo a meter algo... te voy a terminar destruyendo a vos también.

​Carla le tomó la cara entre las manos, obligándolo a mirarla.

​—No te vas a morir y no me vas a destruir, Enzo —dijo ella, con una firmeza que nació desde lo más profundo de su pecho—. Pero esto no lo podés pelear solo con fuerza de voluntad. Necesitás ayuda profesional.

​Enzo bajó la cabeza, avergonzado. La idea de internarse en una clínica de rehabilitación le daba un pánico feroz: significaba encerrarse, quedarse a solas con sus demonios sin la vía de escape de la moto o la calle.

​—Tengo miedo, Carla... —murmuró contra la palma de su mano.

​—Yo estoy acá —le prometió ella, abrazándolo con fuerza mientras el cuerpo de Enzo temblaba por la fiebre de la abstinencia—. Yo te acompaño. Pero tenés que dar el paso vos.

​Enzo la miró a los ojos, viendo en ellos un amor puro, sin condiciones ni reclamos. Y por primera vez en su vida, decidió curarse no solo para sobrevivir, sino para ser el hombre que ella merecía.

​—Ayudame —pidió en un suspiro.

​El proceso de admisión en la clínica de rehabilitación "Paso a Paso", en las afueras del Gran Buenos Aires, fue rápido pero desgarrador. Las reglas eran estrictas: los primeros dos meses eran de aislamiento casi total, sin celular y con visitas muy restringidas para garantizar la desintoxicación.

​El domingo por la mañana, la camioneta de la institución esperaba en la puerta.

​En el patio interno del PH, Elena salió a despedirlo. Se acercó a Enzo, que llevaba un bolso de mano con poca ropa, y le extendió la mano. Para sorpresa de Enzo, Elena no le dio un apretón frío; le apretó los dedos con afecto y le ofreció una mirada de entendimiento profundo.

​—En esa mesa hay un plato para vos cuando vuelvas, Enzo —dijo Elena con la voz serena de quien conoce el mismo infierno—. Dale pelea. Se puede.

​—Gracias, Elena —respondió él, con un nudo en la garganta.

​Carla lo caminó hasta la puerta de chapa de la calle. El viento fresco de la mañana les despeinaba el pelo. Enzo se detuvo antes de salir y la tomó de la cintura, atrayéndola hacia él como si quisiera memorizar el peso de su cuerpo para los meses de encierro que se venían.

​—Te voy a extrañar tanto que me va a doler la cabeza, flaca —dijo Enzo, rozando su nariz con la de ella, con la voz quebrada.

​—No es un adiós, Enzo. Es una pausa —respondió Carla, con lágrimas en los ojos pero con una sonrisa llena de fe—. Vas a limpiar el motor. Vas a sacar toda la mugre que te dejó el pasado. Y cuando te den el alta médica, yo voy a estar parada en esa misma vereda esperándote.

​Enzo metió la mano en el bolsillo y le entregó la pequeña llave de su moto desarmada.

​—Guárdamela —le pidió en un susurro—. Es la promesa de que voy a volver a buscarte. Pero esta vez, para caminar despacio.

​Carla tomó la llave, la apretó contra su pecho y lo besó. Fue un beso lento, profundo, cargado de una devoción limpia y dolorosa. Un beso que sabía a promesa, a espera y a salvación.

​Enzo se subió a la camioneta sin mirar atrás para no romperse. Carla se quedó en la vereda de la calle Medrano, viendo el vehículo alejarse hasta perderse en el tránsito de la ciudad, apretando la llave metálica en su mano




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