Un nuevo comienzo

Mi angustia

CAPITULO 16.

Desertar.

Es lo primero que cruza por la cabeza de Evangeline al saber que Gerardo se encuentra en su casa esperándola para conversar. Bien sabe ella que la palabra se aplica a un soldado cuando abandona a su ejército sin autorización.

Pero no hay mucha diferencia, ya que prácticamente está yendo al campo de batalla. Es como dice la canción de Pat Benatar, el amor es un campo de batalla.

¿A que juega la vida? En un momento la persona que amas te grita con tanto odio y al otro viene a tu casa como un perro arrepentido.

—Geli, ¿no vas a entrar? —Interroga la niña con los ojos abiertos —, ¿no quieres ver a mi papi? —criatura del señor, si supieras el debate interno que está viviendo la rubia, no hablarías más.

—No es eso, es que yo… —ese es el efecto Gerardo, el cual con un simple acto de presencia la deja muda, pálida y algo atontada. Eso sin contar las náuseas provocadas por las mariposas que se encuentran revoloteando en su estómago.

—No te preocupes, mi papi ya no te va a insultar —la consuela —. Y si se atreve a hacerlo, yo te voy a defender —alza los puños para demostrarlo.

We are young, heartache to heartache, we stand.

No promises no demands.*

Decepción tras decepción, y seguimos de pie. El recordar la canción le da ánimos para tomar de la mano a la castaña y caminar con decisión a su hogar.

—Vamos con tu papá —murmulla con nerviosismo.

No promises no demands.
Love is a battlefield.*

 

El amor es un campo de batalla. Y llegó el momento de demostrar que va lista para la guerra.

●●

—Ahora que no hay espectadores presentes, ¿puede decirme a que viene? —es lo primero que brota de los labios de la chica. Y no la pueden culpar, no se la puede dejar fácil.

Lorena se llevó a la niña al ver los animales en compañía de la familia de Evangeline, para que ellos dos puedan hablar a solas —y pide al cielo, que no se maten en el intento —, sin interrupciones de ningún tipo.

—Yo, no sé cómo decirte esto —la voz le falsea al decir esto, pues no está acostumbrado a admitir sus errores, realmente nadie está acostumbrado a admitir que está equivocado —. Supongo que debo iniciar con una disculpa —la mira con arrepentimiento al decir eso.

— ¿Por qué cree usted que me debe una disculpa? —alza una ceja al preguntar eso —. Porque hasta hace unas semanas usted pensaba que era una mosca muerta, que no era digna de recibir disculpas.

Dicen que una mujer despechada es capaz de cometer cualquier locura, pero ella está exagerando y lo peor del caso; le divierte humillarlo —aunque sea un poquito —tal como él lo hizo.

—En primera por haberla insultado de esa manera —la fría expresión de ella no cambia para nada —, no le di oportunidad para que se defendiera. De veras lo siento —carraspea un poco —. En fin, le debo disculpas por todo, por agredirla de manera física y verbal —la mira a los ojos con sincero arrepentimiento.

—A veces un lo siento, es todo lo que una persona desea escuchar —su rostro se ablanda, una sonrisa aparece en el —. Y ya que estamos en la zona de las disculpas, yo también le debo una —baja la cabeza con vergüenza. Ya que sabe muy bien que tampoco fue muy educada que digamos.

—No quiero que me hables de usted —con paso decidido se acerca más a ella —. Creo que ya pasamos la barrera de la formalidad hace mucho tiempo —como era predecible, un sonrojo por parte de ella.

—Es por eso que le… ¡ay Dios! —recuerda lo sucedido hace unas semanas —. Es por eso que te debo una disculpa —el calor se le sube a la cabeza, fácil a unos cuarenta grados —. No debí hablar de esa forma.

—A mí no me debes ninguna disculpa, después de todo, el grosero fui yo —él la toma de las manos, y ella. Bueno, ella se encuentra en shock —. Mi hija por otro lado, te extraña mucho. En estas últimas semanas ha bajado su rendimiento escolar, solo se la ha pasado llorando en su habitación.

—Por como la vi diría que eso es mentira —una risita brota de sus labios —. Nunca la había visto tan feliz.

—Ahora lo está, gracias a ti —le sonríe con dulzura —. Tienes un buen efecto sobre ella.

— ¿Gracias? —lo mira confundida, todavía no se hace a la idea de él hablándole de esa forma.

—Por favor, regresa —suplica de repente sin dejar de mirarla a los ojos —. Haces mucha falta en la casa, y en lo más importante; en la vida de mi hija.

— ¿Qué hay de su prometida? —Pregunta muy a su pesar —. ¿Le agradaría la noticia de que yo vuelva?

— ¿Cuál prometida? —le interroga con una sonrisa en los labios. Ella queda con la boca literalmente abierta al escuchar eso —. Terminé con Elena, me di cuenta de que no valía la pena. Se abstiene de decir la verdad sobre su prometida —su corazón se acelera de inmediato —. Ella nunca iba a querer a mi hija y además…



Lina Gómez

Editado: 08.08.2018

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