Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 40

_“Hay deudas que se cobran con la piel de los inocentes, porque para una mente rota, no hay justicia más dulce que ver arder lo que el enemigo más ama.”_

El despertar fue un proceso agónico, como si estuviera emergiendo de un pozo de brea espesa. Mis párpados pesaban toneladas, pero pronto comprendí que la oscuridad era artificial: una venda apretaba mis sienes, borrando el mundo. Lo que el tacto y el oído me devolvieron fue aterrador. Mis manos estaban entumecidas, atadas a la espalda con una cuerda que se enterraba en mis muñecas, y mis pies estaban anclados a las patas de una silla de metal fija al suelo. Una mordaza mordía las comisuras de mis labios, ahogando cualquier grito en mi garganta.

El aire era distinto. Ya no quedaba rastro del antiséptico del hospital, ahora olía a óxido viejo, a polvo acumulado y a un salitre tan intenso que podía sentir la humedad del agua cercana calándome los huesos. El chirrido metálico y frenético de ratas peleando entre los escombros terminó de confirmarlo: este lugar era una tumba olvidada.

—Espero que estés cómoda —una voz femenina, melódica pero cargada de una frialdad cortante, vibró en el aire. Se me heló la sangre. Conocía ese tono, esa cadencia, pero mi mente aturdida no lograba ponerle un rostro—. Quiero que entiendas, antes que nada, que esto no es personal. Al menos no contigo.

La oí reír, un sonido seco que rebotó en las paredes de hormigón.

—Digamos que eres un… daño colateral. Un medio para un fin. Sí, eso suena mucho más profesional.

Un chirrido estridente me sobresaltó, arrastraba una silla de metal por el suelo áspero, justo frente a mí. El roce del metal contra el cemento sonó como un grito. En ese momento, la bruma del cloroformo se disipó y mi instinto de supervivencia estalló en mil pedazos. Empecé a forcejear con una desesperación animal, sacudiendo los hombros y tensando las piernas, pero la silla ni siquiera vibró.

—No te molestes —se burló, y pude sentir su aliento cerca de mi rostro—. Estamos en una fábrica abandonada a kilómetros del centro. Nadie vendrá a jugar al héroe, Evelyn. De hecho, dudo que logren encontrarte antes de que sea tarde. Mi plan no incluye que salgas caminando de aquí. ¿Qué? No entiendo nada de lo que dices.

Mis intentos de hablar solo resultaban en gemidos lastimeros y distorsionados por la tela en mi boca.

—Espera, te sacaré eso. De todas formas, me encanta el sonido de los gritos que nadie escucha. Es… catártico.

Sentí el tirón brusco cuando me arrancó la mordaza. Abrí y cerré la mandíbula con dolor, sintiendo cómo los músculos de mi cara volvían a la vida. No lo pensé. Inspiré hondo y grité a pleno pulmón, un alarido de puro terror que se perdió en las vigas del techo. Ella solo respondió con una carcajada desquiciada.

—¡Ya te lo dije! —gritó, su voz subiendo de tono de forma errática—. ¡Nadie puede oírte! Pero es más divertido así. Aunque no te traje para que grites, no… te traje para que escuches. Quiero que entiendas exactamente por qué estás metida en este embrollo. ¿Por dónde debería empezar?

Oí sus pasos paseando a mi alrededor, rítmicos, lentos, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. En ese momento, una chispa de rabia —la misma que había sentido contra Graham en el auto— superó al miedo. Si iba a morir, no lo haría rogando.

—¿Qué te parece empezar por el puto principio? —la desafié, mi voz saliendo ronca y cargada de veneno—. Suele ser el mejor lugar para las historias de mierda como esta.

—¡Tienes toda la razón! —exclamó con un entusiasmo infantil que me causó más escalofríos que su amenaza de muerte.

Sentí su presencia justo frente a mí. Sus dedos, fríos como el mármol, acariciaron mi mejilla, recorriendo el contorno de mi cara antes de empezar a tamborilear sobre mi piel con un ritmo nervioso.

—¿Entonces eras tú? —pregunté, tratando de mantener la voz estable—. ¿Tú eras la que enviaba las notas, la que estaba tras las amenazas todo este tiempo?

—Vaya —soltó con un sarcasmo hiriente, retirando la mano bruscamente—. Al parecer, no eres tan tonta como creí. Rowan siempre tuvo un gusto… particular.

—Pero no lo entiendo —dije, moviendo la cabeza hacia donde creía que estaba su voz, luchando contra la ceguera de la venda—. Yo no salgo con Graham desde hace años. Él y yo terminamos. ¿Por qué hacerme esto a mí ahora?

Entonces, ella hizo algo que me detuvo el corazón. Comenzó a reírse. No era una risa de suficiencia o de maldad inteligente era una carcajada rota, histérica, la risa de alguien que ha cruzado el umbral de la cordura y no tiene intención de volver. El sonido llenó la habitación, mezclándose con el chillido de las ratas, envolviéndome en un terror absoluto.

—Tú… ¿realmente no lo entiendes, verdad? —Su voz se quebró en una risita histérica, un sonido agudo que arañó las paredes de mi mente—. Esto no tiene nada que ver contigo, Evelyn. Bueno, al menos no lo tenía al principio. Eres un accidente geográfico en un mapa de guerra.

—No lo comprendo —mi voz sonaba tan astillada como mi confianza. La confusión era una niebla espesa que el cloroformo no terminaba de disipar—. Dices que no tengo nada que ver, pero aquí estoy, atada como un animal mientras tú juegas a ser Dios. Tus acciones gritan lo que tus palabras intentan ocultar.

Ella chasqueó la lengua, un sonido seco y condescendiente, y empezó a tararear una canción infantil. La melodía dulce y macabra flotó en el aire viciado de la fábrica. En ese instante, lo supe con una certeza que me heló la sangre: no estaba ante una mente criminal brillante, sino ante alguien que había roto el último hilo de su cordura hace mucho tiempo y eso era más peligroso que la primera opción.

—Es curioso cómo terminaste aquí —dijo, interrumpiendo su tarareo—. En realidad, tú no eras mi objetivo, lo juro por lo más sagrado. Yo solo iba tras los hermanos Sinclair, quería verlos arder lentamente. Pero entonces apareciste tú en escena y… —Hizo una pausa dramática, acercándose tanto que pude oler el rastro del hospital en su ropa—. Al parecer, ambos tienen una debilidad patética por ti. Te convertiste en el cebo perfecto.




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