La Corona Negra

Capítulo 1

Se cuentan historias sobre el origen del reino Yawark, una en particular gira entorno al lago escarlata, que se encuentra justo frente al castillo, razón por la cual fue construido allí. Dicen que en su interior habita un demonio, uno que siempre está sediento de sangre y poder, y la causa de su oscuro color. Alguien lo encerró ahí hace mucho tiempo, una mujer de vestidos celestes, cabello plateado y con lirios negros que de repente se tornaron rojos. Pero, aquellos con poder siempre eran atraídos por el lago, tal vez por ello el rey de Yawark es considerado invencible, puede que haya hecho un pacto inquebrantable y completamente maldito.

Desperté sobresaltado y empapado en sudor, con un frío poco satisfactorio en mi frente y probablemente la razón de mi despertar. Respirar me causaba un gran ardor en la garganta y los ojos me escocían, llenos de lágrimas calientes. Hice un movimiento corto, intentaba levantarme, pero un gran dolor en el vientre me sobrevino y causó que un jadeo saliera de mi boca. Busqué a Samin, necesitaba saber que estaba bien, de otra forma habría fallado en mi misión. Y entonces pensé en lo estúpido que era al preocuparme, cuando yo me encontraba herido y no él.

—Am, ¿estás bien? —mi hermano apareció en mi campo de visión y cambió el paño cálido sobre mi frente, necesitaba enfriarlo de nuevo con agua.

—¿Dónde estamos? —pregunté, aunque no estaba muy interesado en ello, era más una forma de generar conversación para ignorar el creciente dolor.

—Toma, esto ayudará —, Erwin, el joven soldado que siempre estaba con Cedric, me puso una botella en la boca y no tuve fuerzas para preguntar al respecto, si podía aliviar mi dolor, no me quejaría. El líquido que se vertió dentro de mi boca era bastante salado y caliente, justo cuando deseaba una bebida fría. El flujo súbito de la bebida pareció ir directo a mi torrente sanguíneo y mi mente se volvió un borrón de recuerdos, algunos que deseaba haber perdido. Como el grito agudo de mi hermano, cuando ambos teníamos solamente tres años.

Me desperté asustado y vi una mujer al pie de mi cama, me observaba con interés, con sus ojos claros, casi blancos. La luna iluminaba mi habitación a través de una pequeña ventana y su luz caía sobre ella. La vi poner un lirio negro sobre mis pies y luego alejarse por la puerta abierta. Revise la cama de mi hermano a mi derecha y la encontré vacía, entonces la seguí a ella. Me estaba esperando en el pasillo exterior que se situaba junto al jardín central, cuando la vi me sentí nervioso.

—¿Quién eres? — le pregunté con confianza.

Soy una maldición viva y muerta, un alma en pena, la guardiana de la noche, el indicio de una tragedia, la asesina de demonios. No lo sé, soy una u otra cosa, un ser que ha dejado de ser me miró con curiosidad, en busca de una reacción.

Alguien ha muerto concluí y ella aplaudió.

Un chico inteligente dijo sin expresión alguna.

Recordé el grito de mi hermano y corrí, una parte de mi sabía hacia dónde ir, la habitación de mi madre, al otro lado del pasillo. Vi la puerta y las ventanas abiertas, el viento movía las cortinas y causaba un silbido angustioso en el aire. Lo primero que vi al entrar fue la sangre, luego su cuerpo, no había heridas. La sangre salía de ella, de su boca, su nariz, incluso sus ojos. Y mi hermano, Samin, se encontraba en cuclillas, aterrorizado en una esquina, casi oculto por las cortinas que se balanceaban en silencio, con las manos en su cabeza, no podía apartar la vista de nuestra madre muerta.

Es una pena susurró la mujer detrás de mí. Todo esto es una pena, incluso tú.

¿Quién? me atreví a preguntar.

Lo sabrás a su tiempo, no será ningún secreto.

¿Por qué?

Eres un Sânge, debes perder algo, para hacerte más fuerte, antes de perderte a ti mismo explicó.

Eres mi maldición pensé.

No soy solamente tuya me dijo—. Es una pena repitió—. Una mente tan brillante como la tuya… ¿Sabes que podrías ser rey? Tienes corazón y te importan los demás; pero… Ya has decidido que no serás tú y eso te costará.

Abrí mis ojos de nuevo, sintiendo el aliento de aquella mujer en mi garganta y por un momento creí verla; pero no estaba allí, o eso prefiero creer.

—¡Amir! —Mi hermano me sacudió y le di una mirada adolorida.

—Estoy vivo; pero de seguir así vas a matarme —murmuré y él se detuvo.

—Me has asustado. Oh, Amir, no me asustes así de nuevo.

—Créeme, no fue a propósito —le dije, mientras me soltaba sobre… —¿Dónde estamos? —pregunté al ver techo de madera sobre nosotros.



Wanda Quiceno

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En el texto hay: romance, magia, venganza

Editado: 17.06.2020

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