Miedo a las alturas

PRIMERAS IMPRESIONES DEL PLANETA LAUREN

Logan cruzó con confusión las puertas de su nuevo trabajo. No se acostumbraba a la ropa que tenía puesta (camisa, pantalón de vestir, corbata). Se había levantado a una hora tan inhumana que en la que su mamá aún se dormía.

Gemma todavía no se había enterado que Logan había sido despedido de su trabajo anterior. No porque no fuera una buena madre, sino porque ser madre de Logan podía llegar a ser complicado.

Tomó el ascensor y con un par de indicaciones logró llegar a la oficina del jefe donde golpeó tres veces.

—¿Quién eres?

El jefe ni siquiera se molestó en abrirle la puerta.

—El nuevo empleado, Logan Sparks.— él empezó a mover su pie con impaciencia. Había tomado cantidades industriales de café y quería que todo fuera lo más rápido posible—. Usted me dijo que viniera el día de hoy.

—Pasa, la puerta está abierta.

La empujó con un poco de timidez mientras el jefe clavaba su mirada en él. Lo miró con una expresión desalmada para luego esbozar una sonrisa. Aterrador.

— ¿Eres amigo de Christian?

—Christian Campbell ha sido mi mejor amigo desde que tengo memoria.

—Quería saber a quién me había recomendado mi querido sobrino.

Logan supo que su estancia allí había sido privilegiada gracias al pequeño detalle de conocer a las personas correctas.

—Pues ese individuo soy yo.

—¿Emocionado por saber dónde te tocará?— el jefe levantó una ceja.

—Ansioso es la palabra que busco.

Quiso recalcar que no se sentía ansioso con mucha frecuencia.

—Seré honesto: soy un hombre demasiado ocupado como para leer el puñado de aplicaciones que me llegan de universitarios que realmente no quieren pasar un día entero tratando de vender implementos de seguridad a un sinfín de compañías. Si tú hubieras mandando tu carpeta por mandar...de hecho, tú no has mandado carpeta, hubieras esperado un largo tiempo para no tener respuesta alguna. Pero mi sobrino te recomendó, así que tuve que decir que sí de inmediato. Tendrás incluso tu propio cubículo.

—Gracias.— Logan contestó dejando a un lado la confesión nepotista. Por lo menos le pagarían.

—Te mandaré por fax la lista de lugares a los que tienes que llamar.— él devolvió la mirada al escritorio—. Saluda a Christian por mi parte y dile que no falte a la barbacoa de este domingo. Hace siglos que no lo veo. ¡Marina!

Una chica con una manera de caminar un poco patosa, de cabello recogido y grandes gafas entró a la oficina. Tenía pinta de que había pasado toda la noche despierta y por lo consiguiente, odiaba el mundo.

—¡Marina, muéstrale al chico su puesto de trabajo!— la chica asintió sin ganas y acomodó sus gafas encima de su torcida nariz.

—Sígame.

Caminaron juntos y al mismo compás pero no se dedicaron ninguna palabra. Le había resultado molesta a primera vista, sin razón alguna, pero siempre había personas así. Lo llevó a un cubículo no muy lejano.

—Llegamos al lugar donde los sueños se hacen realidad.

—¿A qué te dedicas?— él preguntó mientras tiraba su maleta negra en el asiento.

—Soy secretaria.

—Perfecto.— él aplaudió—. ¿Me traes un café?

—Soy secretaria del jefe.— ella se cruzó de brazos.

—Me quejaré con el jefe si no veo mi café pronto.

Él reprimió una pequeña risa. Fastidiar a alguien que no te agrada siempre era divertido. Marina no cedería a sus provocaciones.

—Llevo cinco minutos hablando contigo y ya he deducido que eres un completo imbécil.— ella comentó con tedio mientras se marchaba.

Inspeccionó sus alrededores sin encontrar ninguna novedad excepto el ambiente estéril de cualquier trabajo. Gente de cabezas gachas revisando Facebook a la par que pretendían trabajar. Los sonidos repetitivos y clásicos asociados a los teléfonos. El “ring, ring”, el sonido de teclas al marcar y el saludo que tendría que usar de ahora en adelante: “Buenos días, corporación Savehaven”.

Nada no visto antes, hasta que algo captó su atención.

Se trataba de una chica de piel un tanto oscuro, cabellos largos y lacios, una hermosa sonrisa acompañada de hoyos y un divertido acento a la hora de hablar. Verla se sentía como siete grados richter. Desde allí, la tierra no dejaría de temblar. Sus ojos la seguirían como los planetas lo hacían con el sol, donde sea que estuviera.



Paula Barona

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En el texto hay: amortoxico, angel, amor

Editado: 03.06.2018

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