Camino, camino sin rumbo. Sin darme cuenta, termino en el parque enfrente de la Universidad de Sofía. Esta mañana, cuando me he mirado en el espejo, me he dado cuenta de que ya no reconozco a la mujer que me mostraba el reflejo. Las arrugas que empezaban a dibujar un pequeño mapa en mi cara, los cabellos que se volvían blancos... No sé por qué vine a parar aquí; la nostalgia, quizás. Solo sé que todos se quedaron extrañados cuando les dije que venía a Bulgaria tras casi de veinte años sin volver.
Camino por el parque sin prisa hasta encontrar un banco. Me siento y cierro los ojos, dejando que el aire frío del otoño me meza los cabellos. Recuerdo que, cuando era joven, solía llevar el pelo siempre recogido en los meses de frío porque muchas veces soplaba un viento espantoso que me lo metía todo en la cara. Ahora, en cambio, ni siquiera me molesto en apartarlo.
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Salgo de la universidad cansada, como casi siempre, pero en vez de dirigirme a casa decido que, como hoy he terminado antes, es mejor sentarme en un café a adelantar los deberes. Así, por lo menos, siento que cambia en algo mi día. Al entrar en la cafetería, escojo una mesa que da a la calle porque me gusta ver a la gente caminar de un lado a otro. Recuerdo cuando vine a vivir aquí con mi mamá hace dos años; me aturdía ver a las personas corriendo siempre, apuradas por llegar a otro lugar. Ahora que me he convertido también en una de ellas, cuando las veo, por lo menos siento que no soy la única.
Me acomodo con mi capuchino extragrande y saco mi ordenador junto a algunos libros para empezar a estudiar. Cuando veo que empieza a caer la noche, decido que es hora de irme a casa. Guardo mis cosas y me dirijo a la puerta mientras conecto el bluetooth de mis audífonos al celular.
—Disculpa, es que te has dejado algo —dice una voz masculina detrás de mí en un inglés perfecto.
Me doy la vuelta y veo al dueño de la voz. Tengo que levantar la cabeza para poder verle el rostro, ya que es mucho más alto que yo. Tiene en sus manos una de mis agendas, precisamente la que parece más la libreta de una niña de cinco años obsesionada con los unicornios que la de una estudiante universitaria de diecinueve. Siento cómo las mejillas se me tiñen de rojo.
—Muchas gracias —le agradezco, tratando de disimular la vergüenza.
Guardo la libreta en mi mochila y esta vez sí salgo de la cafetería. Camino rápido hacia casa para que no se me haga más tarde.
Me despierto con la sensación de que no he descansado nada a pesar de haber dormido ocho horas completas, lo cual no suelo hacer muy seguido. Me visto apurada y me tomo el desayuno a medias porque, como casi siempre, voy retrasada para la universidad. Caminando, más bien corriendo, logro entrar por la puerta principal de mi facultad. Pero cuando me dispongo a subir las escaleras que me separan de mi clase, dos guardias me interceptan.
—Buenos días. ¿Nos muestra el carnet universitario, por favor?
Tengo que aguantar las ganas de poner los ojos en blanco. ¿Es en serio? Si no soy estudiante, ¿qué voy a estar haciendo en la universidad un viernes a las ocho de la mañana? Abro mi mochila para buscar el carnet, pero no lo encuentro. Busco dentro de mi estuche, en la cartera... nada.
—Lo siento, al parecer lo he dejado en casa.
—¿El carnet digital no lo tiene?
—Ah, verdad. Un momento —me dispongo a buscar el documento en el teléfono. Con tanto apuro por entrar a clases se me había olvidado que tenía uno digital también.
—Hola, carnet de estudiante, por favor —escucho que uno de los custodios le dice a una persona que acaba de entrar.
No le presto mucha atención y les muestro el mío. Voy hacia el aula, pero cuando llego veo que ya han cerrado la puerta. Es decir, quien no ha entrado ya no puede asistir. Toco la puerta muy a pesar de que el profesor siempre dice que si ya ha cerrado, entendamos la indirecta y no llamemos porque él ya ha empezado la materia. Por lo tanto toco, temiendo un poco por mi vida.
Sale el profesor con una expresión que me deja claro desde el primer momento que no me dejará pasar.
—Buenos días, señorita García. Hemos empezado la clase hace cinco minutos. Me temo que no es horario para entrar.
—Pero es que no encontraba mi carnet de estudiante y no me dejaban pasar.
—Para la próxima, entre un poco más temprano y así podrá llegar a tiempo. Que tenga un buen día —se despide y cierra la puerta frente a mis ojos.
—Bueno, ¿todo un amor este profesor, eh? —me giro y veo a un chico sentado en las escaleras.
—La verdad es que sí —se me escapa una sonrisa y me doy cuenta de que me ha hablado en español. A veces, de tanto hablar en otro idioma, contesto en piloto automático sin reparar en qué lengua me hablaron antes, ni en cual estoy hablando yo—. Soy Alexandra, ¿y tú estudias aquí?
—Soy Lucas, un gusto. Sí, bueno, no precisamente; estoy de Erasmus este año.
—¡Ah, vale! ¿Eres español, no?
—Sí, de Madrid. ¿Y tú eres española o búlgara?
—Ni una ni la otra. Soy cubana, a los cinco años me fui con mis padres a vivir a España y hace dos años vine con mi madre para acá —para este punto, ya me había sentado en la escalera con él.