PARTE 1: ESTO ES LO QUE SOY
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[ No sé cómo vinieron, ni cuando yo las invité, pero un día como cualquier otro la ansiedad y la depresión entraron muy campantes al interior de mi mente…]
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El dilema de Ser
No sé cómo vinieron, ni cuando yo las invité, pero un día como cualquier otro la ansiedad y la depresión entraron muy campantes al interior de mi mente. Como verdaderos okupas, tomaron posesión de mi mente, de mis sentidos y de mi alma, y se pusieron manos a la obra para intentar guiar mi vida por los andariveles de una existencia que se perfilaba difícil—algo que efectivamente más adelante iba a poder confirmar.
Era yo apenas un niño cuando empecé a experimentar esos cuadros de ansiedad al ver como la casa, los domingos, se llenaba de gente. Mi mente, en ese momento, con apenas siete u ocho años, no podía entender porque ese flujo de personas me sofocaba tanto. Ni mucho menos entendía porque sentía eso sí eran todas personas cocidas: tíos, primos, etcétera.
Ahí fue cuando tuve contacto con la ansiedad social, algo que durante mi estadía en el campo, solo me afectaba los domingos, pero que, cuando me tocó mudarme a la ciudad, allí todo cambió.
Lo que antes era un flujo de gente un día de fin de semana, en la ciudad era un movimiento continuo, algo que para quien viene de un solitario campo, es muy impactante. Ni hablar en el periodo educativo. En la escuela de campo éramos como máximo, en nivel secundario, ocho personas, de la nada, en la ciudad, pasé a encontrarme con un aula de treinta alumnos, completamente descontrolados que miraban raro al chico de campo. Allí la ansiedad, desde el primer día, se me disparó a niveles que muchas veces eran disimulados por mí para que nadie sospechara lo que me estaba pasando.
Evidentemente el choque de mentalidades entre alguien que viene del campo y los muchachos y muchachas de la ciudad era evidente. No compartía cosas con ellos, no salía a bailar, no jugaba tanto a los videojuegos, ni era un enamoradizo de cualquier jovencita. Yo venía de la tranquilidad de estar en mi casa, del disfrute de un buen rock and roll, de los mates, el dibujo y la lectura.
Como suele pasar entonces, nunca me adapté a ese entorno, resistía cualquier invitación a locales bailables, puesto que nunca tomé alcohol (y hasta el día de hoy sigo sin tomarlo). Eso evidentemente, marca una diferencia, lo que me imposibilitaba muchas veces encajar en los grupos.
Las conversaciones pudorosas sobre alguna compañera, que hacían algunos chicos, me incomodaban demasiado, puesto que me era imposible hacer una observación de la mujer como objeto. Eso de cierta manera desgasta, el no poder encajar en ciertos grupos, de alguna manera me estaban afectando, sumado también a que siempre fui el nerd de la clase, al que todos los profesores aman, porque es el único que cumple con las entregas de trabajos o hace bien los exámenes. Claro está que eso también genera una división y puede derivar, como en mi caso, en algunas burlas para nada divertidas para mi, claro está.
Con la sensación de sentirme diferente y no poder encajar en ningún grupo — algo que me hacía sentir muy mal— caí en la depresión. Me di cuenta que entre tanta gente en la ciudad, de igual manera seguía estando como en el campo, solo y con mis intereses. Durante la secundaria fue una espina que me persiguió día a día. Hoy, tomo el hecho de no encajar como una victoria, y abrazo mi diferencia aceptando ser un maldito incomprendido.
Con el pasar del tiempo la situación en la escuela se volvió agobiante e intenté dejarla, algo que me llevó por primera vez a terapia, en un intento de mis padres de querer buscar un porqué de mi accionar, ya que siempre fui un chico estudioso, múltiples veces abanderado y dos veces mejor promedio. Ahí me di cuenta lo espantosa que es la depresión, que una vez ha infectado tu cuerpo, se encarga de arrebatarte todo lo que más te gusta. Es como si se encargara de succionar lo mejor de vos, para dejar solo un despojo de lo que alguna vez fuiste.
