Tres veces nosotros

Capítulo 18 – Lo que también da miedo

Los días siguientes a nuestra escapada fueron un poco raros, divertidos, pero raros.

Por fuera, todo seguía casi igual: la playa, las risas, las cenas en el jardín, las bromas absurdas de Louis, las pelis raras por la noche, Carla y Théo haciendo como que no se buscaban cuando, sinceramente, llevaban buscándose desde el minuto uno.

Pero por dentro, algo había cambiado.

Desde que Julien me pidió que me fuera con él a París, sentía que cargaba con una mochila invisible. No pesaba demasiado, pero nunca conseguía dejármela en ninguna parte. Estaba ahí cuando me lavaba los dientes, cuando me echaba crema, cuando él me miraba de lejos y me sonreía. Era la sensación constante de: “tienes algo muy grande que decidir”. Y de que cualquiera de las dos respuestas me cambiaba la vida.

Y, claro, él lo notaba.

Julien estaba más atento que nunca. Me preguntaba si estaba bien, si estaba cansada, si quería hacer algo a solas, si necesitaba espacio. Y cuando alguien te está queriendo así, mejor de lo que tú crees merecer, la presión es aún más grande.

—Buenos días —dijo una mañana, dejándome una taza de café frente a mí antes de sentarse a mi lado.

Su “buenos días” sonaba distinto ahora. Tenía algo de “¿sigues pensándolo?”.

—Buenos días —respondí, con una sonrisa que intenté que fuera natural.

Estábamos sentados casi todos en la mesa, desayunando. Mientras a nuestro alrededor se vivía el caos habitual de los desayunos, alguien propuso ir a una playa escondida a la que debíamos ir antes de irnos.

—¿Qué te apetece hacer hoy? —me preguntó Julien, mirándome.

Parecía una pregunta sencilla, pero últimamente todas me parecían gigantes.

—Lo que queráis —dije— me adapto.

Él frunció ligeramente el ceño.

—No es lo que queramos nosotros —respondió, suave— es lo que te apetezca a ti.

Noté la mirada de Carla clavada en mí.

Era la clásica mirada de: “sé perfectamente que algo te pasa y en cuanto te pille a solas te lo voy a sacar a cucharadas”.

—Playa —decidió Théo— hoy playa y mañana, excursión.

—Voto a favor —dijo Carla, levantando la mano.

—Mi piel no está muy a favor de la playa, pero yo sí —añadió María.

Todos estuvieron de acuerdo y la conversación se desvió hacia qué llevar, si hacer bocadillos o comprar algo por el camino, si alguien se iba a quemar por no haberse puesto crema.

Yo me quedé un poco callada, tomando el café y Julien apoyó su rodilla contra la mía debajo de la mesa, un gesto pequeño pero constante.

Estaba demasiado atento, aunque no me agobiaba él, más bien lo que me agobiaba era la idea de no estar a la altura de lo que me ofrecía.

En la playa, el sol pegaba fuerte desde temprano, el agua estaba fría pero soportable, y el paisaje parecía sacado de un catálogo de agencia de viajes demasiado optimista.

Clavamos sombrillas, extendimos toallas, discutimos sobre cuál era el lado bueno para las fotos (Carla ganó, obviamente). En menos de diez minutos ya había un balón volando de un lado a otro; Carla gritaba indignada porque Théo la había salpicado a propósito; Marc intentaba hablar español con María, que no paraba de esconderse bajo la sombrilla y Louis había entablado una conversación larguísima con una señora que paseaba a su perro y que, claramente, no tenía prisa por irse..

Intenté relajarme y me metí en el agua con Julien, nadamos un poco, jugamos a ver quién aguantaba más sin tocar el suelo, nos reímos mucho.

Había momentos en los que conseguía olvidarlo todo: París, España, el futuro, incluso el miedo; y entonces me reía de verdad.

Pero duró lo que duran estas cosas: lo justo.

Salimos, nos tumbamos en las toallas, la brisa nos secaba la piel y el ruido de las olas parecía bajar el volumen de todo… excepto de mi cabeza.

—Estás muy callada —dijo Julien, tumbado a mi lado, con un brazo detrás de la cabeza.

Yo tenía los ojos cerrados detrás de las gafas de sol.

—Estoy cansada —respondí— ha sido un verano intenso.

Hizo una pausa. De esas que sabes que no vienen vacías.

—Lucía —susurró— si necesitas hablar, dímelo. Y si necesitas distancia, también. Solo… no quiero que sientas que estás sola con todo esto.

Abrí los ojos y me giré hacia él.

—Lo sé —respondí— gracias.

Y lo decía de verdad, pero también era verdad que ni siquiera yo tenía claro qué decir. Sabía lo que sentía, sí, pero lo que no sabía era qué hacer con eso.

Estábamos los dos tumbados, cada uno navegando en sus pensamientos, cuando el móvil vibró sobre mi toalla. Lo cogí sin pensar, esperando algún mensaje de mi madre, de mi abuela o algo meme del grupo de mis amigos del pueblo.

Pero no, era alguien que conocía bien.

Mario, un compañero de la carrera.

El típico chico que siempre estaba “por ahí”, que proponía cafés, que dejaba caer frases tipo “a ver si nos vemos una tarde” con una sonrisa de más. Nunca pasó nada, porque yo no quise, siempre había notado algo en su forma de hablarme que me chirriaba un poco.

Abrí el mensaje.

“¿Qué tal por Francia? He visto tus historias, se nota que lo estás pasando bien. Cuando vuelvas quiero verte, te echo de menos.”

Sentí un pequeño nudo, incómodo. Pero no por él, sino porque no era el momento para enfrentarme a eso.

Ese “te echo de menos” me sonó fuera de lugar, como si llegara desde una vida en la que ya no estaba.

No le contesté, solo me quedé mirando la pantalla, con el ceño fruncido.

—¿Todo bien? —preguntó Julien.

Me giré un poco, tapando el móvil por inercia. Gran error.

—Si, es… —mentí fatal— no es nada.

Demasiado tarde, vi en sus ojos que había leído el nombre. Y supongo que parte del mensaje.

—¿Quién es? —preguntó, intentando sonar neutro.

Suspiré.

—Un chico de la uni, un amigo —rectifiqué— bueno… más bien un compañero un poco pesado.




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