Exmar: El despertar.

XIII. Recuerdos.

Enmudecidos por la sorpresa, los jóvenes decidieron alejarse y dejar a las hermanas a solas. Ninguno podía creer que el destino jugara semejante broma a sus amigas. De un momento a otro, su lazo de hermanas se vio obligado a coexistir con otro lazo, igual de fuerte, pero totalmente incompatible.

Confundida por sus emociones, Valentina miró a Carla en busca de ayuda. La muchacha estaba tan desorientada como su hermana y no pudo sostener su mirada. Sin decir nada, se levantó y se unió al resto de sus compañeros.

— ¿Estas bien? –preguntó Lucía al verla llegar.

La joven asintió en respuesta sin emitir sonido. La cabeza le dolía y estaba demasiado cansada. Solo quería dormir y olvidar lo ocurrido. Brian sugirió que descansaran allí y continuaran el viaje al anochecer, a lo que todos accedieron de inmediato. Con sus nuevas memorias, su control de los elementos había mejorado considerablemente, por lo que levantar un pequeño campamento de roca les resultó sencillo. Al cabo de unos minutos ya estaban sumidos en un profundo sueño.

A kilómetros de distancia, Gorand recorría, alterado, el camino hacia la habitación de Cora. Acababan de informarle que los reencarnados habían cruzado al mundo elemental y la noticia lo puso de mal humor. Cuando Teriar le dijo que había fallado imaginó que pronto ocurriría, pero no imaginó que fuera tan rápido.

La fuerza de los guerreros crecía velozmente y el aún no estaba preparado para enfrentarlos. El temor al exilio había disminuido el número de sus seguidores, y sus aliados elementales comenzaron a abandonarlo al enterarse del deceso de Ysoan y los demás hijos del aire.

Al llegar al lugar en donde se encontraba su discípula, el General se detuvo y dudó un segundo antes de golpear la puerta. No tenía un motivo real para buscarla, pero era la única persona con quien se permitía cierta debilidad. El miedo crecía en él cada vez más y no podía controlarlo. Cora lo entendía. Siempre lo había hecho.

La mujer abrió la puerta y se sorprendió al verlo. Confundida, lo invitó a entrar preguntándose cuál sería el problema.  Su visita era tan extraña que no notó el estado en que lo recibía hasta que la incomodidad de Gorand se hizo palpable. El General miró con disimulo su figura en toda su extensión, cubierta apenas por un camisón de fina tela. Olvidando momentáneamente sus preocupaciones, se tomó un breve instante para admirar a la mujer detrás de la guerrera.

Un ligero rubor asomó en las mejillas de Cora al percibir el fuego en la mirada de su General. Sin embargo, se esforzó por ignorarlo y actuar con naturalidad, desviando la atención hacia el motivo de la visita mientras se dirigía a vestirse. Gorand reprimió una sonrisa y comenzó a explicarle lo que ocurría.

— Siempre supiste que esto pasaría –dijo la mujer al regresar, ya con su vestimenta habitual–. Detrás de esos chicos asustados se ocultan los siete guerreros del clan de la oscuridad. Ambos sabemos que unos pocos elementales no van a detenerlos. A menos que olvides tu rencor, la guerra es inevitable.

— ¿Aun intentas hacerme desistir? No importa lo que Dalhila te haya dicho, no pienso dejar de luchar. Acabé con ellos una vez. Puedo hacerlo de nuevo.

— Si, puedes. Pero, ¿a qué precio? Ellos regresaron aun después de la muerte, pero tú no has vuelto a ser el mismo. Puedes engañar a tu ejército, incluso a ti mismo, pero yo sé la verdad. Sé que la espada con la que atravesaste a Anghell aquella vez, también te hirió a ti de una forma que no sana tan fácil.

Gorand bajó la mirada ante las palabras de la mujer. Durante mucho tiempo, su rencor había bloqueado todo recuerdo anterior a la guerra, pero ese comentario dejó salir el dolor contenido en lo más profundo de su ser. Varias noches en vela habían servido para borrar todo rastro de culpa. Sin embargo, la verdad no podía ocultarse tan fácilmente.

El General recordó ese breve lapso de tiempo que contenía los últimos segundos de vida de Anghell. En ese instante, antes de arrebatarle su último aliento, dudó. Tantas veces, en su infancia, habían representado entre risas aquel momento mientras soñaban en convertirse, algún día, en guerreros tan fuertes como sus padres. El destino haba decidido transformar esos juegos en realidad, y, esa vez, el vencedor lo sería para siempre.

— Anghell era un gran guerrero –respondió–, pero eligió ser mi enemigo. Hice lo que debía hacer aun sabiendo que dolería. El joven reencarnado, en cambio, no es siquiera un tenue reflejo de lo que debería ser. Esta vez, no habrá un precio que pagar por proteger a mi pueblo.

— Eso espero –susurró Cora, más para sí misma que para Gorand.



E. D. Laurent

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Editado: 25.07.2018

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