Reveses de la vida

20. Alarmantes confesiones

Maratón: 1/4

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Una mujer es como la buena literatura, al alcance de todos pero incompresible para los estúpidos        

Una mujer es como la buena literatura, al alcance de todos pero incompresible para los estúpidos.

—Gabriel García Márquez

«¿Esta segunda oportunidad?» Margarita no sabía a qué se podía referir exactamente Andrew; no obstante, el final de esta nota, esa palabra en específico, la había dejado con una sensación pesada en el pecho y al mismo tiempo le había provocado con...        

«¿Esta segunda oportunidad?» Margarita no sabía a qué se podía referir exactamente Andrew; no obstante, el final de esta nota, esa palabra en específico, la había dejado con una sensación pesada en el pecho y al mismo tiempo le había provocado congoja. Porque ahora, definitivamente, sus vidas se estaban distanciando y entre ellos jamás existiría algo. Y dolía, porque si antes había estado abierta a un mundo de posibilidades, justo ahora, estas se habían reducido exponencialmente y porque, además, ya no había ninguna que los contemplara a ellos dos: juntos.

Releyó la nota un par de veces más; asimismo, le dio vuelta a la misma con el propósito de revisar si había algo más al reverso, pero más allá de platillos y números no existía alguna otra cosa... A menos que la fecha de emisión de la factura y el nombre del restaurante le dijera algo más. Y sí lo hizo. Porque se dio cuenta que esa era la cuenta de la primera vez que salieron juntos. Andrew había guardado todo este tiempo la factura de la cena a la que él la invitó y donde todo comenzó.

Sus ojos se anegaron y de inmediato su pecho se vio colmado de tanta añoranza, de frustración y de desesperación. Y no era para menos, pues se dio cuenta de que él —como tanta veces se lo dijo su amiga y Maggie tantas veces se lo negó—, sí le gustaba. Andrew le gustaba mucho y ahora tenía que hablar con él, contarle que estaba embarazada e implícitamente dejarle claro que lo suyo estaba finiquitado mucho antes de haber comenzado. Se dio cuenta también que tendría que romperle el corazón al único hombre que se había preocupado y enamorado verdaderamente de ella.

Margarita se quedó en casa de su amiga; le habían dado tres días de incapacidad, para que reposara y sus emociones regresaran a la normalidad. Almorzaron juntas y durante las próximas horas se privó de revisar su teléfono por miedo a lo que podía encontrar: mensajes de sus padres y Matías, así como, alguno de Andrew.

Se sintió miserable por estar evitando deliberadamente a este último, ¿pero qué podría hacer?, ¿contarle que estaba embarazada y perderlo para siempre? Y no se refería a perder su amistad, porque ella sabía que Andrew permanecería a su lado de cualquier manera, lo que la llenó de tristeza fue darse cuenta de que ella jamás podría entablar una relación con él. Porque, ¿qué hombre aceptaría a una mujer que espera el hijo de otro? Tal cosa Margarita la creyó irrisoria e imposible.

Cuando la hora de ir a dormir llegó y ella se encerró en la habitación de invitados; se armó de valor y tomó su celular, se fue directo a un contacto y marcó un número. De inmediato le respondieron.

—Te veo mañana en casa de Melissa, a las cuatro de la tarde. Necesitamos hablar...

De acuerdo, con gusto estaré a esa hora. Qué descanses y cuídate mucho...

Al día siguiente, antes de la hora pactada, a Margarita le entró una llamada telefónica y a la cual se vio tentada en responder pero el miedo pudo más. Pronto la pantalla se apagó y la luz de las notificaciones alertaba que tenía una llamada perdida de Andrew G. Cerró los ojos y soltó un suspiro apesadumbrando y se prometió que, independientemente lo que pasara esa tarde, ella lo buscaría ese día. Seguido, llevó la mano a su vientre que hasta ese momento percibió que comenzaba a abultarse.



Therinne

Editado: 22.05.2020

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