Reveses de la vida

12. Tomar las riendas

Shot down - Khalid

Shot down - Khalid

No hables a menos que puedas mejorar el silencio        

No hables a menos que puedas mejorar el silencio. 
—Jorge Luis Borges

Cuando sintió que su cuerpo comenzaba a relajarse y que el llanto ya había disminuido considerable —e imprimiendo gran parte de su fuerza de voluntad—, la alejó apenas un poco        

Cuando sintió que su cuerpo comenzaba a relajarse y que el llanto ya había disminuido considerable —e imprimiendo gran parte de su fuerza de voluntad—, la alejó apenas un poco. Miró con atención su rostro, su nariz enrojecida y sus ojos humedecidos, se sumergió en la tristeza que su expresión revelaba y deseó con todas sus fuerzas borrar toda la congoja que la estaba consumiendo.

Posó ambas manos en sus mejillas y con los pulgares limpió los rastros del llanto. Se inclinó otro poco, con la intención de quedar a la misma altura que Maggie y hacerle saber que él estaba ahí, para ella y que no la dejaría jamás —si es que jamás puede llegar a ser una palabra real.

—¿Quiere hablar de lo que pasó? —Ella negó en respuesta—. Okay, ¿le gustaría salir a distraerse un rato o prefiere que veamos una película aquí? —Y Andrew rogó para sí mismo para que ella le permitiera entrar.

Margarita chasqueó la lengua, en esos momentos no se consideraba una buena compañía y estaba segura de que Andrew tendría mejores cosas que hacer, que quedarse a consolarla.

—Estaré bien, gracias —dijo, dando un paso hacia atrás y obligando a Andrew que la soltara. Y solo Dios sabe cuánto le costó a él dejarla.

Hundió sus hombros un poco gracias a la decepción, luego echó un vistazo a la puerta que estaba a unos cuantos metros de distancia, seguido de que escuchaba como sus ilusiones se hacían trizas porque comprobó que ella, por más intentos que él hiciera, no lo dejaría entrar. Se sintió frustrado, porque Andrew tenía las mejores intenciones para con ella, ¿pero cómo obligar a alguien a que acepte dichas atenciones si esta se niega a hacerlo? No se puede.

—Entiendo, entonces lo mejor será que me vaya... —murmuró él, sonriendo de lado y tratando de ocultar la impotencia y lo difícil que le estaba resultando dejarla en esas circunstancias. Porque si se lo hubiesen preguntado, él jamás la habría querido dejar sola.

Porque para él el jamás, cuando se trataba de ella, sí existía.

Sin embargo, mientras Andrew se dirigía a la salida algo en el interior de Maggie se removió con rudeza, ya que revivió el miedo que salió a flote momentos atrás. Recordó que aceptar la propuesta de su madre y regresar a la esclavitud no solo iba a tener la implicación de abandonar su nuevo estilo de vida, sino, y sobre todas las cosas, estaba el hecho de que Andrew iba a salir de su vida, justo como ahora estaba por suceder.

A menos, eso sí, que ella hiciera algo al respecto.

Como tomar las riendas de su vida completamente, por ejemplo.

—Andrew, espere... —pidió Maggie, enviando señales a su pies y estos rápidamente se acercaron hasta el aludido, deteniéndolo del antebrazo justo antes de que atravesara el umbral. Se giró apenas unos cuarenta y cinco grados, la miró con el ceño levemente fruncido sumado un brillo de expectación en la mirada. Ella tragó grueso, sintió como su vientre se apretaba y un cosquilleo se extendía por todo su ser, explayándose como enredaderas de botones de flores—. No quise ser grosera hace un momento, de verdad.

—No, no, yo sé que no, que solo quiere...

—Ya he estado mucho tiempo sola —dijo, interrumpiéndolo. Sonrió de lado, porque lo que acababa de decirle era cierto y proque ya no quería seguir sola—. Y sí de verdad no se vio ofendido con mi falta de cortesía, me encantaría que se quedara a cenar...




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