No me odies #5

Epílogo

Charles Caruso no había tenido ningún sueño sobre su niñez desde hacía mucho tiempo,  tanto era el tiempo que hacía que no se acordaba de los sueños que había tenido cuando era niño o adolescente. Pero este fue muy extraño. O al menos eso le pareció a él.

 

Todo empezó en una noche en la cual los adultos estaban despiertos durante la fiesta montada mientras los más pequeños estaban dormidos soñando con los angelitos. Menos uno que no se podía dormir y quiso bajar a ver qué ocurría. No era la primera vez que se celebraba una fiesta o esa era la sensación que tenía en su cuerpo. Había sorteado a su niñera, había escapado del dormitorio y estaba asomado en la puerta, observando cómo los mayores se lo pasaban bien entre risas y bailes. No sabía quiénes eran los anfitriones; si eran sus padres o no. No les ponía cara, pero podía escuchar sus voces o eso creía él. Había más invitados que eran desconocidos para él. Bellísimas damas, caballeros elegantes. Luces y colores por doquier.  Quiso entrar y adelantó un pie, saliendo de su escondite. Sin embargo, alguien le paró, o más bien algo. Como el sonido de un llanto. Echó la vista atrás solo vio en las escaleras, en lo alto y entre las sombras, una niña sentada, que tenía encogida las piernas y los brazos rodeados. Era muy pequeña. No la conocía de nada. Retrocedió y se acercó impulsado por querer saber qué le pasaba.

  —  Eh, ¿por qué lloras? Te van a escuchar — le dijo temiendo que alguno de los adultos se enfadaran por llorar. No le gustaba eso a los mayores. Llorar les hacía enfadar y mucho.

  La niña levantó su cara, las gafas retorcidas sobre la nariz, eran más grandes que su rostro.  

  — ¿Quién eres tú? — palmeteó con sus manitas los lagrimones —. No eres mi amigo.

— No lo soy  — era evidente; era la primera vez que la veía —. Pero te puedo ayudar.

— Me he perdido. Tenía sed; solo quería agua, pero cuando quería volver, todo estaba oscuro — las últimas palabras de la niña salieron como graznidos.

Lo entendía en esa casa no había muchas velas que iluminaban los pasillos. Hasta podría aparecer sombras tenebrosas. Cuadró los hombros y echó el temor a un lado.

Le tendió una mano que la pequeña desconfió. 

  — Confía en mí. Vivo aquí — o era mentira —. Dime dónde dormías y volverás a tu habitación.  

Aunque no lo conocía, fue valiente y confió en él. Lo malo era que no sabía realmente dónde estaba realmente la estancia donde ella dormía. Llegó una hora que estaban tan cansados de buscar que no pudieron más y se sentaron sobre el suelo y esperaron a ver si alguien los pudiese buscar y llevar a sus respectivas habitaciones. 

  — Lo siento; no te he llevado a tu habitación — dijo el niño decepcionado y triste por no haber cumplido con su promesa.

  — No importa — bostezó la niña, se apoyó en su hombro. Como no era demasiado alto, se podía apoyar y él pudo ver en su carita una expresión de tranquilidad —. No estoy sola; tengo a mi lado a un amigo.

Con esas palabras mágicas, él dejó la tristeza y se puso contento. Cerraron los dos los ojos y al día siguiente cuando se despertó en su cuarto; no había más niña en esa mañana.  

Abrió los ojos de repente y se irguió de la cama sobresaltado. Se llevó una palma en la frente que la tenía sudorosa; notó el movimiento y el ruido de sábanas a su lado.

 — ¿Estás bien? — la voz soñolienta de su esposa hizo darse cuenta de que la había despertado.

Giró sobre su cuerpo y volvió a tenderse. Llevaba los ojos desnudos; se había quitado las gafas antes de dormir. Respiró con más calma. Le acarició el rostro, los brazos, y la barriga abultada donde crecía su hijo u hija, ocasionando en la mujer que soltara de sus labios un suspiro.

 — He tenido un sueño — dijo con la voz ronca y pastosa; le tranquilizaba tocarla.

 — ¿Bueno o malo? —  se arrimó más a él, apoyando su cabeza en su pecho desnudo.

—   Malo no es — recordando los últimos vestigios de ese sueño tan extraño   —. Es la primera vez en mucho tiempo que he soñado sobre mi infancia. No sé si era real o inventado.

  — Mmmm. Entonces no  es una pesadilla... — bostezó y se arrebujó más en sus brazos lo que le permitía su barriga sin llegar a  notar la tensión del cuerpo del hombre.

Unos segundos después la tensión desapareció, mientras un calor especialmente cálido se extendía en el pecho de Charles y una sonrisa se esbozaba en sus labios. Su esposa se había dormido sin percatarse de que él sonreía sobre sus cabellos y la abrazaba fuertemente, dándose cuenta de que posiblemente el destino los había unido desde hacía mucho tiempo. Mucho antes de lo que ellos recordaban o podrían recordar.




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