Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 13: Fluctuación

Lady in red - Chris De Burgh

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Tras mi discusión con David, le marco a mi papá con el propósito de aplacar la furia que bulle en mi interior, pero no lo consigo. Por lo que esa noche la paso más inquieta de lo normal, y aparecen las pesadillas de las cuales sufro, así como otro que no sé si es un sueño, pero que se siente muy real. Sueño con una voz masculina narrando una triste historia de abandono y soledad. Y junto con la narración, un sentimiento de congoja y pena me llenan, pues al final esta concluye con una oración que me quiebra: «nunca he sido lo suficiente para que alguien se quede».

Al día siguiente: lunes por la mañana me despierta Carlota y me informa que nos han invitado a todos a una cata de vino y que es en Ensenada; por lo que, alrededor de las seis de la tarde saldremos de camino. Le agradezco la invitación, pero le digo que no tengo muchas ganas de acompañarlos —menos si el hacerlo me supone tener que verle la cara a David—, ella se esfuerza por saber si me encuentro bien de salud, pero yo decido mentir y decirle que es porque no tengo ropa adecuada para ir a un evento así.

Ahí termina la conversación, porque una de las chicas del servicio se acerca a informarle que el desayuno ya está listo. Luego de comer me dirijo a mi habitación con la cabeza hecha una maraña; entre sí buscar a David o no, pues no salió a comer con nosotros porque, al parecer, se siente indispuesto y por ello desayunó en su pieza. Y aunque lo menos que quiero es verlo, tampoco me gusta pensar que se lo está pasando mal, aunque también tengo la sospecha de que sus razones sean las mismas que tengo yo para no ir a la cata de vinos: ninguno quiero ver al otro.

Sin embargo, cuando estoy frente a mi puerta, con la manija en la mano, me detengo a ver la puerta de madera de su habitación. Y cuando menos siento, ya estoy pensando en los pros y contras de buscarlo, porque sé que no debo hacerlo todavía, menos cuando nuestra discusión de anoche, que se dio justo donde estoy parada, se siente tan fresca en mi memoria.

—¿Qué te pasa, Irania?, todo el día has estado tan extraña que, de verdad, por más que quiero no logro entender qué es lo que te pasa —masculla y yo intento abrir la puerta, no quiero escucharlo, no quiero hablar con él. Pero entonces él se escabulle y se interpone entre la puerta y yo.

—¡Déjame en paz!, quiero ir a descansar, ¿es mucho pedir que, por una vez en toda tu vida, seas considerado con alguien más que no seas tú mismo? —suelto con la voz más fuerte de lo necesario. Empero, él no se mueve y, en su lugar, me mira con tanta atención.

—¿Es por María René? —inquiere para mi total sorpresa. Entonces, mi vista que antes estaba adherida a un punto en la pared de al lado, se eleva con asombro y niego—. Irania, ¿te está pasando algo conmigo? —Sé de antemano que mis mejillas ya deben estar rojas por el enojo y la vergüenza que esta situación me supone, las manos me tiemblan y siento un revoltijo de palabras en la punta de mi lengua.

Me lo quedo mirando un par de segundos, tengo la barbilla tensa y su escrutinio solo acelera mi pulso. Pero cuando él da un paso en mi dirección, noto que sus labios se han ladeado en esa estúpida sonrisa llena de arrogancia y que sus ojos se han llenado de satisfacción... y ver todo esto me da un golpe de realidad, porque de nueva cuenta compruebo que él es tal cual yo lo he descrito miles de veces en mi cabeza.

Elevo el mentón y doy un paso atrás, rechazando la caricia que estaba a punto de darme. Veo como sus cejas en entornan y la confusión se abre paso otra vez.

—No te equivoques, David —espeto—. Que lo que hagas, siempre y cuando no afecte mi trabajo, no me viene en gana —suelto con desdén. Él me da un leve asentimiento y se hace a un lado, pero cuando estoy por cerrar dice algo que me hace hervir la sangre.

—Qué bueno, porque yo estoy decidido a mejor dirigir mis esfuerzos por alguien que lo valga, por alguien que no teme admitir su interés por mí. —Él se va y yo cierro de golpe.

Salgo de mis recuerdos, suelto un suspiro y me digo a mí misma que lo mejor es dejar que pase un tiempo para que las aguas se calmen. Abro la puerta y es cuando Carlota me intercepta y me pide que, sin opción a promulga, la acompañe a su habitación. Suelto un bufido y la sigo. Cuando estamos en esta, me pide que me siente en un mueble que tiene en el inicio de la cama matrimonial y cuando lo he hecho, ella se dirige a lo que parece ser un enorme armario.

Y mientras ella hurga entre sus cosas, me dispongo a detallar la habitación que está muy bien decorada con sobriedad y con la elegancia propia de la zona. Tras unos minutos, ella sale con una de esas bolsas para guardar trajes y vestidos costosos, bueno corrijo, son tres bolsas así.



Therinne

Editado: 30.10.2020

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