No quiero solo un verano

15

*Isabela*

Apagué el celular no sin antes bloquear su número. Se me corrieron algunas lágrimas, me limpié antes que papá se diera cuenta. Verlo tan feliz al lado de Yolanda solo me estrujaba el corazón. Eduardo estaba sentado  a mi lado, casi todo el camino se la pasó mirando por la ventana, después de un rato me miró, trate de respirar hondo para no llorar. Tomando mi mano me mencionó que llegando a nuestro destino hablaríamos. Sé que no estoy sola en esto. Llegamos a nuestro destino pasando el medio día, el Parque Nacional Cerros de Amotape realmente es un lugar hermoso, lleno de vegetación y aire puro. Empezamos bajando la comida y los tapetes para almorzar. Yolanda todo el camino estuvo diciendo que había preparado unas delicias para nuestro paladar, así que después de acomodar todo para el campamento quedamos listos para probar sus manjares.

Aproveché ese instante para caminar, acamparíamos cerca de un rio, así que me alejé con el pretexto de refrescar mi cabeza. Necesitaba un tiempo a solas para llorar, mi corazón se estaba haciendo pedazos. Me senté al borde sin mojar mis pies y empecé a tirar piedritas en el agua. Respiré profundo pero esta vez dejé que mis lágrimas salieran mientras recordaba los mensajes estúpidos de Emmanuel. Eduardo se me acercó y me dio una botella, limpie rápidamente las lágrimas. Se sentó a mi lado y colocó una bolsa a un lado.

—Les dije que almorzaríamos aquí. Pruébala es chicha morada, la misma que tomaste en la playa ¡recuerdas! Solo que esta la preparó mi mamá, te encantará el sabor. — dijo abriendo su botella y bebiendo un poco. Se quedó un rato mirando al rio, cerró la botella y empezó a lanzar piedritas — ¿Porque estás triste?

— Terminé con Emmanuel — dije derramando lágrimas sin poder detenerlas.

— ¿Lo amabas mucho?

—No lo sé… creo que nunca me enamoré.

Me abrazó de costado, recosté mi cabeza en su hombro dejando salir toda la tristeza que llevaba dentro. Sus palabras de consuelo me estaban ayudando a sobrellevar la carga emocional que aprisionaba mi corazón.

—Me conformé con la realidad que los demás, me pintaban, “Se ven tan bien juntos”, “que linda pareja”, “son tan perfectos juntos” solían decir en la universalidad.

¿Tú vives de los demás? Disculpa que te lo diga pero si ese tipo te trataba mal, así los reyes de Inglaterra digan que se ven divinos juntos. Yo lo mando al diablo —sonrió.

—Gracias por hacerme sentir bien—Aparté mi cabeza de su hombro — ¿Y que traes ahí?

—La mejor comida que vas a probar. Arroz con pollo con papa a la huancaína — dijo emocionado abriendo la bolsa.

—Bueno el nombre suena prometedor —Sonreí.

En vano no presumió de la sazón de su madre, después de darme probar en la boca el arroz quede encantada con su sabor. Cuando me dio a probar la papa a la huancaína me manché la boca con la crema y Eduardo amablemente me limpió con una servilleta. El gesto me hizo estremecer, quizá porque pude ver de cerca sus ojos. ¡Dios! Esa mirada cuando se juntaba con su sonrisa se vuelve dinamita pura en mi corazón. No pude evitar suspirar.

— ¿Sabes? No debieras llorar por ese tipo, te mereces algo mucho mejor —dijo apartando el cabello de mi cara que el viento estaba alborotando.

—Con el tiempo todo se olvida, estaré bien—Dejé correr unas lágrimas.

—El tiempo lo cura todo, estoy seguro de que encontrarás a un chico que en verdad valore tu amor y tu compañía —Secó mis lágrimas —Cualquiera estaría feliz de tener a su lado a una chica como tú

Acarició mi mejilla y me hizo cerrar los ojos, se acercó rozando mis labios mientras sus manos tomaban mi cara. Mi corazón se estaba descontrolando, no debía siquiera pensar en la posibilidad de ese beso. Pero estar tan cerca sintiendo el roce de sus labios y su aliento acariciando mi cara, era demasiado. Me declaro culpable, fui débil, no pude más y lo besé, fui yo la que tomó la iniciativa, ya estaba resistiéndome demasiado. Lo besé lentamente en tanto sus labios se abrían correspondiendo mis besos, la pasión fue sofocándome y el deseo se hizo mayor mientras mis brazos lo envolvían y recorrían su espalda. Sus manos se aferraron a mi cuerpo y esos besos benditos me llevaron al cielo. Pero no era correcto, no debía suceder. Sufriendo lo aparte de mis labios. Su mirada se tatuó en mis ojos, intento besarme una vez más y lo aparte bruscamente.

—Lo siento. —Baje la mirada, girando ligeramente la cara.



Deysi Juarez (Dama de Hierro)

Editado: 05.10.2020

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