Una deuda que no podía ignorar
El sonido de la sirena se escuchó a lo lejos.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Marla, soltando un suspiro de alivio—. Ya vienen.
Se volvió hacia el desconocido y le sonrió con dulzura.
—¿Ve? Le dije que todo iba a salir bien.
Alessandro apenas podía mantener los ojos abiertos.
Aun así, seguía observándola.
Era extraña.
No porque hablara mucho.
Sino porque no esperaba nada a cambio.
No preguntó su nombre.
No revisó sus bolsillos.
No intentó tomarle una foto.
Solo quería asegurarse de que sobreviviera.
Las luces de la ambulancia iluminaron la carretera.
Dos paramédicos bajaron rápidamente.
—Señorita, aléjese un poco, por favor.
Marla obedeció enseguida.
Mientras ellos atendían al herido, ella recogió la bolsa de pan que había quedado en el suelo.
La miró con tristeza.
—Bueno... ya no sirve.
Uno de los paramédicos se acercó.
—Gracias por llamar. Llegó justo a tiempo.
Marla sonrió.
—Qué bueno. Pensé que iba a desmayarme antes que él.
El paramédico soltó una pequeña risa.
—¿Es familiar suyo?
—No.
—¿Amigo?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Marla se encogió de hombros.
—Solo... me dio pena dejarlo solo.
Antes de que pudiera decir algo más, un convoy de camionetas negras apareció a toda velocidad.
Los vehículos rodearon la ambulancia.
Varios hombres vestidos de negro descendieron al mismo tiempo.
Todos llevaban el rostro serio.
Uno de ellos, de ojos grises y expresión imperturbable, caminó directamente hacia la camilla.
—Jefe...
Su voz sonó preocupada.
Alessandro abrió los ojos apenas un instante.
—Está... bien...
Fue lo único que alcanzó a decir antes de perder el conocimiento.
El hombre de ojos grises miró alrededor.
Hasta que encontró a Marla.
Ella levantó una mano con timidez.
—Hola...
El hombre se acercó.
—¿Usted lo encontró?
—Sí.
—¿Lo conoce?
—No.
—¿Entonces por qué lo ayudó?
Marla frunció el ceño.
—¿Había que conocerlo para ayudarlo?
La pregunta dejó al hombre sin respuesta.
Después de unos segundos, respondió:
—No... supongo que no.
Marla sonrió con la naturalidad de siempre.
—Mi mamá dice que si uno puede hacer el bien y no lo hace, después la conciencia no lo deja dormir.
Así que... aquí estoy.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
Era la primera vez que escuchaba una explicación tan sencilla.
—Gracias.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿A mí? Pero si yo casi le pongo una curita a una herida enorme. Menos mal llegaron ustedes.
Por primera vez en años, Matteo Rossi sintió ganas de reír.
Intentó ocultarlo aclarando la garganta.
—Nosotros nos encargaremos de todo.
Marla asintió.
—Qué bueno.
Porque yo creo que los hospitales me ponen nerviosa.
Miró la ambulancia una última vez.
—Espero que se recupere.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar bajo la lluvia, como si aquella noche hubiera hecho algo completamente normal.
Matteo permaneció inmóvil observándola alejarse.
No preguntó su nombre.
No pidió una recompensa.
No dejó un número de teléfono.
Simplemente se fue.
Sacó su celular y marcó un número.
—Sí.
La encontramos.
—¿Quién es?
Matteo no apartó la vista de la joven que caminaba abrazando una bolsa de pan mojado.
—Todavía no lo sabemos.
Pero fue la persona que le salvó la vida al jefe.
Y esta vez...
No pienso perderle el rastro.
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Editado: 01.08.2026