Rojo - Saga Dioses del Cubo 2

I. Leona rebelde

—¿Qué hiciste esta vez, Violett? —exclamó Lia levantando las manos en un gesto de fastidio. La muchacha le esbozó una sonrisa sin emoción. Tenía sangre en la nariz y el cabello ondulado y rojo más encrespado de lo normal. Su ropa tenía marcas de arañazos y tirones, como si la pelea hubiera sido contra un animal salvaje.

Eran ya incontables veces que Lia Byriam iba a buscar a su hija a la Central Armada de Sauta, la capital del Territorio Verde donde ambas vivían desde que la niña había nacido. Ahora ya no era tan niña, tenía diecisiete años y se metía en problemas cada vez que tenía oportunidad. Desde que se había enterado que era la Diosa Roja, no hacía más que llamar la atención y golpear a todo aquel que se metiera con ella. Muchos de sus compañeros de clase le temían por su personalidad agresiva y la llamaban de "leona rebelde".

—Nada de importante —le respondió escueta, levantándose del asiento de madera donde estaba y dirigiéndose a la puerta feliz de poder irse de allí de una vez—. Soy una Diosa y puedo hacer lo que se me dé la gana —murmuró entre dientes mientras pasaba por su madre.

Lia suspiró de forma cansina. Nunca había imaginado que su hija se volvería así de fastidiosa al enterarse de su verdadera condición, pero no lo había podido evitar. Desde el momento que percibió que ella había escuchado su discusión con Rumi, el Ancestro de Selba que quería llevársela para educarla, y luego había vuelto en brazos de William, sabía que nada volvería a ser como antes.

Y lo que más le enojaba era justamente William. Este muchacho había desaparecido luego de ser asignado como Ancestro de la pequeña Violett, incluso Selba le había dicho que se había ido del Territorio y apenas regresaba unas pocas veces, y en ninguna de ellas había ido a ver a Violett. Era como si se deslindara de la responsabilidad, pero esa vez, ese momento en que la pequeña lo necesitó, estuvo ahí para ella. Luego de eso, volvió a desaparecer.

Lia firmó el papel que el soldado le extendía y salió detrás de Violett con pasos rápidos, ya que la muchacha caminaba velozmente hacia su casa.

—Tienes que dejar de hacer estas cosas. No vas a lograr que Selba te expulse por más que quieras.

Violett apretó los dientes, pero no respondió. Desde que había sabido la verdad, había querido salir del Territorio, ir en pos de Seteh, arrancarle el Cubo Rojo que le correspondía por derecho y ser finalmente la Diosa que era. Pero Selba sabía sus planes incluso antes de ponerlos en práctica.

Había ido con Rumi al día siguiente de saber que era una Diosa, pero las clases de educación e historia de Dioses le había resultado demasiado aburridas. Logró que Selba en persona le diera clases, hasta que le colmó la paciencia y decidiera dejarla como estaba: rebelde y en el Instituto de la ciudad con todos los demás. Creció entre peleas callejeras y chicos rudos, pensando que así podría hacer que Selba no permitiera más su estadía allí y la enviara directo al Territorio Rojo. Pero todo fue en vano.

Llegaron en silencio a la casa y Violett fue directo a la ducha a quitarse la mugre y la sangre de su cara. Se tomó todo el tiempo del mundo y se tiró en la cama en seguida, a la espera que su madre durmiera y así escapar en el medio de la noche.

- - -

A varios kilómetros de allí, limitando con el Territorio Verde al oeste, estaba el Rojo. Era un lugar funesto y tenebroso, donde sus pobladores deseaban con ahínco que alguien los sacara de aquella tiranía impuesta por el Dios Rojo Seteh. Incluso, luego de la derrota del gobernante ante la Diosa Violeta, el Seteh había levantado un muro invisible alrededor para evitar que cualquier persona entrara o saliera del Territorio. Estaban encerrados en su propio hogar sin derecho de decisión.

Muchos deseaban salir de aquella pesadilla, los pocos que se atrevieron a hacer algo al respecto fueron a la horca pública. Charl Eccho había asistido a un par de ellas por obligación, ya que estaba en el ejército también a pedido del Dios Rojo porque tenía diecisiete años, la edad en la que los obligaba a alistarse. Pero el muchacho deseaba a toda costa irse de allí y seguir los pasos de su hermano mayor, el cual había desaparecido casi el mismo día en que había nacido.

Charl era el menor de siete hermanos. Vivía con su familia en los suburbios de la capital roja Granat, subsistiendo con el dinero que sus hermanos mayores hacían con pequeños trabajos en la ciudad, pero lo que más deseaba era vivir en otro territorio, lejos de esa opresión.

En el colegio le enseñaban el dominio de la espada, el respeto, la lealtad y la total dedicación a su Dios Seteh, pero a él le parecía más que les lavaban el cerebro. Lo único que aquel tipejo quería era un enorme Ejército, de preferencia con gente prescindible como él, para aplastar a los demás Territorios.



Dayana Portela

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En el texto hay: fantasia, dioses, romance

Editado: 04.04.2018

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