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CAPÍTULO 3: Entre Tácticas, Fe y la Oscuridad Creciente



​El crepúsculo sobre Seúl se teñía de un granate espeso, como si la luz del sol se negara a filtrarse libremente a través de la atmósfera alterada por la Primera Trompeta.

Las sombras de los rascacielos se alargaban grotescamente sobre el asfalto desierto de Mapo-gu, donde el crujido de los cristales rotos y el silbido del viento entre los edificios eran los únicos sonidos que rompían la quietud opresiva.

​Kang Ji-Hoon avanzaba en cabeza, adoptando una postura de exploración táctica.

Con el cuerpo inclinado y la mano diestra reposando cerca del medallón que ardía bajo su chaqueta, escudriñaba cada esquina, cada vehículo abandonado y cada sombra sospechosa.

Para el ex-agente, la ciudad se había convertido en una zona de combate urbano de alta amenaza.

​A dos pasos de él, Seo Ye-Rin caminaba a un ritmo constante, con el bolso cruzado sobre el abrigo y la Biblia sujeta contra el pecho.

A pesar del cansancio visible en sus ojos, su rostro reflejaba una serenidad que a Ji-Hoon le resultaba tan desconcertante como irritante.

​-¿Podrías al menos agacharte un poco al cruzar las intersecciones? -murmuró Ji-Hoon sin girarse, con tono severo y apresurado-. Estás ofreciendo un blanco perfecto a cualquier amenaza en los pisos superiores. Esto no es un paseo por el parque.

​Ye-Rin dejó escapar un pequeño suspiro y ajustó la tira de su bolso.

​-Señor Kang, las entidades que acechan la ciudad en este momento no están apostadas con rifles de francotirador en las ventanas. El peligro que enfrentamos opera en el plano espiritual y se alimenta del miedo. Si caminamos encorvados y aterrorizados, les estamos dando exactamente lo que buscan.

​Ji-Hoon se detuvo junto a la carrocería de un autobús y se giró hacia ella, señalándola con el índice.

​-Se llama "uso táctico de la cobertura", no terrorismo psicológico. Dios nos dio estos medallones, sí, pero también nos dio cerebro para no exponernos como ingenuos. Mi trabajo es asegurar que lleguemos con vida al punto de reunión.

​-Y mi trabajo es recordarle que quien nos guarda no duerme ni descansa -respondió Ye-Rin con una sonrisa leve pero inamovible, mirándolo fijamente a los ojos-. Como dice el Salmo 121: "El Señor es tu guardador; el Señor es tu sombra a tu mano derecha". No podemos actuar como si estuviéramos solos en esto.

​Ji-Hoon abrió la boca para rebatir la cita con una analogía militar, pero las palabras se le atragantaron en la garganta.

La firmeza en la mirada de la joven y la calidez que emanaba de su presencia desarmaron por completo su fachada analítica.

Rascándose la nuca con cierta torpeza, bajó la mano y murmuró algo ininteligible sobre "la terquedad de los civiles" antes de reanudar la marcha.

​Sin embargo, a medida que se adentraban en el paso subterráneo de un complejo comercial, la atmósfera se volvió densa y helada.

La luz carmesí del exterior no alcanzaba este tramo, y la penumbra parecía cobrar vida propia.

​Fue entonces cuando la mente de Ji-Hoon se convirtió en un campo de batalla.

Un murmullo gélido y venenoso comenzó a resonar en su conciencia, amplificando sus dudas más profundas:

«¿A quién pretendes engañar, Ji-Hoon? No eres más que un hombre de armas, un pecador con las manos manchadas.

¿Crees que un medallón borra lo que hiciste en el pasado? Si la proteges a ella, la arrastrarás a tu propia ruina...»

​El ex-agente tropezó levemente, llevándose las manos a la cabeza mientras un sudor frío le cubría la frente.

La visión de sus errores pasados y su sentimiento de indignidad amenazaban con derribarlo.

De entre las sombras del paso subterráneo, tres siluetas brumosas y deformes se condensaron, avanzando con garras de oscuridad extendidas hacia él.

​Pero antes de que las tinieblas pudieran envolverlo, Ye-Rin dio un paso al frente.

Sin vacilar, extrajo el Medallón de la Verdad de su bolso y lo alzó en dirección a las sombras. Un fulgor blanco, puro y deslumbrante rompió la oscuridad del túnel.

​-¡Atrás! -proclamó Ye-Rin con una autoridad que hizo retumbar las paredes de concreto-. "Ninguna arma forjada contra nosotros prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio". ¡La mentira no tiene poder sobre los escogidos del Altísimo!

​A su lado, la figura imponente del Arcángel Miguel se hizo perceptible por un milisegundo, blandiendo su espada celestial para dispersar el humo demoníaco.

La sombra que atormentaba a Ji-Hoon se disipó al instante.

​El Arcángel Gabriel, invisible para los ojos terrenales pero presente en espíritu, sopló sobre el corazón de Ji-Hoon, trayendo a su mente la paz del perdón divino.

El Medallón de Fuego en el pecho del ex-agente reaccionó al instante, proyectando un escudo dorado que se entrelazó con la luz blanca de Ye-Rin, creando una cúpula impenetrable que iluminó todo el pasaje.

​Las entidades de oscuridad se disolvieron entre alaridos agudos, dejando el túnel en completa calma.

​Ji-Hoon cayó sobre una rodilla, respirando agitadamente.

Por primera vez en su vida, sintió que la fuerza bruta y la estrategia militar eran completamente insignificantes frente al poder de la fe verdadera.



​Ye-Rin se acercó despacio y le tendió la mano con delicadeza.

​-¿Se encuentra bien, señor Kang? -preguntó suavemente, sin rastro del tono desafiante de antes.

​Ji-Hoon miró la mano extendida de la joven y luego sus ojos, llenos de una compasión sincera que jamás había experimentado.

Tomó su mano para levantarse, sintiendo una corriente eléctrica de calidez que le recorrió el brazo.

​-Gracias... -alcanzó a decir Ji-Hoon, aclarándose la garganta rápidamente para recuperar la compostura, aunque el rubor en sus mejillas era evidente en medio de la luz del medallón-. Digo... una cobertura de apoyo bastante eficiente, Seo Ye-Rin.

​-Llamémoslo gracia divina, no "cobertura de apoyo" -respondió ella con una ligera risita que aflojó por completo la tensión del momento.




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