_“Dieciséis años después, el asfalto vuelve a oler a tragedia y lluvia, pero esta vez no soy un niño indefenso: soy un hombre que no va a permitir que la muerte repita su historia, aunque tenga que quemar el mundo entero para rescatar a Eve de las cenizas.”_
Rowan.
En cuanto crucé el umbral del consultorio de la doctora Anderson, mi único objetivo era llegar a Eve, rodearla con mis brazos y asegurarme de que el ritmo de su corazón fuera tan constante como el mío. Pero Ellis tiene un talento sobrenatural para rastrearme, o quizás simplemente huele el caos, porque ya estaba allí, plantada en la sala de espera junto a una Maya completamente desencajada.
—¿Cómo demonios llegaron tan rápido? —solté, deteniéndome en seco. Mis sentidos seguían en alerta máxima—. ¿Y cómo supieron que estábamos en este hospital?
—Porque te puse un chip de rastreo en el culo y ahora te sigo por GPS, imbécil —escupió Ellis. Tenía las mejillas encendidas y los ojos echando chispasera obvio que no me perdonaba haberle colgado el teléfono como si fuera un vendedor de seguros—. ¿Dónde está Eve?
—Podrías empezar por disculparte por el vocabulario —le dije con una media sonrisa amarga, tratando de relajar la tensión de mis hombros—. Hay niños presentes, o al menos gente con más modales que tú.
—Sí, lo que digas, lo siento si te ofendí, “señorito modales”. ¿Dónde está ella? —Su impaciencia era un veneno contagioso. Ellis no preguntaba por cortesía, ella preguntaba porque sentía que algo se estaba rompiendo.
—Tranquila. Eve está con una enfermera —respondí, caminando hacia el mostrador de recepción—. La van a dejar en observación. Hablé con la doctora Anderson y lo mejor es que pase la noche aquí, bajo vigilancia. Estará más segura entre estas paredes que en cualquier otro lugar. O eso quiero creer.
—¿Pero está bien? ¿Seguro? —La voz de Maya era un hilo a punto de cortarse. Tenía el rímel corrido trazando caminos negros por sus mejillas y los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos.
—Sí, Maya. Está fuera de peligro —dije, y solo al pronunciar esas palabras sentí cómo una losa de cemento se levantaba de mi propio pecho. Necesitaba oírme decir eso para no volverme loco.
—¡Gracias a Dios que estabas con ella, Rowan! —Maya se tapó la boca con una mano, sollozando de puro alivio—. No entiendo cómo se descuidó tanto, ella siempre es tan cuidadosa con lo que come…
—Te lo explicaré todo luego. A las dos —añadí, sintiendo la mirada de rayos X de Ellis perforándome la nuca—. Ahora busquemos su habitación. Le hará bien ver caras conocidas y hablar con ustedes.
—¡Eso dalo por hecho! —refunfuñó Ellis, todavía masticando su orgullo herido.
Me acerqué al mostrador. La recepcionista, una morena llamada Lizz que parecía demasiado alegre para un lugar donde la gente viene a sufrir, me reconoció al instante. Sus ojos brillaron con un interés que, en cualquier otro momento, me habría resultado halagador. Ahora, solo era una distracción.
—Hola de nuevo, Lizz —le dije, forzando un tono cordial—. Busco la habitación de mi novia, Evelyn Winslow. La doctora Anderson acaba de autorizar su ingreso.
—¡Claro, señor Sinclair! Imposible olvidar un rostro como el suyo —me lanzó una sonrisa coqueta que Ellis fulminó con la mirada—. Y tampoco se me olvida su novia. Iba vestida de una forma… muy interesante.
Se rio con complicidad, recordando que Eve solo llevaba mi camisa de lino. Yo también sonreí, un destello de posesión y ternura cruzando mi mente.
—¿A qué se refiere con eso de “interesante”? —saltó Ellis, con la sospecha pintada en la cara.
—Luego te cuento, Ellis —le pedí con la mirada que dejara de intimidar a la chica. Ella resopló y puso los ojos en blanco, cruzándose de brazos.
—“Luego te cuento”, “luego te explico”… vas a necesitar una enciclopedia para todas tus explicaciones, Rowan —masculló.
De repente, la expresión de Lizz cambió. Sus dedos se detuvieron sobre el teclado y el brillo de sus ojos se apagó, reemplazado por una confusión profesional que me hizo dar un vuelco al corazón.
—Qué extraño… —susurró.
—¿Qué pasa? —pregunté. El ceño se me frunció instintivamente al ver que otra enfermera, Nataly, se acercaba a mirar la pantalla. Ambas compartieron una mirada que no me gustó nada. Ni un poco.
—Bueno, aquí está la orden de la doctora Anderson —explicó Lizz, titubeando—. Y figura que la paciente ya fue escoltada por una enfermera hacia el pabellón de observación…
—Sí, yo mismo la vi irse con ella —dije, sintiendo cómo un nudo frío comenzaba a enroscarse en mis entrañas, apretando mis pulmones.
—El problema es que el sistema dice que la enfermera que firmó el traslado es Anna —intervino Nataly, con la voz temblorosa—… pero Anna no vino a trabajar hoy. Pidió el día por enfermedad.
El mundo pareció detenerse. El ruido de las máquinas, las voces de fondo, todo se volvió un zumbido lejano. El nudo en mi estómago se convirtió en un ancla de plomo.
—Lizz, verifica las cámaras. Ahora —ordenó Nataly.
—¿Si no fue Anna, quién carajos se llevó a Evelyn? —pregunté. Mi voz ya no era cordial. Era un rugido bajo, peligroso. Sentí la adrenalina inyectarse en mi sangre como fuego, la misma desesperación de hace una hora, pero esta vez teñida de una furia asesina—. ¡Contéstenme! ¿Quién tiene a mi novia?
—Lo siento mucho, señor Sinclair, estamos revisando las grabaciones ahora mismo… —respondió Lizz, con los dedos volando sobre las teclas.
Me apoyé en el mostrador, sintiendo que el aire volvía a faltarme. La camisa de lino. Ella no tenía nada más. No tenía su teléfono, no tenía defensa, solo tenía mi ropa y la falsa promesa de que aquí estaría a salvo. La había dejado marchar. Había soltado su mano.
Y alguien, alguien que conocía el sistema, que conocía los nombres y los turnos, la había estado esperando en la boca del lobo.
#204 en Novela romántica
#88 en Novela contemporánea
enemistolover, romance hermanos discordia secretos, drama amor celos intrigas mentiras
Editado: 25.04.2026