Ojos Rojos Libro Il : Vendetta

Capítulo VII "Un rastro de muerte"

“Soy Thomas Schechter y he venido a asesinarte”, esa frase daba vueltas en mi cabeza, no podía creer a quien tenía en frente ni lo que acababa de decir, Realmente el Tom, con el que estuve a punto de tener una vida en pareja, ¿Ahora buscaba asesinarme? No, eso no era posible, no podía ser verdad, el pecho me dolía y las lágrimas hacían un esfuerzo por no desbordarse.

—¿Tom?, ¿En verdad eres tú?

Con un gesto le pedí a Lamec que se tranquilizara, y comencé a caminar lentamente hacia aquel ser que se hacía llamar Thomas

—¡Me alegra mucho saber que estás vivo!, Cuando mi padre Dissaor me llevó y quedaste ahí tirado en medio de esa masacre yo...

—¿Tú padre Dissaor? —Me interrumpió —Llamas a ese monstruo, tu... ¿Padre?, ¡Despierta niña tonta!, ¡Edward van Euwen fue tu padre biológico, No un monstruo que te quitó la humanidad!

Tom se acercó hacia mí con una rapidez impresionante, a duras penas pude esquivar el cuchillazo que venía directo a mi corazón, sin embargo, la rapidez de Tom no era rival para la de Lamec, este en un pestañeo ya lo tenía tomado por el cabello y le jalaba la cabeza hacia atrás, para luego como el efecto de una palanca, dejarlo caer de cara al suelo y pisotear su nuca, enterrándolo más y más.

—¡Basta Lamec, detente! —Le suplicaba a mi hermano que se detuviera, pero este parecía no escucharme

—¡Nadie lastima a mi hermana! —gritaba mientras continuaba con su tortura, los ojos de Lamec se habían vuelto rojo fuego, era obvio que él también se encontraba bajo los efectos de una ira sin control

—¡Por favor, detente! —Imploré, quise acercarme a detenerlo, pero Naberius se interpuso en mi camino

—¡Vamos Pandora!, ¡Deja que esos dos destilen su rabia a golpes!, ¡No hay nada más delicioso que la ira acumulada fluyendo entre dos seres, hacia su propia autodestrucción!

—¡Sal de mi camino!

Le ordené al demonio, usando el anillo como amenaza, pero este no se inmutó, siguió interponiéndose en mi camino, mientras mi hermano y Tom peleaban mano a mano. Thomas usaba una espada de aspecto oriental y Lamec peleaba con su capa, convertida en metal. La diferencia de fuerzas era altamente notoria, Tom debía retroceder una y otra vez contra las estocadas certeras de mi hermano, sino hacía algo, Thomas terminaría siendo asesinado.

—¡Apártate!

Movida por la desesperación, mi fuerza aumentó de forma inconsciente, empujé a Naberius tan fuerte que, si este no se hubiera desvanecido en el momento justo, habría quedado como papel tapiz en el pasillo. Llegué en el momento justo, pues Lamec tenía a Tom acorralado contra una esquina del cuarto, sin escapatoria inmediata y su espada yacía en el suelo, lejos de su alcance.

—¡No! —grité a la par que me interponía entre ambos—¡Detente Lamec, este no eres tú!

—Ese bastardo, ¡Trató de asesinarte!, ¡Merece morir!

—¡No Lamec!, Regresa por favor...hermano

Lamec me miró confundido y bajó lentamente su capa, me acerqué a abrazarlo, al hacerlo pude sentir como su aura se calmaba por completo, sonreí de alegría al mirar hacia sus ojos y verlos de aquel bello dorado que me cautivaba, él me devolvió la sonrisa. Ninguno de los dos se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde, Tom se había levantado y llamado su espada, atravesando con ella a Lamec por el costado derecho, el filo atravesó por completo el cuerpo de mi hermano. Su expresión de dolor fue efímera, pues cayó inconsciente al cabo de unos segundos.

—¡Jamás le den la espalda a un enemigo! —gritó Tom mientras retiraba la filosa espada—Esta arma es especial para acabar con monstruos como ustedes, además de ser enormemente filosa, está grabada con encantamientos para producir mayor daño y envenenada para terminar de rematar a las criaturas cobardes que huyan, por su filo o por el veneno, mueren de todas formas.

—¿Cómo pudiste?, ¡El ya no te estaba atacando!

—¿Acaso volverte vampira te volvió imbécil Simone? —se mofó Thomas—Te lo dije, ¡Te asesinaré, a ti y a todos los de tu asquerosa estirpe!

Pese a estar fanfarroneando, el cuerpo de Tom parecía exhausto, y los múltiples cortes que había llegado a perpetrarle Lamec le estaban pasando factura, se notaba en su postura, estaba agotado.

En ese momento ambos pudimos sentir una enorme presencia, inconfundible para mí; en el cielo la luna y las estrellas se ocultaron, las paredes vibraron y el viento arreció. En medio de nosotros, apareció desde un portal Dissaor, el soberano de Aradia.

Si la ira de Tom era perceptible a lo lejos, la de nuestro padre era sin duda capaz de calar hasta los huesos, Thomas se dio cuenta de la diferencia abismal de poderes, pues, aunque antes ya se había encontrado con él, jamás lo hizo enfadado, aprovechó la primera oportunidad para escapar, desapareciendo entre las sombras. Mi padre simplemente miró con odio en la dirección que Tom huía, pero dándose media vuelta se dirigió hacia Lamec, lo tomó en sus brazos y sin mediar palabra alguna entró de regreso al túnel. Yo lo seguí detrás, no dijimos nada, solo regresamos a Aradia envueltos en un silencio sepulcral.

Al llegar a Aradia, Enoc ya nos aguardaba en una cámara especial, dentro de ella había un tubo de metal, conectado por unas cosas alargadas que desconocía hasta ese entonces, Dissaor abrió la compuerta del tubo y depositó ahí a Lamec, en el momento que la cerró un líquido rojo llenó por completo el interior, ahí quedó suspendido mi hermano, flotando en ese líquido desconocido. Miré a Enoc, quien se encontraba parado a un costado del tubo, intentó esbozar una sonrisa, pero al no poder, simplemente bajó la vista y se quedó de pie, vigilante.

“Tú y yo tenemos que hablar”

Era la voz de mi padre, comunicándose telepáticamente conmigo, así que lo seguí hacia fuera de la cámara, quedamos en un largo corredor, no había antorchas que iluminaran nada allí, solamente oscuridad y nada más que oscuridad.



Bernardette Lerrain

Editado: 25.07.2020

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