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Amaya se aclara la garganta, logra que levante la vista para fijarme su rostro.

—¿En qué puedo ayudar, Mr. Vitalli? —inquiere con la cabeza erguida.

—Cambia tu ropa, y vámonos —ordeno.

No me había dado cuenta que era mucho más pequeña de lo que creía.

Ataia sonríe negando con la cabeza.

—No puedes venir a darme órdenes en mi propia casa —declara.

—Estás colmando mi paciencia, Ataia —advierto—. Sí tuviste valor de comportarte con tanta “valentía” anoche, deberías asumir tu responsabilidad de la misma manera, y no esconderte —añado.

Su rostro advierte un color carmesí, de la vergüenza o la rabia, no sé distinguir.

—En algo tienes mucha razón, es la peor estupidez de mi vida, ni siquiera sé porque lo hice. Si el arrepentimiento matara, ya estaría bajo tierra —asegura con asco.

Algo dentro de mí siente un ardor extraño. No debería molestarme su comentario. Tampoco es que apesto.

Echo chispas por todos lados.

—Sí crees que puedes tomarte estos atrevimientos por ese intento de cercanía, no estás en tus cabales —bramo.

—¿Qué parte de ya no trabajo para ti, no has entendido? —Se cruza de brazos.

«Estás muy equivocada niñita».

Sonrío con suficiencia.

—No firmé tu demisión. Y aun si así fuera, debes cumplir tu pre aviso, lo que hace que sigas bajo mi poder —dicto.

La mujer que siempre había cumplido todos y cada uno de mis exigencias, hoy me mira con odio y desprecio.

Es la primera vez que alguien logra hacerme sentir pequeño, ni siquiera Genoveva, ha logrado.

—De tonta, ni un pelo. ¿sabes al menos cuántos años trabajo en la empresa? —cuestiona con las cejas levantadas, en realidad no recuerdo, solo sé que un día ya no podía vivir sin ella en aquel lugar—. Sí, no recuerdas, el hecho es que nunca tome un día libre, así que ahora se me dio la gana de tomarlo. —Se encoje de hombros.

Con la respiración agitada, y las manos en un puño. Cierro los ojos por unos segundos y lo vuelvo a abrir para terminar con esto.

—Entra, cámbiate y nos vamos ¡ya! —Aprieto mi mandíbula.

Amaya, me observa con sorpresa.

—Me importa un céntimo lo que quieras…

—Este comportamiento es la mayor ridiculez que estás haciendo en tu carrera Amaya —interrumpo—, y sí no quieres que de verdad me enfade, es mejor que me escuches ¡ahora!

—Si no te tiro agua fría es solo porque ahorita no tengo, ¿quién eres tú para venir a hablarme así? Te doy un consejo muy sano, date la vuelta y vete antes de que llame a la policía, Vitalli —amenaza.

Mis sentidos parecen no reaccionar, soy como una estatua, esta mujer no es la que siempre ha estado a mi lado. No hay dudas que nunca conoces a las personas.

Y sí cree que voy a seguir implorando, está equivocada, quien necesita de ese sueldo es ella, no yo.

—¡Inmadura! —exclamo en voz alta.

—¡Viejo inhumano! —devuelve.

Mis ojos casi salen de orbita, es la primera vez en mi vida que alguien se atreve a hablarme así, ¿por qué yo lo permito?

—Te vas arrepentir de lo que estás haciendo, quien se va humillar pidiendo otra vez el puesto serás tú —presagio.

—Claro, quien vino a llorar ahora soy yo ¿no? —inquiere.

—Solo quería ayudarte niña, pero ya veo que no pasas de una malagradecida —expongo.

Los vecinos chismosos van abriendo sus puertas para ver lo que ocurría.

—Al contrario, por ser agradecida, no te demando por acoso, porque es eso lo que estás haciendo al venir aquí, y estoy segura que, si le cuento a mi abogado que vienes a ordenarme como a una niña, también abriría otro cargo ¿cómo ves?

¡Joder! Esta jovencita tiene razón, me metería en serios problemas caso eso ocurriera.

Sin mediar palabras, me doy la vuelta para retirarme.

—Vitalli, una última cosa —llama mi atención otra vez, camina hasta a mí, se coloca de puntillas para susurrarme—: estás oxidado hombre, no hay dudas de porque a tu edad sigues solo, besas horrible —declara.

Mi sangre explota como un volcán, y recorre lava por mis venas.

La tomo de la muñeca y pego su cuerpo al mío, inclino mi boca hasta su oído.

...

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