Santos Bravos: El rugido del éxito

Prólogo

El olor en el túnel de acceso siempre es el mismo, sin importar en qué parte del mundo se encuentren: una mezcla densa de laca para el cabello, sudor frío de nervios reprimidos, el ozono que despiden las máquinas de humo y el aroma metálico de los cables calientes. Es un olor que se te pega a la parte posterior de la garganta y que, después de un tiempo, se convierte en lo único que te recuerda que sigues vivo.

Afuera, el Auditorio Nacional de la Ciudad de México ruge. No es un sonido humano; es una marea sorda, un terremoto sutil que hace vibrar las suelas de las botas de Drew contra el concreto del suelo. Sesenta mil personas gritando un nombre que, hasta hace apenas un par de años, no significaba nada para nadie.

-Treinta segundos, chicos. Posiciones en la plataforma de elevación -la voz del regidor de escena cruje a través del intercomunicador, fría, desprovista de la magia que el público cree que existe tras bambalinas. Es solo un trabajo más para él. Para ellos, es el aire que respiran o la soga que los ahoga.

Drew Venegas se ajusta el receptor en la oreja izquierda. Siente la presión del plástico moldeado contra el cartílago. Como líder, sus ojos repasan mecánicamente a los otros cuatro. Es un tic nervioso que ha desarrollado con los meses: asegurarse de que ninguno esté a punto de colapsar.

A su lado, Alejandro Aramburú estira los dedos de las manos, un hábito rígido de músico que teme perder la agilidad en el momento crucial. Alejandro no mira a nadie; tiene los ojos fijos en la penumbra, repasando mentalmente las transiciones del puente armónico, el rostro tenso y concentrado, una línea dura que oculta el cansancio de llevar tres días durmiendo apenas cuatro horas.

-Kenneth, la espalda -dice Drew en voz baja, apenas un murmullo que se pierde bajo el estruendo exterior.

Kenneth Lavíll, se sobresalta ligeramente. Sus hombros se enderezan de golpe. Tiene diecinueve años, pero en la penumbra del túnel, con el maquillaje de alta definición reflejando los destellos azules de las pantallas de producción, parece un niño atrapado en la armadura de un soldado. Sus manos tiemblan imperceptiblemente hasta que aprieta los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta de cuero.

Gabi Bermúdez le sonríe a Kenneth de medio lado, una sonrisa ensayada ante el espejo mil veces que, sin embargo, en ese instante conserva un rastro de calidez genuina. Gabi se pasa una mano por el cabello, asegurándose de que cada mechón responda a la imagen perfecta que la prensa espera ver en cuanto la plataforma suba. Él sabe lo que vale esa mirada; sabe que una fracción de segundo de duda en sus ojos puede convertirse en el titular de un blog de chismes al día siguiente.

Detrás de ellos, apartado por apenas un paso, Kauê Penna inhala profundamente. Su pecho se infla de forma exagerada. Kauê cierra los ojos, buscando esa nota que tiene que sostener en la tercera canción, el tono exacto que la academia le exigió limpiar una y otra vez hasta que la garganta le sangró el invierno pasado. Hay una tensión distinta en su postura, la de quien sabe que su voz es el cimiento de todo el edificio, pero también el blanco más fácil si algo sale mal.

Se miran. No hay palabras de aliento épicas. El pop de estadio no da tiempo para discursos de vestuario. Hay contratos firmados, marcas patrocinadoras observando desde los palcos VIP y una cláusula de rescisión que pesa más que el remordimiento.

Pero también está el secreto. Ese hilo invisible que Drew siente tirar de su pecho cada vez que mira de reojo hacia el lateral del escenario, donde las sombras del *backstage* ocultan a la única persona que no debería estar allí. El único romance que la agencia prohibió explícitamente en el documento de trescientas páginas que firmaron con sangre digital. Si el mundo se entera, el castillo de naipes se cae. Si el mundo se entera, los cinco vuelven a ser los perfectos extraños que llegaron a la terminal de México con una maleta llena de ropa barata y demasiadas ilusiones.

-Diez segundos. Plataforma asegurada.

El suelo tiembla de verdad. El mecanismo hidráulico empieza a ceder hacia arriba, levantándolos lentamente de la oscuridad del sótano hacia la luz cegadora del escenario. El ruido del público deja de ser un murmullo sordo para convertirse en un muro de sonido físico que los golpea de frente.

Drew busca la mirada de sus compañeros una última vez. Ya no son Drew, Alejandro, Gabi, Kauê y Kenneth.

Ahora son Santos Bravos. Y el rugido del éxito exige que dejen de ser humanos durante las próximas dos horas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.