Weltschmerz Dolor Del Mundo

Capitulo 1: Último día normal

Un pequeño pueblo apartado, escondido entre colinas y bosques, a horas de distancia de cualquier ciudad grande. Sin autopistas cercanas, solo un camino de tierra y asfalto desgastado lo conectaba con el resto del mundo. Era pequeño, de calles estrechas y polvorientas, tranquilo y sin luces brillantes. El olor a leña y comida casera formaba parte del pueblo, casi como un sello personal.

Las casas eran bajas, con techos de teja o lámina en su gran mayoría, y en la parte delantera siempre había un espacio: un portal, un corredor techado o un pequeño patio delantero con bancos de madera, mecedoras o simples sillas bajo las copas inmensas de los árboles frutales. Un escenario sencillo donde lo doméstico y lo natural se fundían.

Aunque era un lugar tranquilo, una vez al año todo se tornaba diferente cuando la gran feria llegaba al pueblo. Las calles, siempre despejadas, se llenaban de puestos de madera con toldos de colores, luces de farolillos y guirnaldas que colgaban entre las casas.

El silencio desaparecía con la música tradicional del pueblo, las risas, los gritos de los vendedores y el bullicio de la gente.

Y no solo del pueblo; también llegaban personas de ranchos cercanos y pueblos vecinos. Había juegos mecánicos, olor a churros, pay de manzana, café y chocolate.

La fiesta más esperada; el momento en que el pequeño pueblo se sentía más vivo, animado y mucho menos solitario. La fecha más esperada por las personas mayores, que tenían su tradición marcada de principio a fin, mientras los jóvenes disfrutaban más de los bailes y de los tan esperados juegos mecánicos.

Justo ahora, ya no había rastro alguno del sol. El cielo estaba teñido de un azul profundo y brillante, con las estrellas titilando, pero eso casi nadie lo notaba. Cada uno se encontraba disfrutando de los puestecillos de comida. Algunos incluso gritaban felices en los juegos mecánicos.

Y en medio de la gran ola de gente, caminando bajo los farolillos de luz cálida, dos jóvenes amigos se abría paso entre la gente.

Uno arrastrastrando al otro por el brazo.

—Wenderley, vamos —insistió Asya mientras tiraba con fuerza del brazo de su compañero para hacerlo caminar.

Él apenas aceleró el paso.

—Las brochetas de fruta no se van a extinguir, Asya. Hay suficientes para todos.

De inmediato, ella detuvo el paso y tuvo que alzar un poco la mirada por la diferencia de altura bastante pronunciada entre ambos.

Wenderley, que a sus diecisiete años ya rondaba el metro ochenta y tres de estatura, destacaba fácilmente entre los demás. Su complexión era totalmente juvenil, pero, aunque no lucía una silueta musculosa, transmitía cierta fuerza natural.

A primera vista, daba la apariencia de alguien mayor debido a su altura y a ciertas líneas más definidas en su rostro, pero la suavidad de sus facciones y la delgadez de su cuerpo delataban su corta edad. Una apariencia adolescente que comenzaba a mostrar los vestigios del hombre en el que se convertiría.

Mientras tanto, Asya se mantenía en lo normal, sin rasgos destacables ni detalles que llamaran demasiado la atención: un cabello castaño oscuro, naturalmente lacio, complexión mediana y un metro sesenta de estatura que la mantenía dentro de lo normal, su rostro redondo y con los rasgos de una adolecente y de ojos pequeños.

Nada demasiado extravagante o demasiado diferente a lo habitual, algo totalmente diferente a Wenderley.

—Además, ya perdí el rastro de tus tías. —continuó él, girándose para buscar entre la gente a aquellas dos mujeres que se suponía los habían acompañado para cuidar de ellos

«Familia, después de todo».

—Mi tía Veronika sí viene a divertirse; tú y la tía Rosie solo vienen en plan amargo.

—Ya no tenemos diez años, Asya —gruñó.

Ella lo miró nuevamente con la mirada entornada, en pura acusación. Wenderley sostuvo su mirada unos segundos antes de suspirar. La conocía lo suficiente para saber que no la dejaría tan fácilmente.

Con resignación, tomó un lugar en la fila, arrastrándola con él ahora. Por suerte, la fila en el puesto de brochetas de fruta no era tan larga y, mientras esperaban su turno, las tías de la castaña finalmente llegaron.

Rosie arrastraba a Veronika con gesto de reclamo en cada paso.

—Parece que debo cuidar a tres niños en lugar de dos, Veronika —se quejó en cuanto llegaron junto a los menores.

—Cuidar también implica darles un poco de espacio. No puedes estar pegada a ellos como una sanguijuela; los pondrás incómodos. —finalizó, sonriéndole al chico, quien casi de inmediato apartó la mirada y fingió contar cuántas personas aún había en la fila.

—Como sanguijuela tendremos a Gabriel si les pasa algo mientras tú estás como cría, gastando dinero en juegos que obviamente no vas a ganar —replicó Rosie.

Veronika acomodó los anteojos con algo de dramatismo y se cruzó de brazos.

—¿Por qué siempre deben discutir así? —preguntó la castaña, mirándolas con una suave sonrisa-. Es la fiesta, hay que disfrutarla. Si la tía Veronika quiere jugar, está bien. Tía Rosie, no te preocupes tampoco por nosotros. No somos tan pequeños como para no saber regresar a casa o buscarlas. Relájate y disfrutemos la fiesta, ¿sí?

Asya aminoró el ambiente con su sonrisa, mientras sacudía a su tía Rosie por los hombros de manera suave y jugetona, como normalmente lo hacía.

Rosie soltó un suspiro y se disculpó con Veronika, volviendo poco a poco a la normalidad.

Para cuando finalmente Asya tuvo su brocheta de fruta recubierta con chocolate extra, sus tías ya estaban en un puesto de tiro al blanco a algunos metros. Rosie ya estaba menos tensa con su hermana; incluso ahora se burlaba con cada tiro fallido, viendo cómo Veronika pedía más y más tiros, cada vez más decidida.

El viento comenzó a hacerse presente. Pequeñas ráfagas iban y venían, acariciando las copas de los árboles, que se quejaban con el movimiento y dejaban caer hojas secas.




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