Arvaken

prologo

La noche había caído sobre el bosque como una manta negra. Lo había cubierto por completo. No había estrellas; las nubes ocultaban el cielo y solamente algunos fragmentos de luz lunar conseguían atravesarlas entre las ramas. Una luna pálida aparecía y desaparecía entre ellas. El viento arrastraba ceniza entre los árboles y hacía temblar las hojas, como si el propio bosque quisiera huir. Arrastraba consigo el olor de la tierra húmeda. Pero había otro olor, uno mucho más fuerte: sangre. El suelo estaba destrozado. Había árboles partidos, paredes destruidas, antorchas agonizando, ruinas cubiertas de polvo, armas y escudos abandonados; otros estaban enterrados, otros rotos o cubiertos de sangre y cuerpos. Cientos de cuerpos de diferentes clanes yacían allí, agonizando, destrozados, irreconocibles. Algunos ni siquiera habían desenvainado su arma. Aquello no parecía una batalla. Parecía el lugar donde un caos absoluto hubiese ocurrido. Pero entre el silencio y el frío de la noche, nueve siluetas permanecían en pie. Solo una de ellas estaba separada de las otras ocho: ocho figuras completamente de negro, ocho guerreros que habían atravesado territorios enemigos, guerras y pérdidas para llegar hasta aquella noche. Ocho líderes de ocho clanes frente a un solo hombre que tenía la suficiente fuerza para enfrentarlos. Un hombre despiadado, maquiavélico: Ragnar, el hombre responsable de que aquella noche existiera. El líder del Clan Lobo.

Ragnar permanecía tranquilo. Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices. Uno de sus ojos estaba completamente ciego; sobre el otro, una cicatriz profunda atravesaba la zona del ojo. Tres marcas largas, como si unas garras hubieran rasgado su rostro. Aquella herida tenía un nombre: Raiha, la lideresa del Clan Tigre. Pero Ragnar no era el único que había cambiado desde la última vez que se habían encontrado. Raiha estaba allí y ahora... era ciega.

Su rostro estaba cubierto parcialmente con una pañoleta negra que cubría su nariz y boca, al igual que los otros siete. Sus ojos estaban vendados con una cinta negra. Pero estaba de pie, serena, como si la oscuridad no significara absolutamente nada para ella. Ragnar la observó durante unos segundos y sonrió.

—Raiha...

Ella no respondió.

Ragnar inclinó ligeramente la cabeza.

—Al parecer... ahora la que no ve es otra.

Los demás líderes permanecieron en silencio. Raiha levantó ligeramente el rostro hacia él.

—Y aun así puedo encontrarte.

La sonrisa de Ragnar se hizo más pequeña.

—Eso todavía está por verse.

Raiha respondió:

—Ya te encontré una vez.

Ragnar tocó con dos dedos la cicatriz que atravesaba su ojo.

—Sí. Y me dejaste un recuerdo.

Raiha permaneció inmóvil.

—No fue suficiente.

—No. Pero dolió.

Entonces Ragnar dirigió la mirada hacia otra figura. Un hombre llevaba una especie de capucha sobre la cabeza y una pañoleta que cubría su nariz y boca; solo eran visibles sus ojos.

Ragnar sonrió.

—Y tú...

El hombre no respondió.

Ragnar dio un paso.

—¿Acaso con esa capota crees que no te reconozco?

El silencio se volvió pesado. Ragnar levantó ligeramente la cabeza.

—Reiki.

Algunos de los líderes miraron hacia él. Reiki no respondió.

Ragnar continuó:

—De ser mi mejor hombre... pasaste a traicionarme.

Reiki finalmente levantó la mirada.

—No te traicioné.

Ragnar frunció el ceño.

—¿No?

—Traicionaste tú aquello que nos enseñó a ser guerreros.

Ragnar soltó una carcajada.

—¿Todavía hablas de mi padre?

Reiki permaneció en silencio. Ragnar lo observó durante varios segundos.

—Te di un ejército.

—Sí.

—Te di hombres.

—Sí.

—Te convertí en uno de los guerreros más respetados del Clan Lobo.

Reiki respondió:

—Y tú lo destruiste.

Ragnar dejó de sonreír. Reiki continuó:

—No voy a permitir que conviertas lo que construyó Zen en una máquina para destruir clanes.

Ragnar bajó lentamente la mirada.

—Entonces elegiste estar contra mí.

Reiki respondió:

—Elegí estar contra lo que te convertiste.

Durante unos segundos, ninguno habló. Ragnar volvió a mirar al grupo y entonces vio a un joven ya maduro, más alto, mucho más marcado por la guerra, pero reconocible.

Ragnar sonrió.

—Tú también estás aquí.

El joven no respondió. Ragnar señaló su rostro.

—Aunque ahora te falta algo.

Helgi permaneció inmóvil. La cuenca vacía de uno de sus ojos estaba visible; el gran sello de Cuervo la rodeaba. El recuerdo seguía allí, la noche en que Ragnar le había sacado su ojo.

Ragnar sonrió.

—¿Todavía lo recuerdas?

Helgi apretó la mandíbula.

—Todos los días.

Ragnar respondió:

—Yo también.

Helgi dijo:

—Yo perdí un ojo.

Ragnar dejó de sonreír.

Helgi dio un paso.

—Tú perdiste uno.

Ragnar tocó lentamente alrededor de su ojo ciego.

—No.

Miró a Helgi.

—Todavía no.

Raiha escuchaba cada palabra. Reiki permanecía preparado. Helgi acomodaba su arco. Los demás líderes no decían nada. Todos conocían las historias. Todos habían perdido algo por culpa del hombre que tenían delante, pero Ragnar parecía disfrutarlo. Había algo casi enfermizo en la tranquilidad con la que reconocía cada herida, como si estuviera recorriendo un museo construido con las cicatrices de sus enemigos. Entonces Ragnar extendió lentamente los brazos. Los dos grandes sellos de Lobo quedaron expuestos bajo la luz de la luna. Dos marcas rotas, una en cada brazo. La manifestación de su poder comenzó a presionar el ambiente, su sello espiritual fragmentado en dos, producto de la codicia y el poder, llevado hasta un nivel monstruoso por Ragnar.

Ragnar miró a los ocho.

—Después de tantos años... todos ustedes terminaron regresando frente a mí.



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En el texto hay: guerreros, aventura epica, clanes y batallas

Editado: 08.10.2026

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