Retorno al olvido

27. Ocultos

|| ᴇɴᴛʀᴇ ʀᴀʀᴇᴢᴀs

—Hon —un murmullo me despierta.

Siento un beso en la mejilla después, insistente. Abro los ojos y me encuentro con una mirada adormilada de Rey, no obstante, es persistente.

—Hola —murmuro volviendo a cerrar los ojos, cambio de posición. Quedo boca arriba, hago un mohín cuando lo escucho removerse en la cama y sé, que ya es hora de levantarse.

—Hoy salen los niños camino a la sede del Sur, quizá en unas horas se marchan —informa —, tenemos que salir a ayudar.

Ayudar.

Básicamente yo volvería a la enfermería para atender a todos aquellos que seguían llegando a la casa, a pesar de que ya hayan pasado algunas semanas desde que nuestro grupo puso un pie aquí, todavía hay algunos que no lo han hecho o no se han reportado, es estresante porque a pesar de que me alegro que hay más sobrevivientes de los que se pensaba, estos también están muy heridos y necesitan ayuda de la cual no siempre podíamos brindar.  

Ninguno de nosotros es un experto en medicina, solo algunos sobrevivieron; nos falta personal.

—Sí —suelto un suspiro cansado, algunas veces desearía tener más tiempo para descansar, mucho tiempo. Lo percibo levantarse de la cama y gruño cuando me incita a hacer lo mismo tirando de mi mano. Suelta una risa y ruedo los ojos, le lanzo una mueca y una vez sobre mis pies camino hasta el armario.

Agarro un cambio de ropa y una toalla, voy hasta la puerta para tomar un baño; al poco tiempo Rey me sigue de cerca por el pasillo, antes de separar nuestro camino, deja un beso en mi frente y camina a su habitación anunciando en un murmullo que después nos veríamos.  En el momento en que estoy lista, paso por donde sé deben de estar los autos y donde seguro hay un caos por las despedidas y el temor a la separación. Aunque yo no lo hago saber, sí que estoy preocupada por Rowan, a pesar de que soy consciente que lo más probable es que se encuentre mejor lejos de nosotros, en una sede protegida.

Menos expuesto. 

Sigo mi camino, pero me sorprendo cuando uno de los chicos detiene mi camino y me indica que Maurice quiere hablar conmigo. Hago una mueca de camino, Ashley se desquitaría conmigo por tardarme y los último días había evitado al jefe porque actúa extraño. 

No digo que no sea por los sucesos, por la pérdida de su sede, por la muerte de su compañera. Nada de eso fue culpa de Maurice, no obstante, la vibra nerviosa, culpable y molesta solo me incomoda y pone mis sentidos alerta.

—¿Qué pasa? —pregunto extrañada, cruzo mis brazos sobre mi pecho y echo una mirada a lo que ahora es su oficina. Es pequeña, pero hay suficiente espacio para una mesa y silla. 

Un teléfono que con normalidad no pararía de sonar, está posado a un costado de esta y su arma negra está en el otro extremo. Maurice está sobre la silla, inclinado hacie el frente, sus manos sostienen su cabeza mientras sus codos aguantan todo su peso sobre la mesa.

El buen día se vislumbra a través de los grandes ventanales que conduce al exterior, las paredes son de un gris claro, hay cortinas beige y el suelo parece ser de mármol oscuro.

—¿Qué? —pregunta y alza la mirada, disperso. Me acerco; me inclino sobre él y entrecierro los ojos. 

Echo una mirada tras de mí, hacia la puerta y una vez me aseguro que nadie pueda escuchar. Mascullo entre dientes, bajito:

—¿Estás borracho? —Maurice parpadea y frunce el ceño.

—No.

Aprieto los dientes porque no le creo nada, lo conozco lo suficiente y si él está tomando ahora, no puede ser buena señal.

—¿Qué te pasa, Maurice?  —gruño.

No quiero que se sienta culpable por lo ocurrido, pero nada podía hacer mas que intentar convencerlo y aún así, no es pretexto para perderse y descuidar su cargo. Me importa que él esté —al igual que todos —, con ganas de seguir adelante. 

No me gusta que ahora que Mónica no está, tenga toda esta carga sobre sus hombros, no es saludable y, a pesar de que Rey y Dan le ayudan, no es lo mismo, no para él.

—¿De qué hablas? —pregunta recargando su espalda en una de las sillas y me mira expectante, me pone los pelos de punta y no sé por qué. Suelto un suspiro derrotado, esquivo la mesa que nos separa y me agacho hasta quedar a su altura, el olor a alcohol me inunda, no obstante, no me alejo.

Pongo mi mano sobre su hombro y doy un apretón a su brazo, en un intento de transmitirle el consuelo que sé, lo más probable es que ignore.

—Sé que las cosas están jodidas, sé que va ser díficil recuperarnos, pero por favor no te rindas. Si te sientes mal, habla conmigo,  con Reymund, con quien tú quieras —suplico en un murmullo; aunque yo no quiero recordarlo tal vez le haga bien a él, así que digo —: Papá.... papá decía que no es bueno guardarse las cosas.

Maurice que me había estado viendo todo este tiempo, desvía la mirada. Alcanzo a vislumbrar el atisbo de culpabilidad y mi gesto preocupado aumenta.

—¿Eso decía? —pregunta y noto cierto tono de incredulidad. Lo entiendo, papá se guardaba muchas cosas para él.

Hago una mueca.

—Maurice.

El talla su rostro con una mano, para dejar todo rastro de cansancio, su mirada todavía se ve aturdida y lo ignoro por él. Maurice se aleja de mi agarre y se acomoda en su asiento.

—Estoy bien, Honor —dice —, las cosas van a arreglarse pronto.

Con un suspiro, dejo caer mi mano y agacho la mirada.

—Claro —no dice nada, doy varios pasos atrás —, ¿por qué me llamabas?

Se levanta con tanta lentitud que parece que carga un peso enorme sobre sus hombros, se para frente a mí y me mira directo a los ojos. Aprieto los labios. 

—Necesito que me hagas un favor. 

Asiento con quietud y lo observo intrigada. 

—Vale, ¿qué pasa? —pregunto. No cuestiono por qué no ha pedido ayuda a Rey o a Dan, en su lugar me centro en lo que me pide.



Jana Lass

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En el texto hay: cienciaficcion, reencarnación, guerra y amor

Editado: 28.07.2020

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