El vendaje le ajustaba más de lo que debería.
No era dolor lo que molestaba, sino la sensación de límite. Una presión constante alrededor del hombro que le recordaba, a cada pequeño movimiento, que esa vez no podía ignorar el cuerpo como hacía siempre. Damián bajó la mirada hacia su hombro mientras el fisioterapeuta terminaba de asegurar la venda, dando un último tirón que dejó claro que no había espacio para discusiones.
—No es grave —dijo el hombre, incorporándose con calma—, pero debiste haber acudido a mí tan pronto como te golpeaste.
No pudo discutirle. Tenía la razón y, por lo tanto, no podía enojarse o rechistar. Pero debió de haberlo hecho, acudido al fisioterapeuta en su momento, porque recibió varios golpes, el primero de Theodore y luego Iván…
—Si lo fuerzas hoy, puede convertirse en algo serio, ¿entendido?
Damián alzó los ojos hacia el hombre calvo con hombros anchos y uniforme azul de médico. Damián apoyó las manos sobre la banca, inclinándose apenas hacia adelante, como si el gesto le permitiera negociar con la idea.
—Puedo jugar, en serio, no duele —respondió, sin demasiado énfasis, pero tampoco sin convicción.
El fisioterapeuta soltó una pequeña exhalación, de esas que no buscan confrontar, pero tampoco ceder.
—Claro que puedes —admitió—. Y también puedes empeorarlo, la decisión es tuya.
No añadió nada más, no hacía falta, porque ya conocía a los jugadores de Hockey. Les encantaba estar sobre la pista y creían que sus cuerpos eran de bronce, por ello era bueno recordarles que eran humanos.
Damián apretó la mandíbula un segundo antes de dejarse caer hacia atrás, apoyando la espalda contra el metal frío del casillero. El ruido del vestuario seguía su curso habitual: palos contra el suelo, cierres metálicos, conversaciones a medio tono, pero esa vez le resultaba ajeno, como si estuviera un paso por fuera de todo.
—Hoy te quedas fuera y en la noche necesitarás compresas, ¿entendido?
La voz de Marshall no llegó fuerte, pero sí clara. Damián levantó la mirada con las cejas arqueadas.
—Estoy bien.
—No te pregunté.
El entrenador lo sostuvo con una mirada breve, suficiente para cerrar cualquier intento de discusión antes de que empezara.
—Necesito jugadores que terminen el partido —añadió—, no héroes a medio tiempo que abandonen el campo antes de asegurar la victoria.
La frase no fue dura, pero sí determinante. Damián no respondió, solo pudo asentir una vez, corto, y a regañadientes.
Desde el otro lado del vestuario, Theodore había estado observando, mas no intervino. Todavía así, no apartaba la mirada del todo. Y ese detalle, mínimo, no pasó desapercibido por Damián, quien también lo buscó con los ojos un par de veces.
El estadio tenía un ritmo distinto cuando uno no estaba dentro. Lo descubrió en cuanto se sentó en la banca, con el palo apoyado a su lado y la pierna derecha extendida y la espalda apoyada, como si todavía intentara convencer al cuerpo de que podía moverse con normalidad. El hielo se veía más amplio desde allí, más limpio, y el sonido de las cuchillas cortándolo llegaba con una claridad exagerada, sin el filtro de la acción directa.
Clark fue el primero en acercarse, inclinándose apenas hacia él mientras ajustaba sus guantes.
—No te acostumbres —murmuró—. Se ve raro.
Damián alzó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Tú, quieto. Te la pasas saltando por toda la pista como un mono con pulgas.
La respuesta le arrancó una leve sonrisa, breve, pero suficiente para romper la rigidez inicial.
—Disfrútalo —añadió—. No pasará seguido.
Clark soltó una risa baja antes de alejarse, dejándolo otra vez con el ruido del hielo como único acompañamiento constante. El partido de práctica comenzó poco después.
El disco cayó y el ritmo se impuso, provocando un retorcijón en las tripas de Damián.
Al principio, observó como siempre había observado: buscando fallos, midiendo espacios, anticipando jugadas como si aún estuviera dentro. Su mirada seguía el disco con precisión, moviéndose de un jugador a otro, evaluando decisiones, ajustando mentalmente lo que habría hecho en cada situación.
Era automático, natural como respirar… hasta que simplemente dejó de serlo.
Theodore tomó el control en una transición rápida, recuperando el disco cerca de la línea azul con un movimiento limpio que no necesitó esfuerzo visible. No había prisa en su forma de avanzar, pero tampoco lentitud; era ese equilibrio extraño que solo se ve cuando alguien sabe exactamente qué está haciendo antes de hacerlo.
Damián frunció apenas el ceño; había visto esa escena antes, pero no desde fuera. Theodore no buscó el pase inmediato. Se desplazó lateralmente, obligando a la defensa a abrirse, generando un espacio que no estaba ahí un segundo antes. Cuando finalmente soltó el disco, lo hizo en un ángulo que no era el más obvio, pero sí el más efectivo.
El compañero que recibió apenas tuvo que ajustarse.