La Corona Negra

Capítulo 9

En el cuarto mes de gestación de la reina de Yawark, las demás mujeres del rey temieron perder el trono, aunque ya estaban gestantes, ahora todo dependía de quien nacería primero. Además, Runtu Sumaizhi al ser la reina verdadera, planteaba otros inconvenientes, que Awaq Balan no pensaba estar dispuesta a padecer. Así, siguiendo múltiples rumores e historias sobre la reina, descubrió que, aunque se decía que la mujer era inmune a todo veneno existente sobre la tierra, había una excepción a la regla. El Eriotz-orri, el veneno más letal de todos, era la única debilidad de la reina y con la ayuda de la gran señora Timta, Awaq lo mezcló en las comidas de la reina para matarla a ella, junto a su bebé. Sin embargo, una semana después la reina aún seguía viva y embarazada, aunque las consecuencias del veneno continuaron tanto en la reina como en su hija. Al igual que en la muerte de las dos mujeres, una de ellas, culpada injustamente, por un crimen que no cometió.

 

El director se reunió con diferentes grupos de estudiantes, hasta llegar a nosotros, los chicos con los que se tomaría más tiempo. Mandó a traer más sillas, para tenernos a todos en la misma habitación, aunque los chicos se negaron a tomar asiento y decidieron hacerse los caballeros, cediendo el lugar a cada una de nosotras.

—Ni siquiera me sorprende saber que ustedes dos estuvieron involucradas en treinta y tres muertes enemigas —dijo el director, mientras nos miraba a Naya y a mi.

—¿Treinta y tres? Francamente, creí que habían sido más —comentó Naya y el director intentó ocultar su ataque de nervios, no le iba muy bien en sus conversaciones con nosotros.

—Señorita Naya —, el hombre le acercó un pañuelo—, tiene un poco de sangre en su barbilla —sacudió la tela blanca con insistencia y ella se llevó la mano al punto exacto donde vi la sangre la última vez.

Ella puso sus dedos justo sobre la mancha que recorría el cuello, con un hilillo seco de sangre. Su dedo índice quedó manchado de rojo y lo miró, comprobando que realmente fuera lo que todos ya sabíamos que era. Entonces, se llevó el dedo a la boca y lo probó.

—Sí, es sangre —dijo y aceptó el pañuelo de un tembloroso director, con sus ojos fijos en él, se me hizo fácil deducir que ella solamente lo había hecho para molestarlo.

—¿Hay algo que quiera decirnos? —preguntó Azu, un poco cansada.

—Sí —, el director intentó recuperar la compostura—. Aunque hoy logramos capturar el enemigo y… terminar con la vida de algunos, estamos en máxima alerta y me parece adecuado que esta noche todos duerman bajo un mismo techo, por ello elegí la cabaña de Cedric como su lugar de residencia, al menos por esta noche. Además, he mandado a traerles nuevos uniformes, para que se deshagan de estos —señaló nuestros uniformes—. Es mejor que los quemen —, miraba con pavor las manchas en nuestras ropas.

—No sea tan exagerado, director de Montes, la sangre puede ser lavada a diferencia de nuestros pecados —le dije—. Francamente, no veo necesario que cambiemos nuestro domicilio, nosotras podemos cuidarnos solas.

—Insisto —dijo el director.

—Entonces, lo haremos —respondió Azu, quien me dirigió una mirada para no ir en contra de ella—. Pero, con una condición…

El director se vio sorprendido ante aquella respuesta.

—¿Cuál sería?

—Después del día de hoy y considerando el objetivo del ataque, exijo que se nos permita tomar clases de batalla y defensa, no quiero ser una carga para los demás y si realmente vamos a firmar la paz o lo que sea que están pensando, será mejor que empiece a tener en cuenta nuestras opiniones —exigió con seguridad.

—Entiendo —dijo el director, pensativo—. De acuerdo.

—Muy bien, ¿necesita algo más de nosotros? —preguntó Cedirc.

—Sí, ¿podría quedarse unos minutos más, joven Arlen?

Los demás tomamos la indirecta y salimos de dirección, para dejarlos solos con Erwin, que nunca dejaba el lado de Cedric.

—¿Quién es Erwin exactamente? —le pregunté a Cosmin, ubicándome a su lado.

—La mano derecha de Cedric, probablemente en un futuro se vuelva el general del ejército Briccio, al igual que su padre —me explicó, con la amabilidad que lo caracterizaba—. Muy pocas veces deja su lado.

—Interesante… —me causaba gran curiosidad; pero no la suficiente como para preguntar más, así que continué mi camino.

Estar en un lugar extraño era incomodo, ya había logrado habituarme un poco a nuestra caña y ahora iba a tener que dormir en otra. De ese modo, todos nos reunimos en la sala de estar de la primera planta, en compañía de los compañeros de Cedric, que eran nada más ni nada menos que los trillizos. Ellos no sabían qué hacer con la manada Sânge, como nos habían nombrado al llegar, de forma amistosa y divertida. Por alguna razón, a la pobre Azu siempre la relacionaban a nosotros como si se tratara de otra Sânge más, pero sus ojos violeta desentonaban con los nuestros, escarlata.



Wanda Quiceno

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En el texto hay: romance, magia, venganza

Editado: 17.06.2020

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