La Corona Negra

Capítulo 2

Se cuenta que una mujer no hace mucho tiempo se enamoró de un ser de fuego, ella era un alma ingenua que cayó en la trampa de un mal certero. La avaricia desató una guerra en una isla en medio de un vasto océano, causando su propia destrucción, la caída de dos imperios siempre en guerra. El monstruo arribó en nuevas tierras y la mujer con un corazón roto que se volvió de cristal, lo maldijo por toda la eternidad. Sangre maldita, sangre oscura, se debe perder algo, para hacerse más fuerte, antes de perderse a sí mismo. Y mientras la maldición continúa, el gran demonio regresará y con sus hijos destruirá el mundo.

 

Estábamos todos en el suelo sobre hierba mojada, mis manos sintieron calor y vi a Crina a mi lado aún sujetada por Cedric, quien la miraba fijamente. Lo escuché preguntarle si estaba bien y ella simplemente asintió, me senté de inmediato y divise a Samin no muy lejos, acercándose a Erwin que apenas se sostenía de su espada clavada en el suelo, con su cabeza mojada en sangre. Cedric al verlo corrió hacia a él, dejando a mi hermana en el suelo. Me puse de pie y observé todo a nuestro alrededor.

—Estamos de vuelta —dijo Cosmin, quien estaba tan sorprendido como yo.

—Sí, pero, ¿dónde están todos? —la gran academia lucia desértica, sin sonido alguno que indicara vida humana. Di unos pasos alrededor y finalmente me fije en una de mis manos, estaba llena de sangre. No era mi sangre.

—Pero.. ¡¿Qué…?! —Cosmin no pudo terminar, lleno de horror.

La hierba no estaba mojada solamente por la lluvia.

—¿Qué pasó aquí? —me pregunté con mi mano sujetando con fuerza la espada, no la había soltado ni un segundo, nos encontrábamos cerca de los comedores, detrás del gran edificio de clases—. Voy a averiguar qué está pasando o… Pasó aquí —dije y Samin estuvo a mi lado al terminar la última palabra.

—Iré contigo —dijo.

—Me quedaré con Cedric y Erwin —dijo Cosmin, al ver a Erwin bastante débil.

—Yo también me quedó, griten si necesitan ayuda —dijo Naya sin interés alguno.

—Yo voy, necesito encontrar a mi hermano —dijo Niall.

Crina y Sira no dijeron nada, las vi reunirse finalmente y susurrar entre ellas, decidí no molestarlas e iniciar nuestro camino. Quería dirigirme primero al lugar donde todo se salió de control en primer lugar, mientras la luna nos iluminaba un poco, el día se había ido demasiado rápido, nos dejó abandonados en la oscuridad de la noche. O tal vez, había sido aquella mujer quien nos había lanzado a la infinita oscuridad.

Sin demora, llegamos los tres a los comedores y contemplamos las mesas vacías, algunas volcadas sobre el suelo y sillas caídas por todos lados. Entramos en silencio y revisamos cada rincón, ingresé a las cocinas y vi los pies de un cuerpo. Me acerqué con cautela sobre las baldosas blancas manchadas de comida y todo tipo de elementos de cocina. Ajuste mi audición como el abuelo nos había enseñado, según él, era su deber volvernos verdaderos cazadores, de ese modo nunca seríamos las presas. Levanté mi espada solamente en caso de un peligro imprevisto y creí escuchar una leve respiración. Hice a un lado una mesa de madera que ocultaba el cuerpo y me encontré con la mirada nerviosa de Linnette, con una gran herida en su hombro y sudor en su frente. Baje la espada y nos miramos por incontables segundo, sin estar seguros si éramos enemigo o cualquier cosa contraria.

—¿Qué pasó? —le pregunté.

—Parecía humo… —dijo en un susurro, temía hablar en voz alta—. Era negro y se movía de forma extraña… Le gusta devorar gente —terminó con voz temblorosa y tragué con un poco de miedo, ¿acaso ese hubiera sido nuestro destino si…?

—¿Cómo te hiciste esa herida? —pregunté con cuidado, sin acercarme, la miraba allí en el suelo con su espalda contra la fría pared blanca, manchándola con su sangre. Ella intentaba cubrir la herida con su mano, intentaba detener la hemorragia sin éxito.

El sonido de cosas moviéndose afuera la asustó, se estremeció por un momento y alejó su vista de mi para revisar que nada apareciera por el mismo lugar del cual había aparecido yo. Nunca había visto a aquella chica tan frágil, siempre lucía demasiado fuerte e intocable; pero, todos los seres humanos somos demasiado frágiles al final.

—¿Son amigos tuyos? —preguntó, dejando un poco de su miedo atrás, aunque su voz cansada no le ayudaba mucho, hacía temblar su voz.

—¿Quienes?

—Ellos —dijo.

—No estoy seguro, uno intentó matarnos no hace mucho —dije y acomode la espada en mi costado derecho—. No respondiste mi pregunta —le recordé.

—Fue uno de los tuyos, un chico de la servidumbre, creo que ustedes los llaman Ada —explicó—. Tenían estas grandes lanzas con punta afilada y…

—¿Cómo escapaste? —pregunté.



Wanda Quiceno

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En el texto hay: romance, magia, venganza

Editado: 17.06.2020

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