Entre acordes rotos

Capítulo 24: Concierto

Cuando la alarma de Tomás sonó, ya llevaba varios minutos despierto. La luz tenue de la luna aún se filtraba por la ventana. Se vistió en silencio y bajó las escaleras.

Un ruido en la cocina tensó su pecho. Se detuvo y por un instante, pensó en regresar a su cuarto, pero siguió avanzando, despacio, procurando no hacer ruido.

Cuando estaba por cruzar la puerta, unos pasos a su espalda lo congelaron.

—Mírate, pareces otra persona... y no en el buen sentido. — dijo su madre lista para salir.

Tomás no respondió. Se apartó, dejándole el paso libre.

—¿A eso te vas a dedicar ahora? — lo miró de abajo hacia arriba. — Cambiaste un futuro prometedor por una ramera… supongo que la educación que te di no fue suficiente. — dijo evitando mirarlo.

El aire se le atoró en la garganta y sus piernas comenzaron a temblar.

—Debí ser más dura contigo… qué decepción. —salió, azotando la puerta.

Tomás se desplomó. Su respiración se volvió irregular. El corazón le martillaba el pecho. Sintió cómo regresaba a ese fondo del que tanto le había costado salir.

Se quedó ahí, inmóvil, varios minutos. Hasta que, finalmente, se limpió las lágrimas y salió.

El camino hacia el autobús fue silencioso. La calle estaba casi vacía, pero el ruido en su cabeza era ensordecedor.

Cuando llegó, se sentó a esperar. Mientras tanto, su mente se enfocó en aquellas palabras de su madre. Miró su ropa y dudó. Tal vez su madre tenía razón. Tal vez aún estaba a tiempo de regresar, pensó.

Una mano cálida se apoyó en su hombro.

—Llegaste temprano —dijo Emily.

Tomás apenas giró la cabeza antes de volver a mirar al suelo.

Ella se quedó quieta un momento, observándolo y se sentó a su lado. Abrió la boca para hablar, pero las palabras no salieron. Lo intentó de nuevo. Falló otra vez.

Terminó hablando de cualquier cosa: el plan del día, los horarios, las bandas. Pero las palabras se dispersaron en la mente de Tomás.

Dentro del autobús, se sentaron juntos.

Los organizadores tomaron una foto. Emily sonrió, sosteniendo el boleto del autobús. Tomás, en cambio, lo usó para cubrirse el rostro.

Durante el trayecto, ella no dejó de hablar. Él miraba por la ventana.

Si no fuera por eso… sería distinto. Se dijo Tomás a si mismo

Cuando llegaron, el sol ya había salido y la luz cálida iluminaba cada rincón del estacionamiento.

Emily lo tomó del brazo y lo arrastró hacia los revendedores.

Todo se volvió difuso. Y, en algún momento la soltó. Cuando levantó la mirada, Emily ya no estaba. Caminó sin rumbo buscándola sin éxito. Terminó sentándose en una banca. Ignoró el entorno a su alrededor y el tiempo pareció dejar de existir.

La vibración de su celular lo sacó del vacío.

“¿Ya entraste? Te veías muy disperso y no tenía ganas de que me acompañaras al baño.”

Leyó el mensaje. Sus dedos quedaron suspendidos sobre la pantalla.

Podría quedarme aquí

Aquel pensamiento empezó a cobrar fuerza.

Nadie me obliga a ir

Pero sus piernas se movieron antes de decidirlo. Un paso y luego otro. Su cuerpo estaba rígido y el pecho apretado.

Cuando cruzó la entrada ya no había vuelta atrás.

La encontró cerca de la entrada. Al verlo, sonrió, pero sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal.

Emily seguía hablando con entusiasmo, él solo contestaba con monosílabos

Con los minutos, su voz comenzó a perder fuerza y sus oraciones empezaron a cortarse. Finalmente, Emily soltó el aire con fuerza y agachó la cabeza.

—Olvídalo... no valía la pena. — murmuró. Y caminó en dirección opuesta.

Tomás elevó la vista en cuanto ella desapareció de su mirada. La observó alejarse. Sus piernas se habían anclado al piso. Bajó la mirada.

Quizá tiene razón... estoy arruinando todo.

—…no valía la pena. — La frase volvió a su cabeza, dicha con ese tono seco. Apretó los puños y caminó en su dirección.

La encontró apartada del flujo de gente, pateando pequeñas piedras contra el suelo.

Emily levantó la mirada al escucharlo acercarse. —¿Ya te aburriste? —dijo, con un tono ligero.

—No.

El silencio se instaló entre ellos.

Emily desvió la mirada. —Entonces deja de poner esa cara. —intentó sonar molesta, pero su voz se quebró apenas —Parece que te obligaron a venir.

Tomás bajó la mirada. —No me obligaron.

Ella dudó. — No importa.

—¿Qué no importa?

Emily tardó en responder. —Que esto… —hizo un gesto vago —no es como lo imaginé.

El ruido lejano de la gente llenó el espacio entre ambos.

—Pensé que… —se detuvo, dudando —Que iba a ser diferente.

Tomás no dijo nada.

Emily soltó el aire con fuerza, frustrada. —Da igual. Supongo que fue una mala idea.

El pecho de Tomás se tensó otra vez. —No es una mala idea.

Emily lo miró directamente. —Entonces no lo parece.

Tomás sostuvo la mirada un segundo y luego desvió la vista. —No soy bueno en esto.

—¿En qué?

—En… —hizo un gesto torpe— esto. Estar aquí. Hablar. —Se encogió ligeramente de hombros —No significa que no quiera estar.

—Pues no ayudas mucho, ¿sabes?

—Lo sé.

Emily soltó una pequeña risa. —Genial… mi primer concierto y traje al tipo más incómodo del lugar.

—¿Tu primer concierto? ¿No me había dicho que habías venido antes? —expresó con duda.

Emily se quedó en silencio y desvió la mirada. —Yo, no había venido antes… mentí —hizo una pausa —Y ahora que estoy aquí… no se siente como pensé.

Tomás asintió apenas. —Me distraje… pero podemos arreglarlo.

Bajó la mirada. Aún tenía la cabeza en otra parte. Sin pensarlo demasiado, apoyó la mano en el pasto. El frío lo recorrió de inmediato.

—¿Qué estás haciendo? — preguntó Emily.

—Despertando. — sintió la humedad y la frotó sobre sus manos.

—¿Sabías que hay gente que se orina ahí?

Tomás retiró la mano de golpe. Emily sacó varias carcajadas y la tensión se rompió. Y él no pudo evitar sonreír también.




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