Miedo a las alturas

PRUEBA OTRA VEZ

Hola mamá.

Ha pasado una semana desde que he grabado mi último diario y no planeaba hacerlo hasta el próximo mes pero tengo noticias. Grandes noticias. Espero que en tus ratos de ocio, cuando estás cansada de toda la paz y quietud que hay allí arriba, decidas bajar a verlas.

Bueno, si eso cabe en tus posibilidades.

No sé si te importe,  pero lo es todos para mí. También es lo único que tengo de ti y por eso mi mente lo repite una y otra vez. Para mucha gente lo que me contaste en el balcón de nuestro minúsculo departamento en Londres no es más que un cuento de hadas para entretener a un niño pero para mí es una filosofía de vida.

Mamá, creo que lo encontré.

Sí, sin duda acabo de encontrarlo en una fiesta. Con los ojos rojos y los labios resecos como si estuviera teniendo el peor día de su vida. Se llama Logan y trabaja en una cafetería. Tiene problemas con su papá. Le gusta contemplar las estrellas y tiene unos bonitos ojos marrones. Y aunque no sonríe mucho, cuando lo hace es realmente increíble.

Le gusta fingir que no siente nada porque lo hace sentir más seguro. Pero yo sé que puedo ayudarlo a reconectarlo con sus sentimientos. Él es especial, yo soy especial y cuando estamos juntos es algo asombroso. Sé que seremos algo que no se puede detener.

¡Lo encontré!

Por mucho que quisiera que estuvieras aquí, sé que no vas a volver. (No porque no quieras, sino que no puedes) así que improvisaremos con las distancias.

Te quiero mamá.

Soy Iris.





 

Iris apagó la vieja cámara que tenía entre sus manos. Era de esas cámaras que aún funcionaban con videocasetes y se refugiaba en el pensamiento de que nadie vería su contenido porque los VCR están obsoletos. Grabada su diario en cintas desde que tenía dieciséis pasando dos semanas o menos si tenía cosas interesantes que contar. Guardaba las cintas con las fechas anotadas debajo de la cama.

La única persona autorizada para verlas estaba muerta. Pero la esperanza es lo último que se pierde, ¿no es así? Quizás la ciencia pueda traer a los muertos de vuelta a la vida otra vez. (Lo cual sería aterrador pero...).

Iris puso los cassettes en su cesto usual y lo deslizó debajo la cama mientras escuchaba a dos personas discutir afuera.

—Nicole Goldschmidt.— Sarah anunció al ver (desafortunadamente) a la rubia que era la mejor amiga de Iris en la puerta—. ¿Qué te trae a mi casa?

La llamaba así porque sabía que la fastidiaba. Ella detestaba su primer nombre (Nicole, puaj) desde que en primaria una niña con su mismo nombre le había hecho la vida imposible. Así que para el resto de las personas de esta historia ella era simplemente Cheyenne o Chey.

—Calma, quiero ver a Iris.— ella dijo entrando a la sala de todas maneras—. No es como si estuviera cometiendo un delito.

Chey, al ser la única y mejor amiga de Iris tenía una relación conflictiva con su tía. Sarah juraba que la rubia de Gales era una mala influencia y aunque ella no era problemática tampoco era ejemplar.

—¿Qué te dije acerca de visitar a Iris?— gruñó Sarah al verla instalada con comodidad en la sala—. No tienes que interrumpir en mi casa si puedes verla en la universidad.

—Ella me llamó.— Cheyenne recalcó mirándola a los ojos. No le daba miedo enfrentarse a los adultos—. Ella me necesita.

—Nicole, me gustaría que tuvieras una noción de respeto a los mayores. Ni se les contesta ni se les mira directo a los ojos.

—Lo siento, pero es mi manera de negociar con ellos cuando saben que no tienen la razón.

Iris escuchó con total claridad la pelea desde su cuarto. Después de todo, era una pequeña casa donde todo se sobreponía. Estaba tan acostumbrada a esas peleas que ya podía intuir de que manera empezarían y como acabarían.

Esperó en silencio que Sarah volviera a sus cosas y Cheyenne entre a su cuarto, cosa que sucedió en minutos. Su mejor amiga abrió la puerta con una expresión de tedio que cambió al verla.

—Tu sala es tan amigable como una trinchera.—Chey protestó agitada tumbándose en la cama.

—Cuidado destrozas mi cama.— Iris advirtió al escuchar un crujido—. No es tuya y no tenemos dinero.

—Habla.— dijo Chey—.En el teléfono sonabas emocionada, más te vale contar todo.

Iris se ruborizó.

—He conocido al amor de mi vida.

—¡No me jodas! ¡Apenas tienes diecinueve años!— Chey le sonrió con incredulidad al techo—.Es ridículo jurar eso a nuestra edad. Bueno, de todas maneras tienes mi apoyo. ¿Qué te hace pensar en él?

—Simple, él me da esa impresión.— Iris no borraba su sonrisa desde el día anterior—. Lo siento en mis huesos.

—Descríbelo.

—Él tiene estos grandes ojos marrones, una sonrisa del millón de dólares y un lunar en su cuello. Él no cree que estoy loca. Se llama Logan.

—Ajá.— ella no sonaba muy convencida—. Tiene nombre de niño engreído.



Paula Barona

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En el texto hay: amortoxico, angel, amor

Editado: 03.06.2018

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