La cocina de la casa de mi abuelo era demasiado grande para una sola persona, y esa noche me pareció todavía peor. El eco de cada cajón que abría rebotaba por las paredes como si la casa quisiera recordarme, una vez más, lo vacía que estaba. Había encendido demasiadas luces para una cena ridículamente simple, pero no soportaba la idea de moverme entre sombras después del día que llevaba encima.
Abrí una alacena, luego otra, y después la nevera por tercera vez en menos de cinco minutos. Todo estaba impecablemente ordenado, como si alguien hubiera diseñado aquel espacio para una revista y no para una persona real que solo quería comer algo sin sentirse inútil. Encontré harina, pasta seca, tomates, especias en frascos perfectamente etiquetados y una cantidad obscena de utensilios cuyo propósito desconocía por completo.
—Esto es absurdo —murmuré, cerrando una puerta con la cadera.
Terminé decidiendome por la pasta, que sonaba como una cena imposible de arruinar. Llené una olla con agua y la puse al fuego mientras buscaba el cuchillo menos intimidante del cajón. Mi celular vibró justo cuando intentaba cortar una rudimentaria selección de vegetales que era lo poco que había podido encontrar; aquello debería ser alguna señal de que estaba a punto de poner mi vida en peligro.
Lo tomé con dedos torpes y vi el nombre de Alice en la pantalla.
—Si llamas para burlarte de mí antes siquiera de saludar, quiero que sepas que sigo en pie.
—Qué alivio —canturreó Alice—. Pero en realidad llamaba para asegurarme de que habías sobrevivido. Siempre confié en ti, pero no en tu primer día de regreso a Boston.
No pude evitar reírme. El sonido me salió más cansado que divertido.
—Acabo de salir del campo de batalla —respondí, apoyando el teléfono entre la oreja y el hombro mientras intentaba no perder un dedo—. Y contra todo pronóstico, sigo viva.
—Decepcionante. Esperaba al menos una humillación pública. O que incendiaras algo.
Solté el cuchillo para echar un vistazo a la pasta que hervía en la olla y suspiré al confirmar que aún no la echaba a perder.
—Lo siento, te fallé —dije—. No hubo humillación, catástrofes, ni intentos de lanzarme por una ventana.
—Todavía.
Sonreí, poniendo los vegetales picados sobre un plato y procediendo a bajar un poco el fuego de la hornilla.
—Es gracioso. Eso fue lo que dijo Theo.
—¿Theo tu némesis?
—Él mismo —respondí. Me ahorré la réplica porque sabía que no serviría de nada repetirle a Alice que odiaba que llamara a Theo mi “lo que fuere”. No quería que ninguna palabra me relacionara con él, pero sabía que mi amiga haría lo que quisiera—. Aunque hoy prefirió humillarme con profesionalismo, supongo que es una evolución.
—No me gusta nada cómo suena eso.
—A mí menos, pero todo lo demás estuvo bien —admití—. Básicamente fueron un montón de reuniones por todos lados, pero la gente fue agradable.
Tomé una sartén y la coloqué sobre otra hornilla, luego eché un poco de aceite y recé internamente para que aquella fuera una cantidad aceptable.
—Tal vez te están estudiando para atacar a tus espaldas —replicó Alice, fingiendo una voz profunda y tenebrosa.
—Sí, probablemente.
El aceite empezó a chisporrotear antes de que yo estuviera preparada. Lancé los vegetales picados con un movimiento torpe y retrocedí de inmediato sin poder contener un chillido.
—¿Qué fue eso? —preguntó Alice al otro lado.
—Nada. Solo estoy cocinando.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea y luego una carcajada abierta.
—No puede ser.
—Sí puede —puse los ojos en blanco sabiendo lo que venía.
Todo el que me conocía desde hace más de dos días conocía mi incapacidad para sacar cualquier cosa comible del uso de una estufa y una olla común, por lo que la sorpresa de Alice era de esperarse.
—Claire Hayes preparando su propia cena en una cocina real. Esto sí debí grabarlo.
—No te emociones. Es solo pasta.
—Toda gran historia empieza con una mujer al borde del colapso y una olla de carbohidratos —se burló—. Has cambiado, amiga. Dos días en Boston y ya cocinas.
Negué con la cabeza, removiendo con demasiada concentración.
—Solo quería algo con lo que mantener mi mente ocupada y pedir comida a domicilio no parecía una buena opción. Tal vez me apunte a clases de cocina solo para no estar en esta casa tanto tiempo.
El silencio al otro lado de la línea fue suficiente para saber lo que vendría, de hecho, fue suficiente para que casi pudiera ver la expresión en el rostro de mi amiga dentro de mi propia cabeza. Me arrepentí de inmediato de ser tan transparente.
—Claire…
—¡Estoy bien! Solo me refería a que la casa es grande y no tengo mucho qué hacer aquí.
—Odias esa casa y no estás engañando a nadie.
—No la odio —me excusé, horrorizada con la idea—. Es solo que es una casa para demasiadas personas, mi abuelo vivía aquí con un montón de empleados y tenía visitantes todo el tiempo y yo… Solo quiero estar en un lugar donde no sienta que puedo perderme en cualquier momento.