¡soy gay!

Epilogo

 

Dos años después…

El calor de su pecho en mi espalda es lo primero que noto al despertar. Sonrío aun sin abrir los ojos, disfrutando del hecho de poder amanecer a su lado, algo que nunca llegue a pensar, ni con él, ni con nadie. Andrés suspira y cuando su mano se mueve por mi pecho, deteniéndose justo sobre mi corazón, la sujeto.

―Buenos días, dormilón.

―Buenos días. Y es domingo ―murmura besando mi mejilla y pegándose más a mí. Si es que eso es posible, casi somos un solo cuerpo de lo cerca que estamos, a pesar de que la cama es bastante grande.

Me encanta esto, este instante de cada mañana, en que permanecemos entre las sabanas. Solo disfrutando de poder tocarnos, de estar juntos, de la intimidad del momento. Esto es mucho mejor que todo ese sexo casual del que tanto gustaba.  

―Es domingo, pero la pequeña brujita no demorara en demandar su desayuno. Y te toca a ti darle el desayuno.

Finge un gruñido molesto, pero ambos sabemos que al igual que Iván y todo aquel que conoce a Reb, la adora.

―Aún hay tiempo.

Su mano se mueve al sur, buscando debajo de mi pijama. Dejo escapar un suspiro tembloroso y me pongo duro cuando me acuna y empieza a frotar.

―Alguien amaneció juguetón ―digo sin apartarlo, moviendo mi cabeza para buscar su boca.

Aún se siente como si fuera la primera vez, bueno, quitando un poco la torpeza de esa noche, en la que casi me caigo de la cama, ahora es mucho mejor. Jamás habría imaginado que, con su cara de bibliotecario aburrido, Andrés seria un amante tan intenso, exigente y generoso al mismo tiempo, pero me encanta y no me quejo.

Estaría loco si lo hiciera y no dejo de pensar en lo que estuve a punto de perder. Sin duda valió la pena.

Él me frota y yo muevo mi mano para tocar su trasero, es bonito, blanquito y lampiño, justo para morderlo…

―¡Papi! ¡Papi! ―Nos separamos como si acabáramos de ser electrocutados y mi mirada horrorizada se clava en la puerta, que aun sigue cerrada, pero no por mucho.

Salgo de la cama a tropezones, enredándome en las sabanas, pero consiguiendo mantenerme en pie, llevándome las manos al bulto entre mis piernas, que ha disminuido, pero que continúa siendo evidente, un instante antes de que un diminuto demonio vestido con pijama de Hello Kitty entre corriendo con su oso en mano. Si, el mismo panda que Iván le regalo, el cual es su favorito.

Sonrió, sintiéndome como si hubiera sido descubierto por la mismísima Rebeca, es decir, mi madre.

―Cariño ―jadeo abriendo los brazos para que se acerque, aliviado de que ella haya matado mi libido. No lo hace de inmediato, su vivaz mirada se mueve de mí a Andrés que finge consultar la hora. Es como si sospechara que estábamos haciendo algo más que dormir―. ¿Necesitas ir al baño? ―intento distraerla de nuevo, echando una ojeada a mi pantalón, esperando que este en su lugar.

Debo admitir que soy el culpable de que sea tan astuta, y es que primero la enseñe a seguirle la pista a Iván y ahora es ella la que nos la juega a nosotros.

―Quiero leche ―responde frotándose los ojos.

―¿Con cereal o chocolate? ―pregunto, sin mencionar que debería ser Andrés quien la atienda, pero él no parece dispuesto a salir de la cama. Sospecho a que se debe.

―¡Chocolate! ―Salta, su pelo despeinado y bastante largo moviéndose en todas direcciones.

―Eres de las mías, vamos. Dejemos que tu padre termine de despertar. ―Tomo su mano y la dirijo a la cocina.

―¿Iremos al parque? ―dice, sus grandes ojos mirándome esperanzada.

―Solo un ratito, recuerda que van a venir tus abuelitos y tus tíos.

―¡¿Vendrá Mati?!

―Si.

―¿Podre jugar con él? Puedo prestarle mis juguetes. ―Froto su cabeza, amando la nobleza de mi pequeña.

―Claro. ―La subo en su banco y busco lo necesario para prepararle su leche. Mientras caliento el líquido, escucho la puerta de la entrada abrirse, antes de que Iván entre. Ya está vestido y trae una bolsa de donas recién hechas―. ¿Glaseadas? ―inquiero mirándolo con adoración.

―Glaseadas y con chispas para mi bebé ―anuncia, besando la mejilla de Reb.

―No soy bebé.

―Oh, claro que no, pero eres mi bebé. ―Ella parece contenta con su explicación.

―¿Dónde dejaste a Delia? ―digo cuando se acerca para empezar a preparar el desayuno.

―Durmiendo, estuvo hasta tarde haciendo manualidades. Ya sabes como es.



Isela Reyes

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Editado: 08.01.2020

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