El animal que hay en mí

Capítulo 16

Los intensos rayos de sol acariciaron su rostro. Creyó que todo lo que había pasado el día anterior había sido un dulce y bello sueño y quería volverse a dormir para seguir soñando. 
Pero cuando sintió unos brazos masculinos rodeándola desde detrás volvió a la realidad.

Sus mejillas tomaron un color rojizo cuando se giró y vio a Hino dormido a su lado y abrazándola con una expresión serena. Se habían quedado profundamente dormidos después de confesarse sus sentimientos, entre besos y caricias. Todo ello acompañado de una gran luna llena que bañaba al mundo en plata. 
Se acurrucó junto a él y notó su suave respiración y la calidez que emanaba de su cuerpo, que hicieron que su corazón atropellara los latidos. 
Ya no había vuelta atrás: se había enamorado aunque había jurado no volver a hacerlo.

Por primera vez desde hace mucho el amor no le pareció algo tan horrible. Dejó de martirizarse con el dolor que le había producido Tomas y su engaño, y su sonrisa se perdió entre sus peores recuerdos para grabar la de Hino. Recogió los pedazos rotos de su ser y los volvió a unir para entregar amor a alguien más, alguien que jamás le haría daño. Alguien que conocía de verdad.

Ahora aquel que dormía junto a ella había ocupado el corazón destrozado y vacío que dejó un dañino amor, curando así sus heridas y derritiendo los pedazos de hielo que se clavaban como astillas en cada latido. Con él podría ser ella misma y se sentía más segura e invencible. 
 

Acarició el rostro del chico con ternura. ¿Estaría teniendo aquellas pesadillas de la que habló el ser oscuro? ¿Seguía preso del recuerdo de sus difuntos padres? Jamás había compartido con ella aquellos sentimientos, y solo mencionó a sus padres una vez. 
Pero estaba dispuesta a apartar aquellas pesadillas para siempre, a hacer que no se volviera a sentir solo y perdido, a enseñarle a ser feliz como quizá lo era antes y pintar su mundo de mil colores. Hino siempre había mostrado una sonrisa frente a todo, su optimismo era como la luz del día, la brisa fresca del verano... Él la había cambiado a mejor, y por eso le debía tanto. Desterraría para siempre aquello que lo atormentaba.

Era lo menos que podía hacer para agradecerle la oportunidad de querer a alguien que él le había dado.

Hino despertó al sentir sus caricias y clavó sus ojos de esmeralda en los suyos.

—Buenos días, Fierecilla —le saludó algo somnoliento. Ella le sonrió y le dio un suave beso.

—Buenos días, bobo —le respondió mientras le acariciaba las orejas—, ¿tienes hambre?

—No tanto como tú, supongo —respondió, con tono burlesco. La chica le dio un suave golpe en el hombro que le arrancó una risa.

Tras comer, volvieron a ponerse en marcha. La deliciosa y renovadora brisa que traía el río consigo los llenaba por dentro aliviando cualquier preocupación. El río los había desviado muchísimo y los había arrastrado bastante lejos, pero Hino sabía como llegar aún al reino de Ruhê gracias a un formidable sentido de la orientación que poseían los elfos. El camino ahora sería más largo y tal vez más difícil, pero se lo tomaron con calma y paciencia. Al menos, así tendrían tiempo de hablar sobre todo lo que había pasado.

—Venga, seguro que conociste alguna chica especial alguna vez —insistió ella, con un tono divertido. El chico rió.

—Te aseguro que no —negó él entre risas.

—¿Nunca te fijaste en nadie más? ¿Por qué?

—La verdad es que... —Su tono se ensombreció repentinamente—; desde la muerte de mis padres no quise estar con nadie... —Paró, tras perder su vista en el cielo—. Pero no quiero aburrirte con eso.

Él apartó la mirada. Había entrado en aquel tema que tanto le dolía y que jamás le contó. Aquello que lo perseguía por las noches como un fantasma.

—Hino. —Le agarró el brazo y lo obligó a mirarla a los ojos—. No digas eso. Cuéntame lo que necesites contarme. Sé que... sé que tienes pesadillas sobre tus padres... Sé que en el fondo estás destrozado... Y quiero ayudarte. Quiero que compartas conmigo esa carga. Siempre intentas ser positivo por mí y haces como si no tuvieras preocupaciones y sé que no es así...

—¿Cómo sabes lo de las pesadillas?

—A veces hablas en sueños... —mintió. Hino suspiró y bajó la mirada.

—Gracias por preocuparte... —respondió, con cierta amargura—. Pero no hace falta. Debo cargar solo con esto.

—No tienes por qué...

—No quisiera hablar de esto... Perdona, Diana —declaró, con un tono apagado—. Vamos, hay que llegar al reino de los espíritus.

Hino prosiguió el camino dejándola atrás, cubriéndose con un manto lleno de miedos escondidos, incógnitas y reservas en el que ella no estaba invitada. 
¿Por qué no podía ayudarle a superar el pasado como había hecho él con ella?



Jessie

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En el texto hay: magia, romance aventura accion, batallas de fantasia

Editado: 06.01.2020

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