Prohibido el amor

Capítulo 4

Cuando llegué a mi apartamento, me puse manos a la obra, no había tiempo que perder. Tenía que darle una lección a Esteban.

Mientras el chorro de agua bajaba por mi cuerpo, repasaba parte del plan, esperaba que no hubiera ningún tipo de error. Había estado buscando por media hora, una vestimenta que se asemejara a la de un agente secreto ¡Quería verme cool! ¿Qué fue lo que encontré? ¡Ropa deportiva y de un negro desteñido! Por lo menos me quedaba presentable; fui a por unos tenis del mismo color, una gorra y unos guantes de cuero—Me vino muy bien que los dejará Riordan—.

Busqué la tula y metí lo poco que necesitaba. En realidad, no era de las que se la pasaba planeando, era más de vivir el momento, de improvisar, pero nunca venía mal un pequeño cambio cuando se ameritaba.

Aproveche que pase por un Juan Valdez y me compré un nevado de café—Aunque, como siempre, estaba muy indecisa ¡También quería una malteada de café! —. En realidad no llevaba la gorra, ni los guantes y mucho menos una gafas que había decidido traer después. Así que me pude evitar las miradas extrañas y la posible llamada a la policía.

Ya eran pasadas las siete y media, iba bien de tiempo y estaba muy emocionada por ver el resultado, si todo salía bien, claro. Más le valía al vigilante que me haya dado una información veraz.

A esa hora, sólo pude coger el que supuse y era el último autobús; el problema era que, no era la ruta que necesitaba y ese, me dejaba como a unas cinco o seis cuadras más o menos, sigo espero que no haya sacado mal la cuenta y no sea más que eso. En el autobús sólo había unas cuantas personas que salían del trabajo y yo, como una completa loca, iba a realizar una misión... iba en busca de una pequeña venganza.

Me había sentado cerca de la ventanilla y me quede pensando que a esa hora ya debería de estar en los brazos de Morfeo, mientras observaba las casas y los edificios que, en su mayoría, se encontraban con las luces encendidas y unos que otros vehículos que circulaban por la calle.

No voy a negar que, me había entretenido con el cajero del local y, sin mucho esfuerzo, había conseguido su número; su turno estaba por terminar y me estaba tentando a tirar la misión por la borda e ir a su apartamento ¡Primero lo primero! ¡Concéntrate!

Mire la hora en mi móvil y daban las ocho y cuarenta; tampoco me convenía ponerlo en práctica tan temprano.

Me había bajado en una parada de autobús; la calle iba mayormente concurrida por jóvenes borrachos que no quitaban su mirada de mis curvas. Caminé hasta llegar a mi destino sin detenerme, antes de la media noche, Esteban iba a estar a mi merced.

Sabía que Rafa me iba a dar guerra así que opté por sacar a la luz lo buena que era en la actuación.

Me había acercado sollozando; él se encontraba adentro, cerca de la entrada que, muy bien podía verme llegar. Tenía un brazo apoyado en el escritorio y en está su cabeza, cuando la alza, se sorprende al verme un estado tan lamentable.

— ¿Qué le ha pasado, señorita? — Dice con cara de preocupación.

— Rafita—, dije sorbiendome la nariz— No tenía ningún otro lugar al que ir—Dije tratando de que fuera entendible en medio del llanto.

— Espere un momento, voy a llamar a la policía.

— No, Rafa— había alzado un poco la voz— Tengo miedo… por favor, no lo hagas — hice una breve pausa mientras me secaba las lágrimas —. Sólo necesito a alguien con quien conversar.

— Pero…

—¿Me dejas pasar, Rafita? —Mis ojos se volvían a llenar de lágrimas—Hace frío.

— Esta bien, pero deje de llorar.

La parte de adentro de la entrada se encontraba cubierta con un reja así que la única forma de llegar al interior  era por la salida de emergencia y, con ayuda del vigilante, claro; era la que menos tenía seguridad.

Cuando estuve dentro, me lancé sobre él y comencé a llorar mientras me acariciaba el pelo.

Me llevó hacia una mesita y trajo una taza de café.

—¿Ya se siente un poco mejor? —Dice sentándose al frente mío.

Asiento. Tomo un sorbo de café.

—Mi pareja ha estado actuando muy raro últimamente —Dije negando fuertemente con la cabeza—Se ha estado juntando con unos amigos que son adictos a las apuestas y, siempre llega borracho al apartamento—Hago una pausa — en estos últimos días me ha estado obligando, a punto llegar a los golpes, para que le de dinero y seguir apostando.

—Desgraciado…

—Ya no lo soporto más, Rafa. Tengo miedo de que me mate a golpes—. Vuelvo a tomar un sorbo del café —él cuando está borracho… me da miedo.

—Señorita, pero no puede dejar que se siga saliendo con las suyas—dice tomándome de las manos—tenemos que actuar lo antes posible. Parece una persona peligrosa, tiene ir a la policía.

—No, Rafita. Su padre es un hombre de contactos y sólo no quiero empeorar las cosas… voy a dejarlo, pero necesito tiempo y mucho apoyo.



Laury M. S.

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En el texto hay: desamor, desafios, amor en el trabajo

Editado: 10.02.2019

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