Todo volvió a tornarse silencioso. El polvo nublaba el lugar y Asya, como pudo, trató de alejarse más, retrocediendo a tientas.
Poco a poco, divisó luces que alternaban entre el azul y el rojo. Sus oídos parecían sordos ante las sirenas de las patrullas, pero allí estaban.
Algunas ya habían llegado.
Cuando un oficial de policía se acercó a ella, lo vio pronunciar algunas palabras, pero no logró comprenderlo. Solo se dejó guiar por el hombre, quien la condujo hasta una de las patrullas.
Todo parecía suceder demasiado despacio y ella no alcanzaba a comprender qué estaba pasando. Apenas era consciente de las demás personas que, al igual que ella, salían despavoridas; otras permanecían inmóviles, mirando perturbadas hacia el lugar del accidente.
Cuando finalmente reaccionó de aquella especie de ensueño en el que su mente parecía sumergirla cada vez que intentaba comprender lo ocurrido, ya habían llegado algunas ambulancias.
Los paramédicos se apresuraban a atender a las personas que sufrían ataques de pánico, que estaban visiblemente lastimadas y cubiertas de polvo, así como a quienes habían sido alcanzados por las estructuras y presentaban otras heridas visibles.
Percibió un toque en su brazo y aquello la sacó de aquel aparente trance. Su madre pronunciaba su nombre con un matiz de ansiedad mientras la examinaba superficialmente.
Asya parpadeó un par de veces. Poco a poco, comenzó a escuchar la voz de su madre, que parecía hacer eco en sus oídos.
Cuando finalmente comprendió que estaba allí, se abalanzó sobre ella y la abrazó con fuerza, buscando consuelo después del terror que había sentido durante todo aquel tiempo.
Su padre permaneció a su lado, inspeccionándola de arriba abajo con la misma preocupación que Natalie.
—No sé dónde está Wenderley, ni la tía Rosie ni Veronika — aquello parecía una confesión desesperada—. Dijo que regresaría, pero están tardando demasiado... Tengo miedo.
Natalie abrazó a su hija con fuerza, sintiendo su cuerpo temblar, y se encontró con la mirada angustiada de Gabriel.
Se trataba de sus hermanas, después de todo.
Nada transcurrió rápido. El tiempo parecía haberse detenido mientras las horas pasaban entre sirenas, polvo y órdenes que se perdían entre los gritos de los rescatistas, que poco a poco también hicieron acto de presencia.
Gabriel, que formaba parte del equipo de bomberos, se acercó cuando los equipos de rescate llegaron al lugar, pero no le permitieron entrar. Le pidieron permanecer con su familia, aunque la ansiedad lo consumía a cada segundo.
En un intento por no alterar más a su hija, llevó la contraria a las órdenes y se mantuvo ocupado ayudando a las personas con heridas superficiales y otras no tan graves.
Cada cierto tiempo regresaba junto a Natalie para preguntarle si Asya necesitaba algo. Ella seguía allí, sentada y envuelta en una manta que alguien le había proporcionado, aún con la mirada perdida hacia la zona acordonada.
Las horas continuaron pasando.
El bullicio de la feria había desaparecido por completo. No había rastro de la música ni de las risas; ahora solo se escuchaban las voces de los rescatistas y el ruido ocasional de las estructuras a unos cuantos metros.
Mientras tanto, Natalie, una enfermera bastante conocida en el hospital del pueblo, permaneció junto a su nerviosa hija, que temblaba y tiritaba de frío, pero se negaba a moverse de allí.
La madre de Wenderley también llegó al lugar. En cuanto supo que él aún no salía, intentó acercarse a la zona del accidente, pero tuvieron que apartarla cuando sufrió una crisis y trató de ingresar por la fuerza, golpeando y arañando a todo el que intentaba detenerla.
Asya intentó acercarse a ella, pero también se alteró. Se quedó en blanco cuando vio la desesperación en el rostro de la mujer. Era como un reflejo, porque ella sentía que gritaba con la misma fuerza que la madre de Wenderley, pero en realidad estaba congelada.
Desde entonces permanecía quieta, tiritando de frío y con la mirada fija en el suelo, sintiendo un sabor amargo en la boca.
—¿Por qué tardan tanto? — preguntó con la voz temblorosa, todavía con la vista perdida.
Su madre la miró y acarició uno de sus brazos mientras no dejaba de observarla con preocupación. Las luces de las sirenas se reflejaban en su rostro, pero podía notar la palidez de su piel.
—No sabemos con exactitud cuántas estructuras cayeron. Los rescatistas deben moverse con cuidado o podría ocurrir otro accidente.
No era la explicación que su hija quería escuchar, pero ¿qué más podía decirle?
—No debí dejarlo regresar, pero siempre es un cabezota y hace su voluntad... Debí ir con él.
—Lo habrías tenido preocupado y no habrían podido encontrar a tus tías fácilmente. Es un chico bastante cuidadoso y ágil, así que seguramente está con ellas, pero todavía no pueden salir.
Asya asintió sin responder.
Miró nuevamente hacia el lugar del accidente. Algunos reflectores alumbraban el terreno.
Vio varios bultos cubiertos con mantas blancas formando una especie de línea. No era sencillo distinguirlos porque los soportes de los reflectores estorbaban.
Pero algo sí vio.
Entrecerró los ojos, tratando de enfocar aquel pedazo de tela azul que sobresalía entre la tierra y el polvo.
El cuerpo se le heló.
Dejó de escuchar por completo todo lo que ocurría a su alrededor y su mirada se quedó fija en aquel sitio.
—¿Qué es eso?
Su madre siguió la dirección de sus ojos, pero desde donde estaba no consiguió distinguir nada.
—¿Qué cosa, cariño?
Asya no respondió.
Dio un paso hacia adelante.
Su madre intentó tomarla nuevamente por el brazo, pero ella se soltó de inmediato y se agachó para cruzar por debajo de la cinta que acordonaba el lugar.
—¡Asya!
No la escuchó.
No estaba equivocada.
Emprendió una caminata apresurada sin prestar atención a los gritos de su madre ni de su padre, que ya caminaba detrás de ella.