Disponible Hasta 1-3-21 La rebelión del Ángel (3)

Capítulo 49: en una relación.

Unos minutos más tarde Alexander y la pelirroja estaban juntos, hablaban en la habitación de ella. Anthony ya no podía seguir intentando separarlos, esa noche había visto que un poco de sangre salía del pulgar de Alexander, una herida muy leve que técnicamente no había sido su culpa, pero la noche anterior estuvo a punto de matarlo en un descuido, no podía seguir intentando alejarlos, no de la misma manera que lo había estado haciendo.

La conversación de ellos le dolía, ambos se veían demasiado felices, no podía creer como Alexander parecía haber olvidado todo lo ocurrido en su edificio, pero lo que más le impresionaba era que él no se había hecho la víctima en ningún momento, era muy posible que el decirle a Anna que había bajado cuarenta y dos pisos solo para estar con ella unas pocas horas hubieran desencadenado en su corazón enormes sentimientos, pero no hizo nada para intentar conquistarla o de que ella lo quisiera más de lo que ya parecía quererle con tan poco tiempo de conocidos.

Decidió dejarlos charlar en privado, de todos modos ya era demasiado para él, ver que todos sus intentos habían resultado en vano. Atravesó la ventana y desplegó sus alas para iniciar un vuelo muy alto.

Subió y subió hasta que los edificios de la ciudad parecían ser solo unas manchas negras con luces. Algunas veces le gustaba ver las cosas desde arriba, desde allí los problemas se veían más lejanos, más pequeños.

Cuando decidió regresar, Anna estaba dormida abrazando las almohadas y su alma gemela se había acomodado en el sillón, dormía también. Los observó durante un instante, mucho más a ella que a él. No tardó en acostarse junto a Anna, dispuesto a adentrarse de nuevo en sus sueños.

Ella corría con velocidad por las calles de la ciudad abarrotadas de gente a la mitad de la noche, buscaba a su otra mitad, pero ella lo ignoraba. Anthony la seguía a todos lados, ella comenzó al parecer tratar de alejarse de él, como si le molestara su presencia, no era para menos, le había quemado la muñeca, podía entender que ella llegara a temerle. Pero no quería que se le escapara, se situó frente a ella que se detuvo al instante y la miró fijamente con sus ojos negros. Quería decirle muchas cosas, contarle quien era, pero tenía miedo de hacerlo, hace poco se había atrevido a tocarla y ella había sufrido una quemadura ¿Le ocurriría algo a ella si se decidía a hablarle? ¿Le ocurriría algo a él? ¿Dirigirle la palabra en un sueño sería interferir más con su vida? Había mucho que quería contarle, pero no podía hacerlo, debía de conformarse con mirarla. Hasta que instantes después se despertó y sus ojos dejaron de enfocarlo a él.

Cuando sonó la alarma el humano que dormitaba sobre el sofá se despertó e hizo un gesto de dolor.

—¡Mierda! —exclamó con una mano en la nuca —¿Te desperté verdad? Lo siento, es que esté sofá me ha destrozado el cuello.

—No, no me despertaste —respondió ella, se notaba aún afectada por el sueño.

—¿Estás bien? —preguntó Alexander visiblemente preocupado.

—Sí, un mal sueño, es todo.

«Un mal sueño», había dicho ella, la presencia de Anthony hacía que sus sueños fueran malos.

Una vez que la pareja estuvo lista, Anthony los acompañó escaleras abajo hasta llegar al auto de Alexander. Se subió en la parte trasera y comenzó a preguntarse cuanto tiempo duraría esa situación. Si no lograba separarlos ¿sería capaz de estar a su lado el resto de su vida? ¿Se acostumbraría al dolor que sentía, o este se esfumaría después de cierto tiempo? Quería que la respuesta le llegara como un susurro a sus oídos, una voz suave que lo calmara y le diera esa tranquilidad eterna que ansiaba.

Llegaron a un pequeño café, pero él decidió quedarse en el auto para pensar en lo que haría a continuación. Solo cuando la pareja salía del local se dedicó a observarlos y con una leve sonrisa de calma observó cómo ambos se despedían solo con un apretón de manos.

El auto de Alexander arrancó, y él se quedó allí, Anna había ido a caminar, de seguro iría al Central Park, pero no la siguió, de pronto como que no tenía ganas de estar con ella todo el tiempo, tal vez si comenzaba a alejarse poco a poco, le resultaría más fácil desprenderse de la pelirroja. Eran tantas emociones juntas que no sabía qué hacer con ellas, prácticamente no había pasado nada entre Anna y ese hombre de ojos verdes, tampoco estaban en una relación formal, por el momento no iban a casarse, pero él sentía que su batalla estaba perdida.

Esa noche no se sorprendió mucho al ver llegar a Alexander al apartamento de Anna, aunque no esperaba que llevara una oveja de peluche, un ramo de claveles rojos, un jugo de durazno y una cajita de goma de mascar. Fueron al cine, pasearon en un centro comercial y luego fueron al apartamento de Alexander. Mientras que el humano le daba a Anna un tour, él se fue directo al balcón y se quedó mirando hacia el cielo, como implorando ayuda o al menos una sugerencia.

De vez en cuando los miraba, quería asegurarse de seguirlos si se dirigían a la habitación. Cenaron, charlaron, comieron postre y charlaron más. Luego se encaminaron al balcón y Anna observaba maravillada la vista de la ciudad. Ambos posaron los brazos en el muro que rodeaba el balcón y se quedaron contemplando el paisaje mientras continuaban platicando.

—He tratado de pensar cuando será el momento adecuado para preguntarte, creo que ahora está bien —dijo Alexander.



Laura Zarraga

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En el texto hay: misterio, romance, suspenso

Editado: 14.01.2021

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