El circo del rey

IV

IV

Ellas están expectantes, a la espera de la situación. Tú les devuelves la mirada, ingenuo a lo que ocurre en sus cabezas. Como los juguetes que son para ti, las subestimas. Les sonríes y continúas con tu actuación rimbombante. Deseas a tus niñas y anhelas que tengan un próspero futuro.

Algunas, te devuelven la sonrisa. Otras tiemblan, no quieren ser cómplices, sin embargo, por camaradería no hablen. Son hermanas: tú las volviste hermanas en el momento en que perdieron sus derechos y sus libertades, en el momento en que se enteraron de tus porquerías, en el momento en que las secuestraste.

—¿Es para mí? —inquieres, seductor, ya que crees que la tienes rendida a tus pies.

El suspenso se huele en el aire, tan filoso que ellas lo pueden cortar. Lo vienen planeando desde hace meses. A prueba y error, a ensayos y ficciones. Una y otra vez. Lo intentaron e intentan, sin rendirse. Ellas saben que no deben bajar los brazos cuando cabe la mínima posibilidad de salvar a una de sus hermanas, de evitar que otras caigan en las manos pútridas de la corrupción y del tráfico de personas.

—Es toda suya —responde con un ronroneo majestuoso. Selene te regala una sonrisa y tu sientes que ya es tuya, porque en el fondo lo es. Para ti, todas son de tu propiedad.

Abres la boca y estás a punto de morder el anzuelo. El chocolate que cubre a la fresa es la carnada que te llevara a la perdición. El veneno que te aniquilará sin siquiera darte cuenta y, cuando el caos se desate, ellas tendrán una oportunidad.

Sin embargo, algo ocurre:

—¡No lo haga! —grita la pequeña Alicia con desesperación. La pobrecita cree que le irá mejor si te ayuda. Ella sí te considera su «dueño», piensa que no le irá tan mal si tú la proteges y ella te consiente.

Levantas una ceja y la miras antes de morder la fruta de la perdición.

—Continúa —le pides sin siquiera perder los estribos.

—El chocolate tiene cicuta —explica de forma atropellada mientras hunde sus manos en la faldita celeste, al borde de las lágrimas.

Selene, por inercia, da un paso hacia atrás y sufre por el castigo física que vendrá. La pobre no tiene tiempo de culpar a la falsa Alicia, ¿cómo hacerlo cuando es el miedo lo que la obliga a actuar? Miedo que tú le infundes con cada uno de tus malditos actos despóticos, al obligarlas a llamarte rey, al sumirlas ante tu poder.

Selene te odia. Quiere matarte por haber sido él causante de la muerte de su hermana pequeña hace poco menos de un año atrás. La chiquilla había sido secuestrada a la salida del colegio y, poco después, la dieron como desaparecida hasta que encontraron su cuerpo dentro de bolsas de basura, a varios kilómetros de su hogar. En su cuerpo había restos de maquillaje y sus manos tenían signos de trabajo duro. La descartaron sin un gramo de misericordia; la tiraron luego de usarla, luego de pasarse con los golpes, luego de violarla y asesinarla, luego de quitarle todo lo que tenía por delante.

Selene quiere justicia. Hizo hasta lo impensable para llegar hasta donde tú estás, movió hilos y, sobre todo, fingió hasta que, después de mucho, pudo dar con tu extensa red. Fingió ser engatusada por tus hombres hasta que la capturaron.

Tantos meses de abusos gratuitos y de trabajo desperdiciados por una de sus hermanas con miedo…

Pronto, tú expresión se contrae y evalúas si Alicia dice la verdad. Tu cuerpo se tensa y le pegas una bofetada bestial a la muchacha que tienes enfrente. Ella se cae al suelo y se toma el rostro con ambas manos. Le has lastimado parte de la boca y su labio ha comenzado a sangrar. Te deleitas al oírla gimotear, al ver cómo, en tal solo unos segundos, su piel se inflama por tu contacto.

Estás enojado, furioso e iracundo por lo que te acaba de suceder. ¿Cómo pudieron llegar tan lejos? Te saca de tus cabales el hecho de haber estado a punto de morir a causa de algo tan banal como un dulce.

Tus caprichos cumplidos se han vuelto contra ti y notas que tus planes no funcionaron esta vez. Ellas trabajaron en equipo y juntas casi logran acabar con tu pobre existencia.

«Casi…», repites conforme con el resultado.

—¡Traidoras! —gritas con odio, realmente dolido por lo que acaba de pasar, mientras empiezas a imaginar centenares de venganzas y los castigos que pronto impartirás. Las puedes vender a los peores sitios, a ancianos, prestarlas para libertinajes de ricos, entregarlas como juguetes en orgías.

Escupes el piso con rabia y comienzas a arrojar el gran banquete al suelo. Tus amigos quieren acercarse, pero tú los frenas con un gesto de la mano: te quieres encargar personalmente de solucionar la situación.

En medio de tu ataque de ira, pateas la gran fuente de la fondue y un mar de pegajoso y caliente líquido oscuro se disemina por todo el piso.

—Sí. Somos traidoras —te confirma una de las jóvenes con hastío.

Te das vuelta, dispuesto para repartir otro golpe, pero te detienes al observar a Chocolate: está cubierta de cortaduras. Recuerdas vagamente que hace minutos cayó sobre los cristales que tú mismo habías ocasionado. La jovencita tiene el rostro desencajado y te confunde, parece otra persona.



Naiara Philpotts

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En el texto hay: sensualidad y erotismo, misterio, burdel

Editado: 04.09.2020

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