Mis tías Ana y Eva

2: ¡Dejadle tranquilo!

Tanto Ana como Eva me ignoraron. ¡Y eso que se suponía que me acababan de dar el pésame!
Uno de los trabajadores del edificio, con más pinta de jardinero que de enterrador, aunque llevara traje y corbata, se me acercó para preguntar.
—¿Tienes algo que ver con la fallecida?
¡Alguien que parecía genuinamente interesado, genial!
—Era mi suegra y mi madrastra. —Le informé.
Se ofendió, y de inmediato se alejó blasfemando algo sobre la mezcla de personajes y creerse una reinona. Supuse que lo dijo por mí, suspiré y volví con mi padre.
¡Ahora solo Bruno y Jon me tomaban en serio, aparte de Lidia, claro!
La busqué entre la gente. A mi madre, digo. Estaba en la puerta, mirando con nerviosismo el pasillo exterior por donde se suponía que venían las visitas. Movió la mano y apareció Miguel un minuto más tarde.
Ah, espera, Miguel es el marido de Lidia, mi padrastro en realidad. Tiene dos hijos a los que no conozco, porque estos adultos tan responsables se casaron por sorpresa en Las Vegas, ya ves.
Tras él, aparecieron esos desconocidos que sabía que eran mis otros hermanastros, por las fotos que a veces ponía Lidia en su perfil de Insta. El hijo mayor tenía la cara de quien se cree más gracioso de lo que es, con las ideas al descubierto y barba de camionero. La chica marcaba una languidez de estar muerta en vida como quien no se asustaría si viera a Freddy Krueger acudir al funeral.
Lidia quiso presentarlos, y yo respondí con un bufido que sí.
Entendedme, ¿año y medio casados, y en el velatorio de la mujer de tu exmarido se te ocurre presentarnos? Ninguna en esa familia le rige la cabeza como es debido, ya os lo digo yo.
Y ahí estaba yo, dirigiendo sin dirigir. Con un padre que no ejercía como protector por el dolor y un novio huérfano que ni estaba ni se le esperaba.
¿Crees que me amilané? Para nada.
Mi padre dio tal salto que me asusté. Cualquiera hubiera dicho que se le apareció el fantasma de Irene, porque lo que me dijo parecía ficción.
—Irene me dijo que tenía dos hermanas.
—Bueno, pues avísalas. —Le contesté fatal, pero es que no pareció de recibo que empezara a enumerar a la gente que no vino.
—Irene no tenía su contacto.
Resoplé, maldije y hasta pataleé.
—¡Qué familia tan cariñosa! —preferí controlarme.
—¿Te puedo pedir que pongas una esquela en el periódico?
Yo flipé en colores con la sugerencia de mi padre.
—¿Una esquela?
—Un anuncio que se hace para anunciar la muerte de alguien. —Se creía que soy tonta.
—Sé lo que es una esquela, gracias. ¿Pero se sigue haciendo eso?
—Es lo único que se me ocurre para avisar a su familia.
Aunque he de admitir que sentirme útil era un soplo de aire fresco en ese ambiente tan cargado; el dilema era bastante fuerte. ¿Lo único que se le ocurre? Jon no era consciente de que su difunta esposa nunca habló de haber dejado familia atrás. Porque hubiera dicho algo a su hijo, aunque solo fuera de pasada.
Y hablando del hijo, Bruno estaba a punto de llamarme.
Aun así, se volvieron a acercar las arpías de mis tías. Porque fue justo en ese momento cuando llamó Bruno. Eran de un inoportuno de narices.
Preferí, obviamente, coger la llamada.
—Bruno, ¿cómo lo llevas? —Intenté ser lo más dulce posible, y me costó horrores.
—Yo creo que le he pillado el tranquillo a todo el barullo que tengo en la oficina montado, Sabri, pero me preocupa Jon, ¿sigue sin querer ir al fondo de la sala?
Respondí con un bufido.
—Entre el viudo y el huérfano, me estáis dejando todo a mí, ¡que lo sepas! —Intenté picarle.
—Mi chica es un titán. —Y ahí soltaba siempre su coquetería con ironía.
—¡Ja, ja!
—Intentaré agilizar los cuatro trabajos que quedan pendientes y voy, ¿contenta?
—Sí, bueno, no tardes. —Mis tías me presionaban con su presencia y colgué a Bruno.
—Cielo —Eva se acercó un poco más que Ana—, ¿estabas hablando con el huerfanito?
Intentaba sonar dulce, pero me pareció un tono burlón. Mi cara debió hablar por mí, porque justo antes de replicar a mi tía, saltó la otra.
—Eva, ¿no crees que te estás pasando?
—¿Pasándome yo? —se intentó cruzar de brazos, pero su volumen delantero se lo impedía—, ¿acaso es mentira?
Su hermana, que es mi madre, Lidia, apareció a mi espalda.
—Ya están mis mellizas favoritas a preguntar cosas que no les importan, ¿verdad?
—Muy bien, me voy a la oficina, os dejo juntitas a las supremas de Móstoles. —Me escabullí como pude antes de que empezaran a recriminarse prioridades y aficiones.
Las tres formaban un extraño grupo que, al verlas interactuar, te recordaba a las cantantes. Aunque estas estuvieran tirándose de los pelos de manera retórica, la compenetración hacía que dieran esa sensación.
Me acerqué al mostrador de la recepción y ahí estaba el empleado con aura de jardinero.
—Disculpe —intenté parecer lo más cordial posible desde mi postura—, ¿sabría decirme si el seguro de decesos de Irene Montenegro incluye las esquelas?
Os juro que puso cara de asco cuando se dio cuenta de que se tenía que levantar para mirarme a la cara. Cuando lo hizo, era algo más prepotente que dos segundos antes.
—¿Esquela? —preguntó.
Su cara no decía si era por estúpido o por millennial. Opté por lo segundo.
—Porque se sigue haciendo, ¿verdad?
Si su respuesta era negativa, a Jon le iba a dar un soponcio; si era positiva, ¿podrán dejarme redactarla?
—¿Qué es eso? —y lo preguntó alguien que trabaja en una funeraria, o al menos, en un cementerio.




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