Rojo - Saga Dioses del Cubo 2

XI. Prisioneros de guerra

Tenía un presentimiento muy malo, y Chuang no tenía forma de averiguar cómo estaba Fei Long en ese momento. Por primera vez desde que había pasado a ser su Ancestro temió por la vida de su Dios Azul, así tomó una decisión un tanto arriesgada: hablar con Noscere. Usando un poco de la magia que le restaba, se transportó hasta la frontera al norte e ingresó con cautela al Territorio Naranja.

El paisaje no difería mucho de su Territorio, rodeado de bosque y cerros altos, con una enorme variedad de vegetación. Podía oír el rumor de una cascada que estaría no muy lejos de donde se encontraba. No tuvo tiempo de admirar, ya que la Diosa se apareció justo delante de él así que dio dos pasos en su interior. Fruncía el ceño de forma preocupante.

—Que vengas tú y no él no es buena señal —gruñó Noscere con los dientes apretados y cruzando los brazos. Vestía un sari amarillo y unos aros enormes y dorados colgaban de sus orejas reflejando la luz del amanecer—. ¿Qué pasó?

Antes de hablar, Chuang se inclinó profundamente como muestra de respeto, gesto típico de su cultura.

—Dana vino a verme —murmuró, irguiéndose y con los ojos grises fijos en ella—. Me dijo que Selba está bajo ataque de Seteh… —Noscere soltó una maldición en voz baja— y Fei Long no ha vuelto de la Asamblea.

La Diosa Naranja abrió los ojos de par en par y luego, comprendiendo lo que había dicho, soltó una risa amarga y seca.

—Mierda. Nunca imaginé que Fei Long fuera a pensar solamente con la cabeza de abajo —refunfuñó de mal talante. Puso los ojos en blanco ante la expresión de sorpresa de Chuang e hizo un ademán para que olvidara lo que acababa de decir. Ella era la única Diosa que soltaba groserías o maldiciones, siendo demasiado directa y haciendo que fuera una persona difícil de digerir de entrada, pero el tiempo ayudaba a todos a acostumbrarse—. Proteger a Selba le costará el Territorio… —Apretó los labios y soltó un suspiro; sus ojos anaranjados se quedaron viendo el horizonte.

Desde allí podía ver los techos de las atalayas tan característicos de las construcciones en Lazaward, capital del Territorio Azul, que imitaban a los antiguos estilos asiáticos. Si Fei Long caía, toda una cultura ancestral perecería con él en manos de Seteh, a quien aquello le importaba un comino.

Incluso más allá de las torres, podía ver la columna morada que Dana había alzado, y eso significaba que Selba estaba perdiendo.

—Chuang —dijo al fin, centrándose en el preocupado Ancestro—. Comienza un desalojo de todo tu pueblo, tráelos aquí. Eso incluye a todo objeto histórico que pueda quedar, como libros, papiros, todo lo que no quieran perder ante Seteh. Que no nos tome con la guardia baja.

El anciano pestañeó, incrédulo, e inclinó levemente la cabeza pidiendo permiso para hablar.

—Disculpe, mi señora Noscere, ¿pero está dando por perdida esta batalla?

Ella mostró una sonrisa descontenta, mirando hacia la frontera con el Territorio Amarillo en el cual había levantado un firme muro que impedía a cualquier soldado rojo avanzar hasta sus tierras.

—Ya no es una batalla. Es una guerra. —Se dio media vuelta y apenas alzando la mano a modo de despedida desapareció, dejando a Chuang con un gusto amargo en la boca.

- - -

Había ira en aquella mirada carmesí, tanto rencor mezclada con odio y tristeza que Seteh podía compararla con la suya propia. E incluso aquello le recordaba a sí mismo, cuando era joven y la mujer que lo había precedido como Diosa le gustaba golpearlo por motivos varios, la mayoría sin sentido. Y él la fulminaba de la misma forma que aquella muchacha, y volvía a recibir una tunda incluso más fuerte que la anterior. Hubo un tiempo en el que pensó que Carmine era la Diosa más malvada que había existido jamás, pero luego entendió que la maldad era necesaria cuando uno quería cumplir sus propósitos. Esos que sabía que estaba en lo correcto pero nadie lo veía de la misma forma.

Y ese era unificar los Territorios.

—Mi nombre es Violett, hija de Lia Byriam y del Ancestro Violeta Júpiter. —La voz de la muchacha era fuerte y decidida, y Seteh no pudo evitar levantar un poco la comisura del labio en una sonrisa satisfecha—. Y como te darás cuenta, soy la siguiente Diosa Roja.

El Dios Rojo enfundó la espada y avanzó con paso lento hacia la muchacha. Selba intentó moverse, pero una magia extraña se lo impidió, una que reconoció como la suya propia, pero tenía una veta de maldad que no era normal. Apretó los dientes, intentó decir una sarta de groserías, pero no tenía voz, y los Dioses Rojos la ignoraban olímpicamente.



Dayana Portela

#13703 en Fantasía
#2861 en Magia
#10758 en Joven Adulto

En el texto hay: fantasia, dioses, romance

Editado: 04.04.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar