El cielo sobre Seúl no había recuperado su color azul. Una bruma rojiza y densa, similar al polvo de hierro disuelto en el aire, se asentaba sobre los cristales de los edificios desiertos.
Las avenidas de Mapo-gu estaban atestadas de vehículos abandonados con los capós abiertos y las alarmas mudas.
Tras la sacudida de la Primera Trompeta, la gran urbe parecía una máquina colosal a la que le hubieran arrancado el corazón digital de un solo tajo.
Pero en el plano invisible, la verdadera parálisis no era tecnológica: era un cerco de opresión y confusión orquestado desde las profundidades del abismo.
En las afueras de la estación de metro de Gongdeok, Kang Ji-Hoon caminaba con paso firme pero con la mente envuelta en una tormenta de cuestionamientos.
Su chaqueta táctica de cuero oscuro ocultaba el medallón de fuego que descansaba sobre su pecho, irradiando un calor constante que contrarrestaba el frío siniestro que emanaba del asfalto.
Como ex-agente de inteligencia, su instinto le ordenaba buscar un puesto de mando, establecer una línea de suministros y asegurar un perímetro.
Sin embargo, cada vez que intentaba aplicar sus manuales de supervivencia militar, una punzada de duda paralizante le taladraba las sienes.
«¿De verdad esto es divino o estoy sufriendo una psicosis inducida por alguna sustancia neurotóxica?», se repetía Ji-Hoon en silencio, apretando los dientes.
«He visto operaciones encubiertas, engaños estatales, guerras psicológicas... ¿Y si este medallón no es más que una ilusión en medio del colapso?»
Un susurro gélido, agudo como un bisturí, resonó detrás de sus oídos, aprovechando la brecha de su escepticismo:
-No eres digno, Ji-Hoon. Manchaste tus manos en el pasado. Dios no elige a soldados quebrantados ni a hombres que dudan. Todo esto es una mentira para hacerte perder lo último que te queda...-
El ex-agente se detuvo en seco, llevando instintivamente la mano a su funda táctica.
La sombra de una figura deforme, apenas visible entre la niebla carmesí, se erguía sobre el techo de un autobús volcado.
Era un espíritu de confusión y acusación mandado directamente por el adversario para cegarlo antes de cumplir su misión.
Fue en ese instante de vacilación cuando el aire a su derecha tembló.
No con violencia, sino con una majestuosidad impecable.
Un destello de luz dorada y limpia cortó la niebla, y una presencia imponente se hizo perceptible a su lado.
No llevaba armas terrenales, pero su postura transmitía una autoridad cósmica.
Era el Arcángel Gabriel, enviado por el Altísimo para velar por el guardián del Escudo.
«No prestes oído a las acusaciones del enemigo, Kang Ji-Hoon», resonó la voz de Gabriel en la mente del ex-agente, disipando la sombra del autobús como si fuera simple humo. «El Señor no llama a los capacitados; Él capacita a los llamados. Recuerda lo que está escrito: "Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio" (2 Timoteo 1:7). Mantén la vista al frente y no midas las cosas del Cielo con la prudencia de la carne».
Ji-Hoon tomó un bocanada de aire helado.
El nudo en su garganta se deshizo gradualmente.
El medallón en su pecho vibró con más fuerza, marcándole una dirección clara hacia la explanada del río Han.
Al mismo tiempo, a pocas calles de allí, Seo Ye-Rin avanzaba sorteando a pequeños grupos de ciudadanos que vagaban desorientados.
Sostenía con ambas manos el medallón de la Verdad, cuya luz atravesaba la penumbra.
Sin embargo, el esfuerzo espiritual comenzaba a pasarle factura a su cuerpo.
Ver el pánico en los ojos de las familias y escuchar los llantos de los niños le encogía el alma.
«Señor... soy solo una joven», oraba internamente Ye-Rin, conteniendo las lágrimas. «¿Cómo voy a sostener a otros si siento que la angustia de la ciudad me aplasta el pecho?»
Desde las sombras de un callejón, tres presencias oscuras -espíritus de desesperanza y pánico- se abalanzaron hacia ella en un intento desesperado por sofocar la llama de su fe.
Pero antes de que pudieran rozar el borde de su abrigo, un relámpago de fuego celestial descendió del cielo invisible.
El Arcángel Miguel, con su espada desenvainada y su manto de guerra resplandeciente, se interpuso entre Ye-Rin y las tinieblas.
Con un solo movimiento de su hoja celestial, el gran príncipe protector hizo retroceder a los demonios, abriendo un canal de protección impenetrable alrededor de la joven.
«¡Mantente firme, Seo Ye-Rin!», proclamó la voz de Miguel, retumbando como el trueno sobre las aguas del río Han. «Como está escrito en la Palabra: "Claman los justos, y el Señor oye, y los libra de todas sus angustias" (Salmo 34:17). No estás sola en esta contienda. El Ejército Celestial acampa alrededor de los que le temen».
Fortalecida por la promesa divina y el respaldo angélico, Ye-Rin aceleró el paso, guiada por un impulso inconfundible del Espíritu Santo que la dirigía hacia la entrada del parque Mapo-Narak.

El encuentro ocurrió junto a la estructura metálica de una estación de carga eléctrica inservible.
Ji-Hoon caminaba con la mano pegada al costado, en guardia táctica constante, escudriñando cada rincón como si estuviera en territorio enemigo.
Al ver salir de la bruma a una joven sola, con un abrigo beige y una pequeña Biblia sobresaliendo de su bolso, el ex-agente acortó la distancia con rapidez.
-¡Oye! No es seguro estar parada ahí -dijo Ji-Hoon con tono seco, autoritario y tajante-. La ciudad entera está colapsada y hay un caos impredecible. Deberías buscar un refugio estructurado en lugar de andar vagando sin rumbo.
Ye-Rin se detuvo, sorprendida por el ex abrupto, y lo miró de arriba abajo. Notó de inmediato su postura militar rígida, los guantes tácticos y esa expresión de frialdad analítica que pretendía tener todo bajo control.