El reflejo del agua

I: DÍA 690

—¿Por qué estás tan callado? —Me preguntó Beatrice.

Yo estaba sentado en el sofá que tiene junto a la ventana. Uno muy cómodo que se había convertido en mi preferido cuando empecé a venir a su casa en lugar de tener terapia en su consultorio.

Eso había sido hace más de un año.

Inspiré aire lentamente antes de volver mis ojos a ella. Beatrice era mi psiquiatra, y ayudaba mucho que no fuera atractiva. Hacía que hablar con ella se volviera más fácil, pero ese día yo no quería hablar.

Ella tenía el pelo lacio y negro, que caía hasta la altura de sus huesudos hombros pero de alguna manera la hacía parecer una persona distante y aburrida, como esas a las que no te acercas en la fila del supermercado para tener una pequeña conversación.

Y tenía una nariz —demasiado— aguileña adornada por un par de ojos tan diminutos que ni siquiera podía distinguir de qué color eran. Sus labios estaban flácidos y ese día los tenía pintados con un labial rosa yogurt muy brilloso que daba la sensación de que eran de plástico. Un arrugado y feo plástico que resaltaba demasiado en un rostro alargado que le daba más edad de la que tenía y de piel trigueña como el suyo. 

No era linda, para nada, y estaba pensando en eso mientras ella esperaba pacientemente una respuesta; pero no podía decirle simplemente eso, así que volví a inspirar aire y le dije una mentira.

Mi mentira favorita.

—Estaba pensando en Eve —contesté. Beatrice no borró su expresión aguda sobre mí ni un poco.

Decirle eso era como una especie de código que había logrado introducir implícitamente en las conversaciones, el cual ella entendía bien.

Si yo nombraba a Evelyn, era porque no quería hablar.

Ese dia de verdad no quería.

Pero mis padres estaban pagando las consultas semanales y no podía solo dejar de venir. Ellos no dirían nada al respecto, pero yo me sentiría un completo desagradecido por despreciar el esfuerzo.

Después de todo, Beatrice era un mal necesario, aunque uno muy caro.

—No es Evelyn —dijo ella, y ahí pude ver que levantaba la comisura de sus labios en lo que se suponía que era una sonrisa que debía reconfortarme—. Es porque tu cumpleaños está cerca. ¿Quieres hablar de eso?

Me quedé congelado. ¿Cómo se atrevía a continuar la conversación luego de que yo nombrara a mi ex novia? Había roto el pacto, violó el código.

—No me importa mi cumpleaños, doctora —dije con severidad—. Saber que estoy un año más cerca del ataúd no me emociona ni siquiera un poco.

—Ese es un punto de vista demasiado pesimista para tener veintidós años ¿no te parece?

—Bueno, entonces soy un pesimista, Betty. Cuando llegan los martes de terapia me quiero morir —me crucé de brazos y me eché hacia atrás en el sillón, regalándole la mejor de mis falsas sonrisas—. ¿Me hará un prospecto para empezar con antidepresivos también?

Beatrice me miró, y abrió los labios para decir algo mientras anotaba en su libreta.

—Noto algo de sarcasmo —dijo imperturbable.

—¿Qué anotó? Déjeme ver —Me enderecé para echar un vistazo y Beatrice me miró, estirando su libreta hacia mí.

Había escrito: «Omisión. No quiere hablar de su cumpleaños.»

—¿Cree que no quiero hablar de mi cumpleaños?

—Eso es lo que escribí.

—Le dije que no me importa. Además falta más de un mes. ¿Por qué quiere atormentarme desde ya con eso?

—¿Te atormenta que saque ese tema?

Cerré la boca de inmediato.

Carajo.

Ella me había manipulado para decirle lo que sentía cada vez que el calendario me recordaba mi estúpido cumpleaños.

¿Qué si quiero morirme cada vez que tengo que recordar a la arrastrada de Evelyn en los brazos del imbécil de Dallas?

Es normal, ¿o es que acaso no lo es? ¿Haber roto con mi novia que tenía desde hace años, con la que había planificado una vida entera?

Es normal. Es normal querer morirme.

Beatrice sonrió solemne, como si hubiera escuchado todo lo que estaba pensando. 

Entonces caí en la cuenta. 

—Dije todo eso en voz alta, ¿no?

Ella ensanchó la sonrisa.

«Por Dios, claro que dijiste todo eso en voz alta, Zeke, nunca aprendes.»

—Es completamente normal, Ezekiel —dijo ella, ignorando el desliz. Entonces yo asentí, e inspiré aire para aflojar la opresión en mi pecho y le confesé todo.

—Me siento abatido —murmuré, apretando mis manos juntas—. Ese día tiene algo… No lo sé. No fue sólo Evelyn..., fue la confusión que vino después. Me sentí perdido, solo, incomprendido… Mi cabeza se parte en dos cada vez que me acuerdo de lo que pasó. Con ella sentía que pertenecía a algún lugar, me daba esa sensación de seguridad. Pero ahora que no está conmigo siento… Siento que no pertenezco aquí. Nunca he pertenecido —terminé patéticamente. Sin atreverme a mirar qué expresión había ahora en la cara de Beatrice—. Este no es mi hogar.



Selene MJ

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En el texto hay: misterio, psicologico, realidad alternativa

Editado: 06.09.2020

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