No llores, mi Princesa

CAPITULO 8

ALESSANDRO

—¡Alessandro estás aquí! —grita Lee detrás de la puerta—. Hombre te vimos entrar allí. Abre la puerta—me advierte, y con prisa les abro.

Miro a Catalina con enojo, preguntándome cómo un ser tan frágil y hermoso puede causarme tanto resentimiento. No quiero lastimarla, lo juro, es solo que ella logra sacar lo peor de mí. Y hoy, justo este día, Catalina tuvo que desafiarme.
Me cuesta tanto recuperar la calma, de verdad lo intento, pero ella me atrae tanto que quisiera poder tomarla en mis brazos y besarla, ahora, con pasión. Y me niego, me niego a caer bajo su poder y su hechizo. Catalina sucumbirá a mis encantos, por las buenas o las malas, ella será mía. Sí, yo no pienso ir tras ella.
No más.

Durante toda la maldita semana, la busqué. Todos los días la llamé, varias veces, sin respuesta alguna. Ni siquiera para decirme que ella estaba bien. Aun así, tenía la esperanza de verla a la universidad, pero al llegar, sorpresa: nadie. Y me preocupé, cambié de estrategia enviándole mensajes a ver si ella me iba a contestar; pero solo me quedé con su glacial silencio. Todas mis llamadas, todos mis mensajes, ¿acaso lo que vivimos juntos no tuvo importancia? Pensé que habíamos conectado de alguna forma.
Y hoy, justo esta mañana, después de una noche de mierda, la vuelvo a ver para que ella me tiré toda su comida sin siquiera reconocerme. ¿En serio? ¿Tampoco reconocerme? ¡Maldita sea! ¿Cómo puede hacerme eso? Si yo no hubiera estado allí, ella estaría muerta... ¡y así me lo agradece! Porque en serio, ella tampoco logra conectar al motero con Alessandro, realmente es que no le importo en lo absoluto.

—Vamos, Alessandro, déjala, es una mocosa. Ni sé por qué te empeñas —me aconseja Lee, indiferente. Una mocosa, sí, él tiene razón; no vale la pena perder los estribos por ella. Poco a poco suelto su camisa, dejándola allí sin volverla a ver. 

—Sabes que exageraste, verdad —me dice Lee, tendiéndome mi mochila sin mirarme. 

—Metete en tus asuntos —digo, con mal genio. 

—O cambias de actitud o nos largamos —me amenaza Luca, frunciendo el ceño al abrir la puerta de la sala VIP.

Ambos lo seguimos y nos sentamos en nuestra mesa. Esa sala, es una bendición. 

—Tengo que admitir que tuviste una idea brillante, pedir esa sala al director… es un alivio—digo, cerrando los ojos relajándome.

—¡Lo dudas! Contigo y tu carácter era imposible pasar el año con ese motón de chiquillos alrededor —se ríe Luca, abriendo una botella de bebida energizante—. ¿Quieres? 

—Ni se te ocurra. A como anda, le va a dar un infarto si toma una sola gota...—advierte Lee, ojeando su libro de ciencias. 

—Por cierto, ¿qué pasa con ella? —pregunta Luca intrigado con los brazos cruzados sobre la mesa. 

—Nada —digo, con mal genio y tomo la bebida ofrecida. 

—Exageraste —insiste Luca. 

—Metense en sus asuntos —les advierto, tirando la botella en el cesto de basura al otro lado de la sala. 

—Creíste que ella iba a caer rendida ante el Gran Alessandro III, ¿verdad? —se burla Luca. 

—Ya la tengo controlada, dentro de poco ella sola vendrá a mí —digo con confianza.

Lee para de leer y me mira como si hubiera perdido la cabeza. —Pareces muy seguro de ti mismo —opina Lee, metiendo su nariz de nuevo en su lectura.

—Claro, hasta ahora ninguna me ha resistido —digo con una sonrisa.

—Será porque no dejaste a ninguna acercarse—corrige Luca con interés.

