La chica que no sabía tener miedo
La lluvia caía con tanta fuerza que las calles parecían vacías.
Marla Montero Lorenzo caminaba abrazando una pequeña bolsa de papel para que el pan que acababa de comprar no se mojara.
—Ay, por favor, no te dañes. Si llego con el pan hecho una sopa, mi mamá va a decir que la lluvia tiene la culpa... pero la culpa será mía por salir tan tarde.
Se acomodó el cabello detrás de la oreja y siguió caminando.
Le gustaba la lluvia.
Decía que el mundo se veía más tranquilo cuando llovía.
De pronto, un estruendo rompió el silencio.
Giró la cabeza.
A unos metros de distancia había un automóvil negro detenido a un lado de la carretera. El capó soltaba humo y una de las puertas estaba entreabierta.
Marla tragó saliva.
Podía seguir caminando.
Podía llamar a emergencias y marcharse.
Pero algo dentro de ella le decía que había alguien que necesitaba ayuda.
Corrió bajo la lluvia hasta el vehículo.
—¿Hola...? ¿Hay alguien?
Empujó la puerta.
Entonces lo vio.
Un hombre alto, vestido completamente de negro, tenía la camisa empapada de sangre.
Su respiración era lenta.
Su rostro era tan serio que, incluso inconsciente, parecía estar molesto con el mundo.
—¡Ay, Virgen Santa!
Marla dejó caer la bolsa del pan al suelo.
—Señor... ¿me escucha?
Él abrió apenas los ojos.
Lo primero que vio fue a una muchacha con el cabello pegado al rostro por la lluvia y una expresión de preocupación tan sincera que le resultó desconcertante.
—No se duerma, ¿sí? Mire que yo me pongo nerviosa muy rápido.
Ella comenzó a buscar algo dentro de su bolso.
Sacó unas llaves.
Un paquete de chicles.
Un recibo doblado.
Un peine.
Un pequeño peluche que colgaba del cierre.
—¿Pero dónde están los pañuelos? Yo juro que tenía pañuelos...
Alessandro la observaba en silencio.
La situación era absurda.
Y, sin embargo, aquella desconocida seguía intentando ayudarlo con una determinación que no entendía.
—Bueno... encontré esto.
Le mostró una caja de curitas.
Miró la herida.
Luego volvió a mirar las curitas.
Suspiró.
—Creo que... no van a alcanzar.
Por un segundo, Alessandro sintió que las comisuras de sus labios querían moverse.
Hacía años que no ocurría algo así.
Marla sacó el teléfono con manos temblorosas.
—Voy a pedir una ambulancia. No se preocupe, todo va a salir bien.
Mientras esperaba que respondieran, volvió a hablar.
—Por cierto... usted tiene una cara de muy pocos amigos.
Si se salva, debería practicar sonreír un poquito.
Dicen que hace bien para la salud.
Alessandro la miró fijamente.
Si cualquiera de sus hombres hubiera dicho algo parecido, ya estaría arrepintiéndose.
Pero ella...
Ella no tenía idea de quién era.
Y precisamente por eso no le tenía miedo.
Aquella noche, el hombre más peligroso del país recibió algo que el dinero, el poder y las armas nunca habían podido comprar.
Un gesto de bondad completamente desinteresado.
Y sin darse cuenta...
Marla Montero Lorenzo acababa de convertirse en el comienzo de una historia que cambiaría sus vidas para siempre.
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Editado: 01.08.2026