Diamante

Capítulo veinticuatro

Las nubes se agitan apocalípticas sobre mi cabeza, preparándose impacientes para actuar en cuanto dé la orden. No estoy segura de si podré lograrlo ya que Ziev dijo que no soy el nivel de fuerte que se necesita, pero voy a intentarlo. Después de todo él está acompañándome y si algo sale mal nos ocuparemos de ello de inmediato.
 


—¡No veo a Lirath por ninguna parte! —exclamo en dirección al hechicero, avanzando en cuclillas entre los escombros como Elethea me ha pedido.

—¡Tal vez se encuentra en la antena! —grita Elethea desde un par de metros adelante.

—¿La qué?

—¡La antena! ¡Fue enviada por Seiptha al igual que las armas! —me informa—¡Recibe cualquier mensaje enviado desde el otro ejército, además de que se puede enviar mensajes a las radios de los soldados desde ahí!

—¡¿Por qué Lirath estaría allí?! —pregunto, ya haciéndome una idea.

—¡Dijo que intentaría convencer a Labinofth de retirarse! ¡No sé porqué haría algo como eso!

«Oh, Dios».

—¡¿Crees que lo consiga?! —le pregunto, agachándonos poco después cuando una explosión sucede no muy lejos de nosotros.

Los escombros saltan sobre nuestras cabezas y nosotros nos cubrimos con ambos brazos.

—¡Por supuesto que no! —asegura—¡Lo intenté antes! ¡Labinofth no está dispuesto a ceder!

Una nueva explosión sucede, pero esta vez más cerca. Yo caigo al suelo seguida por escombros, pero Elethea consigue alejarse lo suficiente. Ziev se acerca para ayudarme y es entonces que caigo en cuenta de lo peligroso que es esto para él. Puede ser fuerte pero sigue siendo un anciano, y lo que le suceda a él ahora pondrá en riesgo lo que yo haga más adelante. Lo necesito bien.

—¡Tiene que irse! —le pido, sujetándolo de su túnica para obligarlo a que me preste atención.

—¿De qué habla? —interroga, evidentemente confundido.

—Usted puede. ¡Puede controlar la magia desde lejos!

—No lo he intentado nunca.

—Tendrá que hacerlo. Es demasiado peligroso para que esté aquí.

Un grito se eleva sobre los demás ruidos a nuestro alrededor, proveniente de un soldado que corre en la dirección opuesta—: ¡HAN USADO LAS CATAPULTAS!

Y en cuanto nuestras miradas se elevan al cielo, vislumbramos una inmensa piedra que atraviesa el cielo cual eclipse.

—Corra. ¡Corra! —apresuro al hechicero, jalándolo por el brazo para huir del proyectil que vuela veloz hacia nosotros.

No conseguimos alejarnos lo suficiente. Salimos disparados hacia adelante, cayendo abruptamente sobre nuestros estómagos.

Inhalo y exhalo con fuerza para recobrar el aliento, dándole un vistazo rápido al hechicero para comprobar si está bien.

—¿Ahora entiende a lo que me refiero? —le digo en cuanto me mira.

Su mirada recorre todo alrededor.

No hará más que retrasarnos si se queda, por muy despectivo que esto suene.

—Cuídese, ¿quiere? —pide apresurado mientras su gesto de tiñe de preocupación y yo me limito a asentir con la cabeza.

—Ya sabe qué hacer.

Me responde con un asentimiento, marchándose poco después.

Lo veo alejarse a paso rápido y yo ruego, imploro, que la magia no se salga de mi control.

—¡¿Qué pasa?! —grita Elethea desde un punto todavía más lejos, detrás de unas cajas de madera rotas—¡De prisa!

«Ya voy, ya voy».

Avanzo de nuevo una vez que pierdo de vista al hechicero, alcanzando a Elethea poco después, agazapándonos junto a las cajas, esperando el momento perfecto para correr al siguiente escondite.

«Necesito a Lirath. ¿Dónde está?»

Agudizo mis sentidos con la esperanza de poder sentir al joven soldado pero, sin previo aviso, las diferentes vibraciones entran en mi cuerpo como flechas disparadas a toda velocidad. Siento la valentía, la ira, el pánico, la desesperación; todo al mismo tiempo como cuchillos filosos. Todo lo que los soldados sienten, sus energías, todo es captado por el diamante. Es… Es demasiado abrumador, pero no logro identificar entre todo eso a la energía de Lirath. No lo siento…

—¡Ahí vienen de nuevo! —exclama Elethea, tomándome de la muñeca para correr una vez más.

Piedras enormes, bolas metálicas, material en llamas; todo eso comienza a caer cerca de nosotras en los próximos cinco segundos. Y corremos. Corremos zigzagueante en un intento por esquivar las bolas de fuego. Y mientras lo hacemos soy capaz de ver como muchos de nuestros soldados son víctimas brutales de estas mismas. Extremidades y sangre saltan al igual que trozos de piedras y arena, manchándonos el rostro y la ropa. Y los gritos… Los gritos resuenan en mi cabeza como si estuviesen gritándome al oído y por un segundo, sólo uno, puedo sentir el inmenso dolor que los soldados están sintiendo alrededor nuestro.

El caos pasa poco después, como una ola que pierde fuerza.

—¡Estamos cerca! —anuncia mi compañera, señalando la barraca prácticamente destrozada que se asoma entre las llamas y escombros frente a nosotras.

Siento, de pronto, una especie de tirón proveniente del diamante. Es como un aviso —o algo muy parecido a eso—que me provoca la imperiosa necesidad de buscar alrededor. Y eso hago, busco con la mirada algo que desconozco.

—¡Ángel! —la voz de Lirath se abre paso entre el bullicio—¡Por aquí!

Mi mirada cae sobre él, el joven soldado de ojos ámbar y cejas pobladas que ni siquiera bajo este nivel de estrés y presión pierde aquel gesto alerta —y a la vez indiferente—que mostró desde el principio. Corre hacia nosotras mientras atraviesa peligrosamente el campo de batalla.

—¡¿Estás bien?! —exclamo, analizándolo rápidamente con la mirada.

Tiene manchas de sangre en todo el uniforme y pido al cielo que no sean suyas.

—Estoy bien —se apresura a responder, jadeando—. La línea de fuego es un caos. Están avanzando muy rápido. Tienes que ir ahora mismo.

—¡Lirath! —Elethea se acerca entonces. Espero no haya escuchado nuestra conversación porque no tengo intención de dar explicaciones —¿Conseguiste convencer a Labinofth?



Karen Franquiz

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En el texto hay: fantasia magia, poderes, guerra y amor

Editado: 02.05.2020

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