AKARI
Todos nacen y piensan en su futuro, en qué harán cuando tengan diez años y, cuando tengan diez, pensarán en qué harán cuando tengan quince, y cuando tengan quince, qué harán cuando tengan veinte
y les diría que yo igual, pero no es cierto; después de los dieciocho dejé de pensar en qué quería o qué haría con mi futuro.
El problema es que ya no tengo dieciocho, entonces no le puedo echar la culpa a las crisis adolescentes, y, si soy sincera, cuando veo mi futuro, lo veo borroso, como si siempre pensé que moriría joven y no me molesté en planear algo para sobrevivir a mis veintiuno
probablemente la razón por la que me siento tan desorientada cuando me preguntan: «Akari, ¿qué plan tienes?», y me sonríen como si tuviera la vida perfectamente planificada, pero no es así.
Solamente me dejo llevar por el tiempo; tal vez ahora esté desempleada o tal vez mañana ya no lo esté, o tal vez quiera casarme y luego ya no. Es que no lo sé, la gente debería normalizar no preguntar sobre el futuro; mejor pregúntame mi helado favorito, es menos fastidioso escoger uno sabor a escoger mi futuro.
Pero lo cierto es que creo que aun me falta un largo camino por recorrer y entonces tengo que pensar en mi futuro, pero ¿qué se hace? ¿Por qué la vida no viene con manual? ¿Cómo le hace la gente para ser exitosa?
Cuando les preguntas cómo lograron llegar a la cima solo dicen: «Me esforcé», ¿pero y luego?
De todas formas, siempre me repito: «Akari, levántate de tu cama y cambia el mundo, antes que el mundo te cambie a ti», pero siempre termino tumbada en mi cama, justo como ahora, pensando en lo poco que he logrado en mi vida: no tengo un trabajo, no tengo un sueño, ni una meta, ni un deseo, ni un novio, ni amigos, ni una medalla de primaria, ni hablo otro idioma, ni tengo algún talento, tampoco me gusta el deporte.
Y si vemos mi vida en algún capítulo, probablemente reciba el cero por ciento en Tomatazo -sí, en esa app que le da el ranking a las películas- y tendría cero por ciento porque mi vida es tan aburrida que ni siquiera pasarían del minuto uno
porque ¿quién quiere ver a una chica en sus veintiuno tumbada en su habitación?
Podría seguir cuestionando lo aburrida y miserable de mi vida si una voz no me hubiera interrumpido:
-Akari, ¿te sirvo un poco de desayuno? -pregunta una dulce voz desde la cocina; mi madre, siempre tan amable como de costumbre.
-Sí, ya voy -respondo mientras bajo los pies de la pared y veo la mancha que dejaron mis Converse azules.
Cuando llego a la cocina, encuentro mi comida favorita, que sacaba vapor de lo caliente que estaba, y a mi mamá con su delantal gris sentada en el otro lado de la mesa con una sonrisa tierna.
-Pulguita, ¿cómo dormiste? -Pulguita era el apodo que me puso mi mamá de pequeña, y aunque ya tengo más de veinte, sigue llamándome así y no me quejo me recuerda a la epoca en la que solo saltaba sin parar.
-Muy bien, descanse como nunca -respondo con la boca llena del primer bocado que le doy a mi comida.
-Tu hermana me llamó.
-Qué bueno, ¿cómo está? ¿Cómo están los niños?
-Bien, todo bien, pero me preguntó si estabas dispuesta a ayudarla unos días en el negocio; ya sabes, está muy cansada últimamente y necesita un poco de ayuda, y pues tú no trabajas, pensé que podrías ayudarla un poco -me sonríe con la esperanza de que acepte-.
-¿Ahora? Déjame pensarlo- Amo a mi hermana, pero detesto pasar tiempo en el pueblo; es pequeño y, por ende, todos se conocen con todos, y si estoy allá no podré evadir las preguntas de «¿qué haces con tu vida ahora?».
-Te hará bien, tal vez te guste cocinar y te unas a tu hermana, mientras te sirve hasta que consigas algo más, pulguita.
-Sí, mamá, te avisaré más tarde.
-Perfecto, cariño, entonces me avisas cuando regrese del trabajo. Te encargo a Deku y a Sushi, dales comida por favor y promete considerar ir con tu hermana, ¿sí? -se levanta de su silla, se acomoda el delantal y me da un pequeño beso en la frente, y la veo alejarse en el largo pasillo que da directo a la salida.
Durante el resto del dia con la casa sola y al llegar el atardecer de las seis, salir al patio era una de mis actividades favoritas, si es que se le consideraba actividad, porque hasta eso creo que es aburrido en mí, mi poca productividad en actividades.
Pero ver el atardecer sin pensar en absolutamente en nada es completamente ameno, y más cuando estás rodeado de árboles; puedo sentarme a contemplar cómo el sol baja y se asoma la luna brillante y el sonido de los grillos haciéndose más fuerte mientras más oscurecía.
Y a mi cabeza llegó la promesa que le había hecho a mamá de considerar ir al pueblo con mi hermana, y aunque no me parezca la mejor idea, probablemente estar con mi hermana cocinando y atendiendo clientes es mucho mejor y más productivo que estar acostada viendo la mancha que dejan mis tenis en la pared blanca de mi habitación cada que me levanto.
Mi teléfono vibró, era una notificación de X:
«Ayúdenme a cumplir mi lista de deseos...»
Entré a la notificación sin pensarlo mucho, como en automático, como todo en mi vida estos años.
Leí el post y me pareció diferente, una chica pidiendo ayuda para cumplir su lista de deseos antes de los 18, nada raro de la plataforma. La idea no me parecía tan loca, ojalá yo también tuviera una lista de deseos que cumplir, pero ni yo sé qué quiero o deseo en verdad, y mi lista tendría probablemente: «Primer deseo: encontrar un verdadero deseo que anhele»
-¡Akari Azul! -grita una fuerte voz que hace que me sobresalte, era mamá-. Muchacha, ¿dónde te has metido? Creí que habías huido -dice frunciendo el ceño con agresividad.
-No exageres, mamá, ¿a dónde podría ir esta alma en pena sin rumbo? -pongo la mano en mi frente como si estuviera a punto de desmayarme para darle dramatismo a mis palabras; y sí, antes que lo pregunten, soy un poco pesimista, pero como ya vieron, veintiún años y sin planes ni aspiraciones ni nadie a mi alrededor aparte de mis padres no es una vida muy sobresaliente, entonces caigo en la locura a veces.
-Déjate de tonterías y dime qué has pensado -responde quitando mi mano de la frente mientras hace espacio a mi lado para tomar asiento.
-Sí.
-¿Sí? -veo un pequeño brillo en sus ojos.
-¿Por qué te emocionas? -pregunto ofendida-. Tampoco es que no quiera hacer nada, simplemente no encuentro una convicción; tal vez estar con mi hermana y ver su atareada vida me haga despertar interes o algo así.
-Me alegra escuchar eso, pulguita, en ese caso, entonces mañana sales por la mañana, tu padre te llevará, irá al pueblo así que aprovecha el viaje -toma mi mejilla con una mano y me da una sonrisa suave-. ¿Quieres que te ayude con las maletas?
-Por favor -me paro de un brinco y, acto seguido, caminamos a mi habitación.