Hasta la eternidad

Decimoséptimo acto

 

Me muerdo las uñas mientras espero sentada en el coche, contando los segundos que pasan desde que se marcha hasta que la puerta de la gasolinera vuelve a abrirse. Me ha prometido que volverá antes de que llegue a cien.

Veo su cuerpo a través de la cristalera cuando voy por el ochenta y tres, hablando con el dependiente y entregándole unos billetes. Me guiña un ojo desde dentro y camina con tranquilidad hacia el coche, sin que ninguno seamos conscientes de los dos policías fuera de servicio que están recibiendo nuestro retrato robot justo en este momento. Dos hombres observan el coche e intercambian varias palabras entre ellos, se llevan la mano a la parte trasera del pantalón y sacan sus armas.

—¡Eh! —Tyler mira a su espalda y sin pensarlo comienza a correr—. ¡No te muevas!

Puedo ver cómo el dedo de uno de ellos se posa sobre el gatillo en una fracción de segundo. Va a dispararle. Abro la puerta y salgo para colocarme frente a él, recibiendo un disparo que pasa rozando mi brazo derecho.

—¡Devon!

—¡Pongan las manos en alto! —repite uno de los policías.

Tyler hace amago de salir del coche para volver a por mí, pero yo misma me lanzo al interior y cierro la puerta.

—¡No se muevan!

—Tyler —digo apretando su mano para que concentre su atención en mí—. No mires atrás.

Asiente y pisa el acelerador, derrapando y llevándose por delante la moto que hay estacionada frente a nosotros.



Nerea Vara

Editado: 06.11.2018

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