Sin identidad

CAPITULO III

Capítulo III

 

                Carlota despertó hasta el día siguiente, el sedante que le suministraron la mantiene en un estado de aparente serenidad, pero tan sólo su cuerpo esta relajado, su mente era un torbellino de pensamientos y emociones que no le permiten estar en paz. El doctor no ha regresado a verla, tan solo las enfermeras hacen su ronda cada hora. Ella trata de sonsacarles alguna información, más aun se cansa al hablar, le cuesta una eternidad hilar una frase completa. Y esas amables mujeres no sueltan prenda, tan solo se limitan a decir que necesita estar tranquila sin alteración alguna. ¿A caso no ven que la incertidumbre la atormenta más? Carlota quisiera gritarles su desesperación, pero se limita a asentir a su repetitiva perorata.

                —No se altere, pequeña. Cuando el doctor venga a revisarla le dará más información. Ahora descanse o me veré obligada a sedarla de nuevo.

                Carlota abre los ojos de par en par al escuchar esas palabras, lo último que desea es que la oscuridad se cierna de nuevo sobre ella, ni siquiera puede dormir una simple siesta de un par de horas, le aterra la idea de no despertar. No, definitivamente ella no quiere volver a dormir nunca. Respira profundo sonriendo a la enfermera para hacerle creer que está tranquila, no importa que por dentro sea un remolino, por fuera debe transmitir paz, lo que sea para que no vuelvan a sedarla.

                —Así está mucho mejor, señorita —sonríe la vieja enfermera—, más tarde viene el doctor a verla, él puede responderle sus dudas, pero recuerde: sin alterarse.

                Carlota cierra los ojos en señal de aceptación. No le queda más que esperar que el doctor regrese y, lo más difícil de todo, mantenerse tranquila al tratar de formularle sus preguntas, pero sobre todo al escuchar las respuestas. Solo ruega al cielo que la voz le salga cuando la visite.

                Con el transcurso de las horas la mente de Carlota se va aclarando. De a poco las imágenes dispersas comienzan a tomar forma, ya no se le escapan cuando trata de aclararlas, empiezan a ser cada vez más coherentes. La lucidez vuelve a ser parte de ella de nuevo. Los recuerdos le llegan como un bálsamo en medio de tanta confusión, lo último que viene a su memoria antes de la oscura bruma es su viaje con Ricardo a Lake George, habían ido a ajustar los últimos detalles de su boda. A partir de ahí todo está en blanco, como si alguien hubiera puesto pausa a su vida y la siguiente escena es ella abandonada en esa cama de hospital desde hace un año. ¿Qué pasó todo este tiempo? Es la pregunta que gira incansable en su cabeza. Por un segundo piensa en la posibilidad de un accidente cuando transitaban en la carretera de regreso a Nueva York, pero el doctor no mencionó nada al respecto, le dijo pocas cosas, pero está segura que de haber existido un accidente, sería lo primero que mencionará.

                Carlota no deja de buscar una razón lógica para que Ricardo no la buscará, ¿será que está vivo? Se pregunta una y otra vez. La idea de que este muerto la destroza, sin embargo es la única manera posible para que no la buscará al estar desaparecida.

                Mil preguntas se amontonan en su cabeza, les da vueltas, saca conjeturas basadas en la lógica, pero siempre llega a la misma conclusión: No tiene la más mínima idea de que está pasando, pareciera como si se hubiera despertado de repente en una mala película de acción y suspenso. Carlota cierra los ojos esperando que en cualquier momento alguien encienda las luces y en la pantalla aparezcan los créditos anunciando que la pesadilla terminó.

                El implacable reloj sigue su curso, por la ventana puede ver que la noche ha caído. Tanto tiempo sola en esa habitación dándole vuelta a todo la está haciendo perder la poca paciencia que tiene. La desesperación por respuestas a hecho mella en su frágil serenidad. Cuando al fin el dichoso doctor hace acto de presencia, la ansiedad la tiene tan carcomida por dentro que su templanza es hielo delgado que amenaza con quebrarse a la más mínima presión.

                —Buenas noches, disculpa que llegue hasta ahora, pero tuvimos un día movido en el hospital —declara con voz cansina el doctor—, hubo un fatal accidente en el puente de Brooklyn. Demasiadas víctimas.

                El abatido semblante del doctor Alexander da veracidad a sus palabras. En el reflejo de sus ojos puede observarse la tormenta que paso en el día atendiendo tantas personas. Carlota puede sentir su angustia y cansancio, pero aún le cuesta hablar como para desperdiciar las débiles fuerzas de sus cuerdas vocales tratando de hacerle saber que comprende. Se limita a cerrar los ojos en señal de entendimiento.

                —Es normal que se te dificulte hablar, tus cuerdas vocales estuvieron demasiado tiempo en reposo — le aclara para consolarla—, es cuestión de días para que vuelvan a funcionar igual que siempre.

                Las palabras del doctor son como un bálsamo, es bueno saber que pronto podrá hablar bien, eso de hacerlo con señas y alguno que otro monosílabo no es para ella.

                — ¿Cómo llegue aquí?

                Suelta de sopetón con una voz ya no tan gutural, aunque todavía no es la de ella. Carlota lleva todo el día aguardando éste momento, no quiere más rodeos. Necesita información concisa lo antes posible o va a enloquecer con tanta duda.

                —Unos guardabosques la encontraron al final de una carretera secundaria que está muy cerca de la que viene de Lake George. Tenía una muy leve contusión en la cabeza y una enorme cantidad de drogas en su sistema, la suficiente para dopar a un elefante.



Kristell Alvarez S

Editado: 19.06.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar