Una vez en la vida

III.

Todos los corazones se rompen.

A pesar de sus esfuerzos apurándose, cuando entró a su habitación para seguir con la lectura escuchó que la puerta principal de la casa se abría dejando pasar el montón de voces alegres conversando y riéndose a carcajadas. Seguro su madre subiría a verlo para intentar que bajara a convivir aunque fuera una hora con todos. Se cubrió con el edredón y fingió dormir cuando su hermana se coló dentro de la cama con él.

—¿Leíste algo?

Le preguntó en voz baja, como si estuvieran escondiéndose de alguien. Decidió quedarse callado y no moverse, quizás era una de las trampas de su madre para hacerlo bajar un rato. Su hermana le propinó un codazo en la espalda haciéndolo volverse a mirarla con molestia.

—¿Mamá te mandó?

—No, ella cree que fui al baño —le contó con sonrisa pícara—. ¿Y, leíste?

—¿De dónde lo sacaste?

—Primero dime, y ya te contesto —insistió la chiquilla con curiosidad.

—Sólo un poco —reconoció avergonzado—. No es la clase de cosas que uno le da a alguien así nada más Anabel…

—Pues la abuela me lo dio el verano pasado para que lo leyera —explicó orgullosa—. Y te lo di, porque ella dijo que estaba bien que lo hiciera.

—¿Puedo leerlo todo, entonces?

Anabel asintió entre risillas discretas y se abrazó a su cuerpo. Rodeó con su brazo el de su hermanita y le dio un beso sobre la frente. De alguna forma con Anabel podía hablar de varias cosas, y se sentía tranquilo con ella pululando a su alrededor.

—El amigo de Rosie llega pasado mañana, así que prepárate porque te toca compartir el cuarto con él…

—¿Escuchaste algo sobre cómo es?

—Es mexicano —respondió Anabel con naturalidad—. Como el abuelo Martín, creo que viene de un pueblito cerca de donde era el abuelo, Rosie no dijo mucho.

—Pues bueno, supongo que no me queda otra más que esperar que sea buen tipo, o voy a querer pasar mi verano encerrado en el cuarto de la abuela.

—No creo, además ese Robert no va a venir, por lo que puedes estar tranquilo.

Comenzó a reírse aliviado. Ya había escuchado de ello por su abuela, pero saber que su hermana también había estado preocupada por eso le conmovió más de lo que había esperado.

—Entonces, tal vez debería bajar un rato, ¿no crees? —sugirió logrando sorprender a su hermana quien asintió emocionada—. Pues vamos.

Anabel bajó de la cama con rapidez y esperó a que él se levantara y alisara un poco su camiseta para salir juntos de la recámara y bajar las escaleras. Su madre sonrió al verlos llega juntos hasta el comedor de la casa y su abuela les invitó a sentarse junto a ella en el mullido sillón que habían puesto frente al ventanal que daba al patio trasero y al invernadero que tanto cuidaba.

La animada charla giraba en torno al viaje que Martin y sus amigos harían por motivo de su graduación. Por lo que podía escuchar, recorrerían de Seattle hasta San Diego durante todo el verano, ya que cuando volvieran a casa algunos se embarcarían en la búsqueda de empleo mientras que otros irían en busca de otros sueños, en otros lugares. Entre esos últimos estaba Robert, quien buscaría suerte en Nueva York en compañía de Jacqueline, su novia desde unos meses atrás. No le sorprendió escuchar aquello, más bien pensó que debía compadecerse de Jacqueline, aún sin conocerla, ya que sin duda Robert era más gay que bisexual; pero decidió ahorrarse sus comentarios y dejar que la charla siguiera su curso hasta que su padre terminó con la fiesta al anunciar que pasaban de las 2 de la madrugada y era hora de descansar, ya que él y su tío Arthur se irían a pescar con unos amigos desde las 6. En cuestión de minutos toda la bulla que se escuchaba en los pasillos fue desapareciendo hasta convertirse en un silencio casi sepulcral en el que sólo podía escuchar sus propios pensamientos. ¿Dormir o seguir leyendo?, si decidía leer “un poco más” de aquel diario, sabía bien que terminaría amaneciéndole porque se seguiría de una entrada a otra aunque se dijese “esta es la última por hoy”; pero limitarse a recostarse sobre la cama e intentar dormirse quizás también se le haría difícil debido a la fuerte curiosidad que sentía por leer el diario.

—Un poco, sólo hasta saber cómo le fue a la abuela en su fiesta de despedida…

Se dijo a sí mismo, motivado con la idea de que esa y la siguiente, serían las últimas noches que tendría la habitación para él solo.

“8 de Julio de 1969.

Estoy segura de que no debí haberme besado con Mark en su coche, pero es que es tan guapo y tan genial que no pude evitarlo.

Platicar con él y descubrir cuántas cosas tenemos en común a pesar que él es dos años mayor y ya va a estudiar la universidad. Él quería quedarse y estudiar en la UCLA al igual que sus mejores amigos, pero su padre le puso la condición de que si quería que le siguieran pagando la matrícula, tenía que irse a Florida con ellos, los padres son tan crueles, ¿por qué no pueden ponerse en nuestra posición y entender que es difícil hacer amigos?



Saga Zuster

Editado: 10.04.2021

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