La Niñera

Capítulo I

Matías ya no bajaba a despedir a sus papás cuando se iban a trabajar. No desde hacía tres semanas. Rosa llamó avisando que no podría ir a cuidarlo porque se había enfermado. Primero fue durante una semana, luego fueron dos, tres. Murió. Aneurisma, dijo el doctor.

Claudia cuidaba del niño ahora hasta que papá y mamá regresaban en la tarde, además de hacerse cargo de una que otra sencilla tarea del hogar como preparar las comidas para el niño. Eso no hacía muy feliz a Matías porque sospechaba que Claudia era una joven muy extraña. Había algo inusual en ella, aunque sin llegar a ser extravagante. Solo molesto como una espinita en el dedo índice de la mano buena, pero era suficiente para inquietarlo. Nada tenía que ver con Rosa, su vieja niñera, su “nana” como le decía.

Había algo raro en la sonrisa de Claudia y el pequeño terminaba pensando solo en esa mueca cada vez que llegaba a su casa para compartir las largas horas de cuidado y compañía.

Matías estaba de vacaciones del Instituto Católico San Agustín. Era un buen colegio al que la clase media alta de Capital Roca le debía la buena educación de sus hijos. Sin embargo, esa educación siempre lo traicionaba cuando la niñera ponía un pie en su casa y se volvía un manojo de prejuicios. No quería que Claudia viera que no le caía muy bien, y se encerraba en su cuarto y bajaba solo para el desayuno, el almuerzo y la merienda. Ni siquiera iba a saludarla.

La soledad de la jornada embotaba al niño y sentía que tarde o temprano las cosas se pondrían difíciles.

Cosa de niños...

—¡Matías! ¡Ya está la merienda! —gritó Claudia, desde abajo, apoyándose en la baranda de la escalera.

El estómago de Matías crujía como un barco en aguas turbulentas. Las ganas de esa espumosa leche chocolatada y esas Oreos con mucha crema de coco, esperándolo abajo, eran mucho más fuerte que su desconfianza a Claudia, y no podía evitar sentirse seducido por el hechizo de aquel suculento sabor en su boca.

—Qué tonto que sos, si te quería cocinar ya lo hubiera hecho hace mucho. Además, si intenta algo le diré a mamá y la despedirá. Además, un hombre no debe tener miedo en su propia casa. Además, las brujas no existen. Además... —se decía al juntar algo de valor para bajar.

Giró la perilla y abrió la puerta.

—Mati, se va a enfriar —dijo mirando al pequeño a los ojos. Ni siquiera escuchó sus pasos subiendo la escalera.

—Vino, volando. La maldita vino volando —pensó al verla del otro lado de la puerta.

Si hubiera pedido un deseo cuando apagó las velitas de su cumpleaños número nueve, hace unos meses atrás, hubiera pedido que Claudia se esfumara de su vida. Que nunca se hubiera cruzado con ella, que nunca la hubiera conocido. Porque de esa forma, ella no lo estaría viendo como lo estaba viendo ahora. Un contacto visual perturbador. Matías no quería mirarla a los ojos, pero se sentía transportado hacia ellos como por magia. Succionado por alguna fuerza. Y siempre terminaba mirándola.

¿Por qué Claudia se había tomado la libertad de llevar la merienda del pequeño hasta su cuarto? ¿No podía esperar a que él bajara por ella? ¿por qué tanto interés en que se tomara esa bendita merienda? Si, Claudia ¿por qué?

Matías estaba aterrado y los segundos en recibir la bandeja le parecieron horas.

¡Ella estaba ahí! ¡Invadiendo su cuarto, su espacio personal! Mirándolo con sus ojos marrones que proyectaban una mirada rayana a la locura, con esos cabellos negros despeinados cayendo sobre sus hombros como las ramas secas de un sauce viejo, con esa sonrisa loca que iba de oreja a oreja y que dejaba ver todos sus dientes. Vistiendo su remera negra punk con manchas de vaya uno a saber qué, y esa pollera roja, escocesa, que llegaba hasta sus rodillas con aspecto de no ser más que un trapo viejo. Sus botas negras con hebillas combinaban con sus uñas pintadas de un verdinegro vetusto. Pero lo que más aterraba al pequeño era ese collar de dientecitos que colgaba de su cuello.

—¿De dónde habrá sacado esa cosa sucia? Es muy fea, antihigiénica ¿por qué la usa siempre? —se preguntaba al tiempo que no paraba de hacer extrañas suposiciones acerca de ello.

Recibió la bandeja evitando tocar los dedos de Claudia, pero si los rozó. Eran hielo.

—G-gracias —dijo rogando para que se marchara.

—De nada. Vos siempre tan educado. —respondió—. Oh, has dibujado mucho —soltó entrando al cuarto señalando la pizarra donde Matías pegaba sus dibujos.

—¡Dibujaste tu casa, que linda te salió!

El pequeño se quedó duro como una estatua de mármol al ver el aspecto de Claudia a contra luz de la ventana. Desde el bajo ángulo en que la miraba, la veía abominable.

—Solo se ve así por la luz. Es una ilusión. Vete de mi pieza, vete por favor, vete... —pensaba.

Pero, ¿quién o qué era su niñera? Solo podía imaginarlo porque hasta donde sabía, ella solo era una jovencita que necesitaba el dinero y hacía su trabajo lo mejor que podía. Aunque más allá de sus pesadillas más dementes nunca hubiera imaginado que quedaría a cargo de una niñera tan extraña como ella.

Una niñera que a la hora del Diablo, se la pasaba riendo y volando con una escoba entre sus piernas, surcando cielos poblados por flamantes estrellas de cinco puntas, profanando monumentos en panteones malditos donde brujas encapuchadas se reúnen alrededor de una tumba recién abierta; una niñera que cocina en una enorme olla negra de metal fundido, recetas que solo las brujas pueden querer comer, y en su casa de jengibre de techo holandés perdida en medio de un bosque encantado, dar rienda suelta a arcaicos sabaths; una jovencita rodeada por parlanchines gatos negros traspuestos a la luz de lunas en cuartos crecientes, esbozando hechizos dentro de un pentagrama invertido.



Frank Boz

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En el texto hay: hechizos, automatas, brujas

Editado: 12.11.2020

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