—Ninguna valía la pena de perder el tiempo, pero con Catalina es distinto.

—Y con eso lo resumiste todo —concluye Lee cerrando su libro en seco.

—¿Qué te pasa? —le digo, molesto.

—Nada, ¿podrías escoger una chica de nuestro año al menos? —dice Lee fastidiado.

—Yo no la escogí, mi padre lo hizo. Y ¿quién soy yo para contradecirlo?

—Toda esa situación te divierte —subraya Luca.

—Dejemos de hablar de ella —digo—, ¿qué haremos luego?

—¿Quieres decir esta noche? —pregunta Lee asombrado.

—Claro —digo, alzando los hombros.

—Tú nunca sales con nosotros de noche —acusa Luca, apuntándome con el dedo.

—Tengo mis motivos, pero si no quieren no hay problema...

—¿Vas a volver con nosotros al fin? —pregunta Lee acollarándome.

—Creo que es tiempo de dejar los viejos fantasmas... atrás —digo, girando mi anillo de compromiso sobre mi dedo pensativo.

—Ella lo hubiera querido así Alessandro y lo sabes —me alienta Lee, poniendo una mano sobre mi hombro.

—Vámonos a clases, ya es tiempo —digo, y recojo mis cosas.

Los tres nos adelantamos en los pasillos justo detrás de otro grupo. Los tres caminos en línea abarcando más de la mitad del pasillo. Todos se quitan a nuestro paso, como siempre, nada nuevo. Estamos tan acostumbrados que ni siquiera nos damos cuenta. Así son las reglas, nosotros no las hicimos, de hecho, los mismos estudiantes aplicaron esa regla, solos. Puede que sea por nuestra cohesión como grupo, después de todo, nos conocemos desde la infancia.
De pronto, me pregunto cómo pude ser tan egoísta y dejarlos todo ese tiempo a un lado. Lee tiene razón, tengo que seguir adelante, pero duele tanto que no sé cómo enfrentarlo. Perdido en mis pensamientos, vuelvo a la realidad cuando veo a Catalina caminar hacia nosotros.
Desde aquí, todavía puedo ver las marcas rojas en su cuello y me maldigo por ello. Quiero ir a verla y disculparme. Sin embargo, no quiero arrastrarme ante ella. Un abanico de opciones pasa por mi mente: podría pasar por ella y hacerle caer esos cuadernos “accidentalmente” para ayudarla a recogerlos; o darle mi jugo de naranja en mi mochila; o mejor aún, la hago caer y la recupero en mis brazos. Un sinfín de ideas pasan por mi mente y las rechazo una por una, sin lograr decidirme.
Por mientras, sigo caminando, y poco a poco nos acercamos a Catalina. Falta unos cuantos pasos de distancia. Con cuidado, la observo, en sus ojos puedo leer un dolor indescriptible. Curioso, sigo su mirada y sin dificultad alguna conecto su tristeza con la pareja adelante mío abrazándose. Y ahora entiendo por qué ella no me estaba prestando atención, porque esa mocosa está enamorada de él. Un sabor amargo invade mi boca. Mi estómago se contrae con fuerza; y la poca calma que logré juntar se desploma... Del enojo, decido pasar justo a la par de ella e ignorarla por completo. Es fácil y no sentiré nada.
Pero, durante este instante el tiempo se detiene, y cada uno de mis pasos golpean el piso como si los segundos fuesen horas. Yo solo quiero cruzar esta distancia lo más pronto posible y dejar a esta mocosa detrás de mí. No debería ser tan complicado pasar a la par suya, unos cuatro pasos a lo mucho, nada del otro mundo; si no fuese por el efluvio de su perfume a rosas con un toque de canela. Aprieto mis puños, reprimiendo las ganas de aplastarla contra los casilleros y apoderarme de sus delicados labios rosados. Sí, ella caerá ante mí por las buenas o las malas, juro.



TintaDorada

Editado: 27.01.2021

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