Luego vino el psiquiatra y por consiguiente la medicación. En un principio me daba vergüenza asumir todo eso, pero luego comprendí que no hay nada de malo en ello. Si para el dolor de cabeza tengo que tomar un Ibuprofeno, para la depresión también tengo que tomar mi risperidona.
Una vez me dieron el diagnóstico, pude terminar de entender qué era lo que verdaderamente me atemorizaba por dentro.
Sabía entonces, que de ahora en más no me quedaba más remedio que luchar.
Como pude y gracias a la comprensión de la escuela, terminé el secundario. Ya había entonces cerrado una etapa, ahora tenía que afrontar el siguiente nivel.
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Tiempo de paz
Ya estando más tranquilo porque el secundario había quedado atrás, me di cuenta que la medicación realmente me estaba haciendo bien, a tal punto que sentía que lo pasado en la escuela, ahora podía interpretarlo de otra manera.
Concurría efectivamente a terapia psicológica, una vez por semana, y cada quince días visitaba al psiquiatra.
A partir de ese momento de estabilidad emocional, volví a reconectar con algunas pasiones como: leer historia antigua y filosofía, además de retomar la escritura desde un punto de vista más maduro y empezar a animarme otra vez con el dibujo. Con este último pasó algo muy importante, pero para eso vayamos por el principio.
Desde mi niñez en el campo, siempre estuve rodeado de libros y en especial historietas, algo que me permitió, no solo conocer de recursos narrativos, sino también aprender a dibujar. El arte gráfico fue entonces, desde mi infancia, un aspecto que al día de hoy, bien o mal, me hace destacar.
Me pasaba las tardes enteras, en aquella paz del campo, copiando a Superman, a Batman, a «Mark y los Mutantes», entre otras cosas.
Con el tiempo esa capacidad de copiar me permitió memorizar músculos, movimientos, gestos, para así crear mis propios personajes. En esa experimentación llegué al mundo de la caricatura humorística y a hacerme un gran aficionado del humor gráfico.
Todo iba bien hasta que llegaron las invitadas indeseadas. Cuando caí en la más profunda depresión y en la desesperación de la ansiedad, tuve que renunciar al hecho de poder leer, de poder dibujar o escribir. Eso estaba limitado por cuestiones personales (digamos que fue un gran bloqueo).
Pero cierto día, mientras estaba en mi casa escuchando algo en la tele, de la nada la angustia me atravesó de una manera intensa. En un primer momento me asusté, creí que la medicación estaba fallando y no quería tener una crisis, por lo que me senté en el escritorio que teníamos (en una de las primeras casas en las que nos fuimos a vivir) y tomando lápiz y papel comencé, sin pensarlo, a hacer algo para tratar de sacar o frenar lo que me estaba sucediendo.
Al cabo de una media hora me di cuenta que la acción de dibujar me tranquilizó y el resultado de esa misma acción me dejó más que sorprendido. A simple vista parecía un dibujo estéticamente pobre — mal hecho me atrevería a decir. Sin embargo había algo en ese dibujo, en esas líneas, en esos simbolismos que solo yo podía entender ¡Porque era justo lo que yo estaba atravesando!
Automáticamente guardé la ilustración y esperé a la sesión con la psicóloga. El día llegó, acudí a la cita y le mostré la obra, explicándole todos los procesos por los que había pasado.
A partir de ese día me di cuenta que para mí, el dibujo y posteriormente la pintura, eran más que simples expresiones.
Había logrado hacer de estos medios un canal para poder poner en imágenes lo que yo sentía o pensaba. Así fue como el arte pasó a ser una expresión necesaria para mí alma, lo que me llevó a verla casi como un Dios.
Esos primeros años fueron tranquilos, se me pasaron entre trabajo duro en la terapia y el trabajo duro que viene después para poder mantenerme lo más fuerte posible.
Ahora miro a mi yo del pasado y lo abrazo con todo mi corazón por haber disfrutado esos años al máximo, porque evidentemente no sabía lo que le esperaba más adelante.